FICHA TÉCNICA



Título obra L'an mil

Autoría Maurice Ohana

Dirección Maurice Ohana

Grupos y compañías L'Arche de Noé

Referencia Bruno Bert, “El Cervantino en los tiempos del cólera”, en Tiempo Libre, núm. 806, 19 octubre 1995, p. 46.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

El Cervantino en los tiempos del cólera

Bruno Bert

En los primeros seis días del festival pudimos ver exactamente seis obras de teatro. ¡Qué años aquellos en que en igual tiempo había una opción de veinte espectáculos de este tipo, entre las variadísimas alternativas culturales del encuentro! Tengamos la esperanza de suponer que tal vez la calidad de selección nos haga olvidar la escasez de la oferta. Veámoslo, aunque el espacio disponible nos obligue apenas a elencar, con un muy breve juicio crítico.

Abre el grupo francés L'Arche de Noé con L'anmil, un espectáculo sin palabras, al aire libre y sostenido musicalmente por la composición de Maurice Ohana, que descompone y recompone con actores un friso románico. El tema, naturalmente, es el fin del milenio, el hombre, los miedos y los castigos del infierno en la mitología popular cristiana. Estilísticamente se emparenta con la fértil corriente del teatro callejero y raíz medieval, que tanto auge tuviera, sobre todo en los setenta y aún a principios de los ochenta. Es bueno recordar que el grupo Ítaca presentó entonces, en otro Cervantino y en temporada en la UNAM, una obra con igual temática y casi idéntico nombre, también manejando diversos niveles sobre plataformas móviles, con actores y escenógrafo mexicano. Un trabajo interesante L'an mil, que reactiva la memoria aunque no abunde en innovaciones propositivas.

A esta propuesta coral, podemos contraponerle un solo —también con música y esta vez con palabras, pero procedentes de una radio— del mimo húngaro Gyrgy Gém. Hablo de Frégoli, que en su título rememora a un grande del "transformismo" italiano de principios de siglo. El programa de mano lo compara con Marcel Marceau y hasta con Charles Chaplin. La verdad es sin embargo que está a años luz de cualquiera de ellos en capacidad, técnica y originalidad. Resulta brevemente simpático, demasiado "filosófico" para los niños y excesivamente pueril para los adultos.

En el área nacional pudimos ver El alfarero, una obra de Héctor Azar bajo la dirección de Mauricio Vázquez González. El trabajo nació de un curso que dio Juan José Gurrola en la Universidad de Guanajuato y naturalmente —dejando de lado la dramaturgia de Azar— está impregnada por un carácter absolutamente estudiantil tanto en la puesta como en la actuación. Por más que sea exponente de las raíces locales del Cervantino, su nivel no la hace apta para un festival de carácter internacional, y mucho menos cuando éste cuenta con muy pocas expresiones del teatro nacional. En este aspecto tiene más sentido la presencia de Metamorfosis, de Javier Ángel Martí, que ya juzgáramos en la Muestra Nacional de Monterrey en noviembre pasado. No he vuelto a verla ahora, pero la recuerdo como un trabajo débil, aunque con imágenes atractivas y un cierto grado de experimentalidad, a manos de un director con algunos productos interesantes en su haber. De todas maneras, desgraciadamente, está lejos de representar lo mejor del teatro mexicano.

Dejo de lado Roberto Zucco porque se trata de una coproducción franco-mexicana que se verá en el Teatro de las Artes. Amerita una crítica independiente que le dedicaremos en un par de semanas. Y vamos sobre el último trabajo, un espectáculo de danza-teatro de origen alemán que ha despertado fuertes polémicas. Estoy hablando, claro, de Frida Kahlo, del Choreographisches Theater. De todos los materiales comentados es, de lejos, el más interesante. Iconoclasta, imaginativo, bien documentado y abiertamente revisor de mitos, siempre desde una perspectiva no mexicana. Es natural que esta visión de la vida de Frida Kalho haya conjurado algunas tempestades en su contra; y creo que esto ha sido sobre todo a niveles ideológicos más que artísticos, aunque estos últimos se hayan visto empañados a partir del cuestionamiento de los primeros. Seguramente fastidió a más de uno la imagen mostrada de Diego Rivera, de Trotski o de la misma Frida en alguno de los 28 cuadros que componen el espectáculo, que cuenta con música de Kurt Schwertsik y la dirección de Johann Kresnik. Y no necesariamente hay que compartir las opiniones de estos creadores alemanes, pero es obvio que están lanzadas desde una capacidad constructiva y un nivel esté- tico que las vuelve sólidas como producto. Y en arte, el que se pueda polemizar sobre lo presentado es un signo de salud.

En síntesis, encontramos que un festival que nació bajo el signo del teatro, está muy lejos ya de ser un espacio donde lo mejor de la escena nacional y mundial tengan cabida. No solamente hay poco, sino que ni siquiera predomina lo bueno. Es una pena, y no estoy muy seguro que la crisis económica sea la única responsable.