FICHA TÉCNICA



Título obra Otelo

Autoría William Shakespeare

Dirección José Solé

Elenco Salvador Sánchez, Mario Iván Martínez, Anette Cuburu, Ángeles Marín, Óscar Flores, Víctor Hugo Martín

Escenografía Mónica Raya

Iluminación Gabriel Pascal

Espacios teatrales Teatro Julio Castillo

Referencia Bruno Bert, “Shakespeare para jóvenes”, en Tiempo Libre, núm. 801, 14 septiembre 1995, p. 34.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Shakespeare para jóvenes

Bruno Bert

Shakespeare es un clásico que, en nuestro medio, se repone muy parcamente, casi con cuidado y muy de tanto en tanto. Está bien, dadas las dificultades que implica llevarlo a escena de manera eficaz. Ahora, la Compañía Nacional de Teatro, bajo la dirección del Maestro José Solé, acaba de estrenar una versión de Otelo en el teatro Julio Castillo.

Este drama de amor al que un comentarista aplica los versos de Wilde: "El hombre ha matado lo que amaba, por eso tiene que morir", fue escrito poco después del fallecimiento de la reina Isabel I de Inglaterra, durante el periodo en que los teatros de Londres fueron cerrados por un connato de peste, entre 1603 y 1604, y puede ser considerada entre las obras "mayores" del poeta inglés, correspondiente a su momento de mayor madurez.

Como todo producto dramatúrgico, sobre todo hallándose entre los importantes, Otelo puede tener múltiples lecturas; por lo tanto resulta fundamental el enfoque asumido por el elenco, para dirigir finalmente el montaje. En este caso, el maestro Solé decide darle prioridad a la estructura anecdótica y al elemento espectacular que ésta implica. Algo así como una narración destinada a un primer acercamiento a Shakespeare, sobre todo para gente muy joven.

De allí el amplio manejo del espacio (escenografía de Mónica Raya e iluminación de Gabriel Pascal), el desplazamiento generoso de los elementos corales, la brillantez escénica, la claridad en el manejo de los textos (levemente actualizados a nuestro lenguaje) y la elección de un vestuario, así como una estética global cercana a las expresiones históricas de carácter masivo, más atentas a la sugestión de tiempos que al afán documentalista.

Por supuesto, los habituales cinco actos han sido reducidos a dos, aunque se haya respetado una duración de más de tres horas para el trabajo. Un largo tiempo para una puesta actual que, sin embargo, transcurre sin pesar sobre la atención del espectador.

Esta ligereza —acentuada por la incorporación de danzas, canciones, escenas de combates, etcétera— nos recuerda los recursos propios del teatro isabelino para retener al heterogéneo y ruidoso público de entonces, sólo que en este caso se echa de menos la profundidad que debe acompañar a toda esta parafernalia para dar una verdadera dimensión al texto y, por ende, al pensamiento shakesperiano. No es una crítica a ciertos recortes —bastante lógicos—a los largos e intrincados monólogos originales; sino más bien que la coherencia de la elección en la puesta, dejó fuera la pulpa de la fruta para entregarnos la fragancia de su exterior. Estoy seguro que este Otelo puede resultar un excelente ingreso a Shakespeare para una adolescencia que evita a los clásicos por la tradicional solemnidad y aburrimiento, y que va a conocerlo y también a gozarlo al ritmo de las danzas, acabalgado en la intriga, llevado en el suspenso de una trama a la que por primera vez accede. Una vez aquí, ya tendrá tiempo más tarde de advertir que ese autor tiene también otras excelencias que entregarnos a través de la belleza de su texto, de la originalidad de su lenguaje y la sutileza y actualidad de su pensamiento, e incluso, las posibilidades de una estética elaborada en una dimensión de mayor consistencia. Cosas que tal vez no haya advertido en este primer encuentro.

Más de treinta actores han sido elegidos para este trabajo, destacándose una labor de homogeneización que los vuelve un plantel efectivo para la propuesta de dirección encabezada por Salvador Sánchez en el papel de Otelo. Todos conservan un carácter levemente operístico en concordancia con las figuras que se arman y combinan en el escenario, con los acordes de la trama; además, Sánchez embona perfectamente salvo en los picos de mayor intensidad dramática, al sostener los monólogos más comprometidos. Su contrafigura —el perverso Yago— está encarnada por Mario Iván Martínez, que es quien lleva el peso de una mayor presencia y combinación con el resto de los personajes. Nos apetecería una mayor profundidad, pero no es lo pedido, y lo que entrega, es una elaboración perfecta del perfil externo de la controvertida e inagotable figura del que traiciona por sentirse traicionado. Los dos protagónicos femeninos están cubiertos por Anette Cuburu —Desdémona— y Angeles Marín, como Emilia. Absolutamente prototípica la primera, en su espigada y rubia figura y convincente la segunda, portadora de un largo mensaje feminista para —naturalmente— terminar asesinada por su marido. Hallamos también a Oscar Flores —el ingenuo Rodrigo— y Víctor Hugo Martín, en el honesto Casio. Buenos actores ambos, que cubren holgadamente el rol marcado por la dirección. Los demás —incluyendo algunos actores de conocido nombre— constituyen el primer eco, fastuoso sobre todo, de los protagónicos, ampliado por el coro propiamente dicho, procedente de los talleres de la Escuela de Arte Teatral del INBA.

En definitiva, como decíamos, un Otelo conscientemente creado por el maestro Solé para que los jóvenes comiencen a gustar a Shakespeare. Y esa propuesta se halla perfectamente lograda.