FICHA TÉCNICA



Título obra La marquesa de Sade

Autoría Yukio Mishima

Notas de autoría Vera Milarka / adaptación

Dirección Vera Milarka

Elenco Pilar Flores, Claudia Fregoso, Adriana Rovira, Magdalena Ochoa, Itzel Tapia, Susana del Rocío

Música Iraida Noriega

Vestuario Marko Castillo

Notas de vestuario Marko Castillo / maquillaje

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Bruno Bert, “Seducción de oposiciones”, en Tiempo Libre, núm. 808, 2 noviembre 1995, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Seducción de oposiciones

Bruno Bert

La obra teatral de Mishima resulta particularmente atractiva porque habitualmente se trata de actualizaciones del No, ese sugestivo género clásico japonés. Pero si tomamos La marquesa de Sade, una pieza suya del 65´, nos hallamos con otra propuesta, ante un juego de referencias especulares donde el escritor convoca al "divino Marqués" como particular alter ego que le permite filosofar —con un placer por el valor tangible de la palabra que compartió el siglo XVIII francés— sobre la transgresión, la moral y el placer.

Esta obra fue estrenada en México en el '88 por José Caballero (entonces bajo adaptación de Juan Tovar) y ahora podemos volver a verla, en una nueva versión a manos de Vera Milarka en teatro La Capilla.

Toda ella se define por oposiciones. Por un lado el entronque oriente-occidente: aquí, a través del vestuario de Marko Castillo y el maquillaje de Pilar Flores del Valle, los personajes se vuelven híbridos con acusadas referencias a los orígenes pero constituyendo una nueva unidad significativa en lo visual que se define como un "apunte escenoplástico" por parte de la dirección. Interesante visión de texturas, muy libre, con cierto grado de vulgar ingenuidad y verdadero soporte de la puesta, incluso más efectivo que el primario diseño escenográfico con una gran pecera, sugestiva en posibilidades pero en realidad poco efectiva al momento de ser usada. Este trabajo de opuestos complementarios tempo-espaciales, se extiende a toda una amplia gama de alternativas a través del texto mismo de Mishima, que apuesta a la ausencia y la contradicción como efectivo método expositivo.

Al tener como protagónico al hombre (Sade-Mishima), éste se encuentra completamente ausente de la escena, dominada por seis mujeres entre las que destacan la suegra y la esposa del marqués. Naturalmente el "Yo soy Sade" por parte de cada uno de esos opuestos complementarios que mencionábamos, se prolonga hasta el espectador, hombre-mujer que comparte y completa la imagen expuesta y la idea lanzada. Pero el cuerpo mismo —piel que escribe en placer-dolor para goce del espectador-voyeur— se encuentra escamoteado, porque en realidad es permanente objeto de discurso pero no de acción; se lo muestra, se lo detalla, se lo mutila... por la palabra, pero es siempre un "asunto cultural", una conciencia viva de teatro donde la representación, la imagen fantasearla y la memoria sustituyen al movimiento vivo del deseo, al riesgo y la inmediatez.

En este sentido los desnudos que la dirección incluye, aunque bellos dentro del área de la provocación, resultan innecesarios, porque pecan de posibilidad de complacencia como estímulos reales aunque no se actúe sobre ellos. Es decir que en Mishima tanto como en Sade el juego de opuestos entre naturaleza y cultura se acentúa, con bruscos enlaces en sus trágicas vidas privadas. "En el perverso, la acción se torna lenguaje, símbolo, y en este sentido se trata más bien de una actuación teatral", aclara una analista sobre este material dramatúrgico. Lo que importa es el discurso, permanente objeto de testimonio y reflexión a partir de sus polémicos libros y actitudes exhibicionistas (que a Sade le costaron muchos años de cárcel y a Mishima la presencia calculada de los medios de comunicación en la ceremonia pública de su muerte). Por este juego donde el hombre es mujer y ésta se asume como Sade, el vicio alcanza el grado de virtud, la mente ensambla una nueva unidad con el cuerpo dolido, la frialdad adquiere la temperatura del metal fundido y la soledad última del hombre emparienta al santo y al réprobo que han sabido desbordar los límites últimos que les estaban impuestos. Y en lo que hace a la obra misma, a esta Marquesa de Sade como propuesta escénica, juega a oscilar entre la profundidad comprometida de un discurso filosófico-teatral y la futilidad de un regodeo estético con toques indudablemente ingeniosos. ¿Quién define la calidad de un espectáculo tan comprometido con lo opuesto y complementario? En lo personal apuesto a su calidad el interés sin dejar de pensar que cada público puede magnificar una sola faceta del espejo y quedar admirado o aburrido con igual justificativo. Las actrices son Susana del Rocío, Magdalena Ochoa, Adriana Rovira, Claudia Fragoso, Itzel Tapia y Pilar Flores del Valle. Esta última es quien asume, en excelente contrapunto, a La Marquesa.

Un buen trabajo de composición acompañado con una dirección precisa en cuanto a ritmos y acciones. Vera Milarka lanza, desde el programa de mano, el desafío de la seducción como estilo apoyada en una acertada cita de Baudrillard que habla de "la diferencia".

Un teatro para un público calificado capaz de advertirla, en una temporada donde los únicos que tienen sala llena son las puestas que allanan a los clásicos para adolescentes. Una seducción que indudablemente será selectiva.