FICHA TÉCNICA



Título obra Roberto Zucco

Autoría Bernard Marie Koltés

Dirección Katherin Murnús

Elenco Daniel Giménez Cacho, Julieta Egurrola, Alejandro Reyes, Angelina Peláez, Juan Felipe Preciado, Fernando Torre Laphan

Escenografía Alejandro Luna

Iluminación Alejandro Luna

Grupos y compañías Compañía Nacional de Teatro

Espacios teatrales Teatro de las Artes

Referencia Bruno Bert, “Indiferencia existencial”, en Tiempo Libre, núm. 811, 23 noviembre 1995, p. 43.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Indiferencia existencial

Bruno Bert

El nuestro es un siglo caracterizado por la heroización de lo insignificante cotidiano (no otra cosa es Leopold Bloom, el celebérrimo Ulises de Joyce), y la progresiva aparición del antihéroe, producto de una sociedad que ha disuelto sus valores, emergiendo el sin sentido y la muerte absurda como una alternativa aterradora frente al vacío y la soledad. Esta imagen negra del hombre se ha vuelto casi norma de este fin de milenio, plasmada en mil obras, vinculadas, sobre todo, a los más difundidos y económicos medios de comunicación, como los comics, la prensa amarillista y la pantalla chica.

Roberto Zucco, al parecer un individuo real, que asesinó a sus padres y a varias más personas para terminar suicidándose al término de larga peripecia de constantes huidas, es uno de estos antihéroes. Vivió en Francia hacia finales de la década pasada y sirvió de modelo inspirador a la obra que lleva su nombre y acaba de presentarse en el Cervantino como coproducción franco-mexicana bajo la dirección de Catherine Marnás. Ahora se repone en el Teatro de las Arles del CNA.

El autor —Bernard-Marie Koltés- muerto prematuramente el 1989 los 41 años, escribió este libreto poco antes de fallecer, por no lo llegó a ver el estrenado por Peter Stein hace apenas cinco años. Viendo el tema y los nombres que estamos mencionando, es notorio que nos hallamos ante un producto polémico, capaz de incitar la experimentación y absolutamente contemporáneo. El soporte dramatúrgico —suponiendo que la puesta lo haya respetado, ya que no he leído el original— combina técnicas procedentes de estos medios masivos a los que antes hacíamos referencia: son cuadrados con un lenguaje cercano a la historieta y con un sistema de montaje entre la televisión y el video. Cada une consigna una acción unitaria, de ritmo personal, con los enlaces entre escenas más deducidos que abiertamente expresados. Por momentos tragedia, melodrama en otros, va manejando los géneros —con frecuente uso de un humor ácido, deformante y distanciado—según le interese en cada uno de esos pasos, hasta constituir un híbrido muy afín a las expresiones de lo que se ha dado en llamar teatro postmodernista. Imagen y lenguaje asumen una correspondencia en este juego, y las palabras se encadenan con resonancias y ecos muy disímiles, recordando aquellos referentes que se hayan estilísticamente en la base. Esto permite una particular extensión en el público que, aunque maneje entonces distintas procedencias culturales, puede igualmente sentirse involucrado por el trabajo. Es un dibujo en blanco y negro de un mundo que se puede percibir a la vez lejano y extraordinariamente vecino a nuestros propios actos y relaciones. La dirección se funde totalmente en este concepto, provocando en el manejo del espacio y los actores la constante ambigüedad entre el rechazo y la aceptación, el reconocimiento y la distancia, el compromiso y la frialdad.

Alejandro Luna, responsable de la escenografía e iluminación, nos lanza a espacios amplios, de fronteras indefinidas, de continuidades posibles hacia recodos que pueden guardar rezagos de peligro. De nuevo los contrarios: lo cotidiano visto al sesgo, asumido en monstruosidad inherente, y lo extraordinario —la muerte, la violencia y el absurdo— como una suma de imágenes desgravadas de peso, bidimensionales como un cromo o una pantalla que se puede cancelar a voluntad. La medida de lo humano es lo que se pierde, justamente porque aquí ese concepto se corroe hacia nuevos significados incluso de la grandeza trágica o de la humorada grotesca. Y un poco el peligro global del trabajo está allí: que se desaferre de nosotros tanto en lo empático como en lo ideológico, volcándose hacia una indiferencia existencial.

El plantel de actores cuenta con nombres sumamente conocidos: Roberto Zucco está asumido por Daniel Giménez Cacho, que en todo lo externo caracteriza perfectamente al personaje, pero que posee de por sí un calor que imagino ajeno a Zucco, alguien que gira como una piedra en el espacio, con una temperatura cambiante, impersonal y reflejada. La madre (y las madres, desde la vista terrible de Koltés) queda a cargo de Julieta Egurrola, de fuerte presencia, como en casi todos sus trabajos, pero un poco plana en esa especie de histeria constante, que tal vez se deba a una exigencia de dirección, ya que se reencuentra un equivalente de esto en Alejandro Reyes y Angelina Peláez, hermanos en la ficción con un solo y extremoso polo visible cada uno. Imágenes planas que creo, sin embargo, podrían matizarse dentro incluso del estilo elegido, aprovechando más las excelentes posibilidades de esos actores. Juan Felipe Preciado y Fernando Torres Laphan son otros conocidos intérpretes en este nutrido elenco de esa figura poética que llamamos Compañía Nacional.

En definitiva, un trabajo serio, ciertamente polémico, que vale la pena ver y discutir.

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