FICHA TÉCNICA



Título obra La toma de la luna

Autoría Landford Wilson

Dirección Juan Carlos Llaca

Elenco Pilar lxquic Mata, Angélica García, Plutarco Haza, Lucía Muñoz Güemes

Escenografía Tolita Figueroa

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Bruno Bert, “La cara oculta de la luna”, en Tiempo Libre, núm. 802, 21 septiembre 1995, p. 34.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La cara oculta de la luna

Bruno Bert

Landford Wilson es un dramaturgo americano que —año más o menos hace parte de la generación de Sam Sheppard, David Mammet o más precisamente de Arthur Kopit, con el que comparte fecha de nacimiento ya que ambos llegaron a este mundo en 1937. A pesar de ser un prolífico escritor que ha abarcado muy diversos géneros y viene estrenando desde hace más de treinta años, en México aún no habíamos tenido oportunidad de ver nada de él. Ahora, en el CUT, se ha llevado a escena The Moonshot tape, una obra del 90 que aquí se dio a conocer como La toma de la luna, bajo la dirección de Juan Carlos de Llaca.

Se trata —como definíamos también a otro estreno reciente— de un "monólogo compartido", es decir, un espectáculo donde lo verbal está asumido por un solo actor, pero que comparte presencia con otros en la escena. Son variadas las cualidades de Wilson, y suelen elogiarlo particularmente por su calidad en el diálogo tanto como por su capacidad de reflejar los espacios de la provincia americana, de los cuales proviene él mismo, ya que es de Missouri. No se trata de un innovador, sino un excelente escritor convencional, sin que esto suene a peyorativo, y este trabajo que ahora se nos muestra puede ser un buen ejemplo de ello.

La estructura temática es una espera y lo que ella desencadena. Una conocida escritora de cuentos cortos regresa al lugar de su infancia y se aloja en el campus de su antigua universidad mientras espera una llamada de su madre, ya viuda, para ir a buscarla y ayudarla en un cambio de asilo. Mientras, llega una alumna y pretende entrevistarla para el periódico escolar. Entonces: una mujer cercana a los cuarenta, alcohólica compulsiva, en una habitación universitaria, fastidiada por el calor, los recuerdos y el nerviosismo de una llamada que no llega para una tarea que detesta y enfrentada, además, a una adolescente enmudecida por la timidez, que ha garabateado en una hoja las consabidas preguntas de siempre. Y el tiempo que pasa. Una fórmula muy americana que me recuerda por ejemplo a Loco Amor de Sheppard.

Siempre es un espacio impersonal, personajes sobrecargados de frustración y dolor, algo de alcohol y el tiempo, para una catarsis que, en definitiva, no habrá de resolver nada pero que nos entregará una obra dentro de los cánones (de allí que hablábamos de "convencionalidad") que tan bien funcionaron para la dramaturgia americana de las últimas décadas. Naturalmente lo que se cuestionan son los valores americanos. Sobre todo los que hacen a la familia, en ese lento desintegrarse que lleva todo el siglo, pero que sin embargo aún persiste en venderse como parte de los ideales del american way of life.

Sólido trabajo dramatúrgico al que Tolita Figueroa como escenógrafa ubica en un ámbito de colectivo anónimo. Al eliminar las paredes laterales, los cuartos del campus quedan como las personas retratadas: contiguos, visibles, aislados, incomunicados. Aquí el exasperado naturalismo de los objetos marca aún más la absurda inutilidad que cargan las acciones.

Gabriel Pascal ilumina el ciclo de una tarde, con un anochecer concordante con el fin del encuentro y de la obra. Matizadas penumbras que se enraizan en lo sicológico, por supuesto. Y allí, mientras la mujer habla, bebe, llora, se burla y sigue hablando, vemos cómo en la habitación de al lado un joven se aburre tomando cerveza o una mucama come su enésima pieza de pollo en un piso sembrado de cajas que —como sus días se ven grasientas y vacías. Y en el dormitorio central, la estudiante-reportera —sin jamás proferir una palabra— es testigo comprometido de toda esa catarata de sentimientos y palabras.

El trabajo de Juan Carlos Llaca como director resulta interesante sobre todo como orquestador de esa unidad estilística que se nos presenta. En el manejo sordo de los tiempos, en la creación de los climas y en la historia ambiente, más que en la medición precisa de los matices de la actriz protagónica y los planos secundarios de los otros. Allí se antojaría ver detalles, contrastes y detenciones que más bien puede lograr una cámara —sea de video o de cine— que el teatro mismo, obligado a contar siempre con la totalidad de lo presente. Hay peligro de monotonía, aunque en líneas generales se trate de una dirección comprometida.

Diane, la escritora, está asumida por Pilar lxquic Mata. Una composición dentro de la línea de las "grandes" mujeres trágicas del realismo psicológico americano. Un muy respetable trabajo que nos hace empatizar con su protagónico a lo largo de la puesta. Siento, sin embargo, el peligro de la falta de matices y la carencia de algunos quiebres más evidentes en la narración. Angélica García, Plutarco Haza y Lucía Muñoz Güemes completan eficientemente el elenco. Una interesante visión de la cara generalmente oculta de la luna.