FICHA TÉCNICA



Título obra La flor amenazada

Autoría Ignacio Solares

Dirección José Ramón Enríquez

Elenco Bertha Vega, Aida López, Juan Manuel Bernal, Juan Carlos Vives Enríquez

Espacios teatrales Teatro del Museo del Carmen

Referencia Bruno Bert, “Flores para el gusto”, en Tiempo Libre, núm. 804, 5 octubre 1995, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Flores para el gusto

Bruno Bert

En el foro del Museo del Carmen se presenta una obra de Ignacio Solares, bajo la dirección de José Ramón Enríquez. Se trata de La flor amenazada espectáculo para cuatro personajes con el tema de la primera relación sexual del individuo y el sentimiento de "culpabilidad" que puede sentir una pareja aún virgen si ambos han pasado la adolescencia.

La obra se marca en tres tiempos. El primero corresponde a la reunión de dos amigas a petición de una de ellas, virgen aún a los 22 años, que nerviosa busca consejo en la experiencia de la otra frente a la inmediatez de una relación sexual con su novio. El segundo es el equivalente masculino, donde el novio de marras —en no mejores condiciones de conocimiento práctico del sexo que su pareja— asume las lecciones de un amigo con amplio historial erótico. El tercero y último momento reúne a los dos aconsejados en los minutos previos a que se trasladen al departamento donde habrá de suceder la dicha o la desgracia de la unión.

El espacio único para los tres encuentros en una cafetería apenas esbozada en el pequeño escenario, y la natural inmovilidad que implica una mesa y un par de sillas atrapando a los interlocutores. Paradójicamente se trata de un teatro de la palabra que lo que pone en juego es la tortura del cuerpo en la espera o la inhibición.

El material del autor se extrae de las convenciones sociales, de la actitud que se supone que cada sexo ha de tener ante los ritos de la iniciación y los prejuicios que implican la aparente falta de prejuicios con que se mueven las clases medias, con sesgos intelectualoides, prototipos de la que habrá de ser la familia mexicana para el sector bien pensante de nuestra sociedad, incluyendo sus estupideces atávicas en las que hasta se incluye un cierto tufillo xenofóbico. Nada de lo que escuchamos resulta original en sí mismo, salvo el hecho de oírlo sobre un escenario en forma tan pormenorizada, como testimonio de la continuidad de ciertas convenciones que tal vez se pensaran muertas.

Lo que de banal se le encuentre (largos tramos parecen serlo), podemos justamente entenderlo como el triunfo de las convenciones de un cierto círculo cultural que aquí se muestra en su confesionario de café. Naturalmente lo que funciona es el teatro como speculum mundi para un público mayoritariamente familiarizado con las expresiones de carácter universitario. A esto se suman las deformaciones que generan el humor y la ironía que suele manejar Solares, con una función complementaria de inmediatez casi periodística que suele ser una de las características de cierta dramaturgia local en los últimos años. Enríquez, ya experimentado en los textos de Solares, asume éste desde una perspectiva similar al de El Jefe máximo, también un material para pocos personajes y casi sin propuesta de acciones escénicas. Pero incluso es más parco y concentra en los actores lo que entonces intentó complementar por medio de diapositivas otros artilugios escénicos. Y tal vez lo vuelve más interesante: sólo el rebote de tensiones entre texto y cuerpo en un espacio que es público no tanto porque represente a una cafetería, sino sobre todo porque es teatral a conciencia en complicidad casi abierta con el público.

Los actores son Bertha Vega, Aida López, Juan Manuel Bernal y Juan Carlos Vives Enríquez logra de ellos un estilo y rendimiento parejo, levemente tenso y sobre marcado siempre, que asume la dualidad de una tensión nerviosa justificada por la anécdota y esa presencia teatral visible que recién mencionábamos. Conciencia de juego que alivia lo de "pedagógico" que se filtra en el entrelineado y asume a los mismos personajes en su función de "actores", ya que cada cual juega —con mayor o menor dificultad— el papel que se supone la sociedad le exige frente a la circunstancia que se narra.

Bertha Vega y Juan Manuel Bernal con los que se comparte gratamente ese tejido de dualidades que recuerda los ejercicios preparatorios de los actores y que su director también es un maestro en activo.

En definitiva lo que recibimos es un teatro asociado simultáneamente —como es habitual en Solares— a una reflexión crítica del entorno y a una visión satírica del mismo capaz de intentar la reflexión sin abandonar el divertimento. Un teatro de función inmediata sin pretensiones —al menos visibles—de persistencia y continuidad, capaz de agotarse gozosamente en la circunstancia por complicidad con los elementos más vivos y también más perecederos que ésta pueda tener. No es un teatro para la memoria pero sí para el gusto.