FICHA TÉCNICA



Título obra El guayabo peludo

Autoría Silvia Peláez

Dirección Silvia Peláez

Elenco José Acosta, Carmina Arcos

Escenografía Philippe Amand

Iluminación Philippe Amand

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “En laboratorio”, en Tiempo Libre, núm. 803, 28 septiembre 1995, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

En laboratorio

Bruno Bert

En el teatro Santa Catarina de la UNAM, Hugo Hiriart impuso hace un par de temporadas y con excelente criterio una serie de ciclos breves, rotativos, de bajos costos de producción, que permitieran experiencias teatrales con autores y directores alternativos.

La nueva administración, a cargo de José Ramón Enríquez, retorna básicamente la misma idea creando un Laboratorio de teatro que, en el ciclo de septiembre-octubre, presenta cinco espectáculos a la semana. De ellos hemos visto dos. Ambos escritos por dramaturgos que además asumieron la puesta de sus propios textos.

Me estoy refiriendo a Silvia Peláez con El guayabo peludo y María Muro que aportó

Jerez de la memoria

. De la primera sólo he visto con anterioridad El vampiro de Londres, y si bien pueden advertirse estilísticamente algunos paralelos (como la tendencia a lo explicativo, por ejemplo o el gusto por la provocación temática con uso de la ironía), es sensible una diferencia de maduración en lo que acaba de mostrarnos, esto independientemente de las, para mí, desconocidas fechas de escritura de ambos trabajos. Aquí el tema es la iniciación de Eva en el Paraíso, conducida por supuesto por la serpiente, que si bien es el demonio, resulta también el "alter ego" del propio Dios que busca formas de divertirse, según una vieja tradición literaria. Naturalmente la manzana —que en la literatura antigua más bien era un higo como aquí bien lo recuerdan— se transforma en El guayabo peludo del título, que obviamente no necesita mayores explicaciones en cuanto a su simbolismo. Aquí Adán no figura más que como un pobre referente bastante maltrecho frente a las necesidades de Eva y las posibilidades de "Ofidio", inmejorable introductor —valga la literalidad— de la primera al reino de lo humano.

La escenografía e iluminación corrieron a cargo de Philippe Amand, que siguiendo la línea propuesta tanto por el texto como por la dirección hace del espacio un jardín fársico-erótico que contribuya a extender la reflexión escénica hacia una dirección casi de cabaret.

José Acosta y Carmina Arcos asumen los roles actorales y lo hacen con soltura, muchas veces con simpatía, aunque tal vez estén necesitados de un mayor acotamiento para su trabajo por parte de la dirección. Una propuesta que muestra a una autora (creo que este rol es el verdaderamente interesante en Silvia Peláez) con imaginación, en un espectáculo muy disfrutable aunque ciertamente admita posibilidades de mayor crecimiento, sobre todo en el manejo de lenguajes.

A María Muro ya la conocíamos como autora, directora e incluso actriz. Un historial de experiencias que se nota en su montaje, aunque siempre se la vea dispuesta a arriesgar sobre nuevos territorios. Aquí se evoca a Jerez, esa pequeña ciudad de Zacatecas que fuera cuna de López Velarde.

Una narradora habla de su familia antes de su propio nacimiento, mezclándose con los actores que representan a su madre, a sus tías y tíos en juventud, enlazándolos con recuerdos e historias que explícitamente inventa, pero que naturalmente para el caso son tan reales como las que el olvido y la insignificancia de los evocados pudieron haber borrado de la memoria.

El tema es la cobardía de quienes no se animan a rebelarse a la rutina, la chatura de los pueblos, la frustración de las mujeres siempre postergadas y en espera al menos de un motivo para sentir que están viviendo, la religión usada como embotadora de conciencias. Los antecedentes por este camino evidentemente son inmensos, y se podría nombrar desde Thornton Wilder de Nuestro pueblo, hasta Sinclair Lewis con su Calle mayor, sólo para mencionar a los norteamericanos, siempre tan dados a este tipo de literatura y teatro, con una leve emoción flotando como un clima impregnado de tristeza. Aquí aunque los mencionados puedan servirnos como antecedentes temáticos e incluso estilísticos, hay una fuerte impregnación local, marcada por ejemplo en la ausencia de los hombres que, debido a la escasez, se han pasado "para el norte", brújula que atrae a algunos y repele a otros pero que nadie en ese espacio puede ignorar.

El texto hace parte de una trilogía que seguramente importará ver llevada al teatro. En este Jerez de la memoria advertimos a una dramaturga con recursos, consciente de las influencias que maneja, llamada no tanto por la originalidad sino por la consistencia. Al igual que en el trabajo de Silvia Peláez, la autora resulta más interesante que la directora, aunque aquí se advierte una mayor experiencia, dominio escénico y buen manejo de los climas y el espacio, no tanto de los actores —Leticia Huijara, Víctor Roldán, Laura Beyer, Magdalena Ochoa, Alheed Astorga, Gerardo López y Fernanda Solórzano de los que sentimos que podrían rendir cuotas más altas bajo una dirección más particularizada.

En definitiva, dos trabajos que si realmente se hayan "en laboratorio", pueden aspirar a crecer y conformarse en interesantes y sólidos productos de estas dos propuestas creadoras.