FICHA TÉCNICA



Título obra La hija de Lucifer

Autoría William Luce

Dirección Manuel Montoro

Elenco Graciela Doring

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Alianza Francesa de Polanco

Referencia Bruno Bert, “Monólogo cálido”, en Tiempo Libre, núm. 794, 27 julio 1995, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Monólogo cálido

Bruno Bert

Una vez más es el cine el que lanza a la fama de carácter masivo a un escritor ya de por sí conocido y aceptado en los medios intelectuales. Me estoy refiriendo a Out of Africa, ese filme que hace pocos años descubriera para todos a Karen Blixen (o lsak Dinesen, si preferimos su seudónimo), una escritora danesa fallecida en 1962 y que asentara su prestigio literario en la década del cuarenta. Se trata de una figura suficientemente particular como para ser ella misma personaje de novela; y si bien ya lo había sido de alguna manera en sus propios libros de cuentos y memorias, ahora podemos verla directamente en teatro a partir de la obra del americano William Luce La hija de Lucifer, un monólogo que Manuel Montoro acaba de llevar a escena en la Alianza Francesa con Graciela Daring asumiendo el rol de la escritora.

La pieza la toma en sus últimos años, en su casa natal de Rungstedlund, en Dinamarca, rodeada de sus libros, objetos y recuerdos. Se trata de una imagen solitaria y aristocrática, encerrada en la frialdad de un clima geográfico y una edad biológica, que contrasta con el intenso calor que irradia el recuerdo fundamental de su estancia en África (apenas 14 años que tuvieron la intensidad de toda una vida) y de una juventud que, aunque subterránea, continúa nutriéndola con deseos de viajar, de escribir y en última instancia de seguir viviendo a partir de los profundos afectos humanos que aún conserva entre sus amigos.

El personaje monologa con sus recuerdos pero también, discretamente con el mismo público al que le concede una presencia explícita aunque en sordina. El ambiente de la casa —recreado por Guillermo Barclay— es austero, de un lujo que no se exhibe, sino que se incorpora como característica de clase, incluso un poco áspero como lo marca la misma protagonista en varias oportunidades. Y esto se extiende al mundo de objetos que lo puebla. Aquí resulta interesante la pertinencia de la creación de Barclay, que jamás ilustra, sino que infunde carácter a un espacio y sus componentes, dándoles todo el peso vital de verdaderos interlocutores de quien vive —a veces en armonía y otras en conflicto—en ese espacio. Un tratamiento naturalista que logra generar y contener, sin excesos, casi con una avaricia que se agradece, el clima base para el trabajo de la actriz.

Una de las características de la literatura de Karen Blixen es su desfase tempo-espacial. Casi todo sucede en otra época y en espacios ajenos a su Dinamarca de origen, con un evidente placer por el viajar, tanto en un sentido literal como simbólico, a través de las lenguas (ella no escribió en danés sino en inglés y le fascinaron las lenguajes africanos), las culturas y las identidades humanas. Esto se refleja can una interesante fidelidad en la obra de William Luce, sin didactismos, de forma compleja y sumamente atractiva para el espectador. Claro que en este terrena es fundamental el trabajo de la actriz. Graciela Daring (que con esta puesta regresa a los escenarios luego de una prolongada ausencia) titubea en el primer acto, pero se adueña del personaje en el segundo y lo lleva can una seguridad de conquista hasta el final. Viendo el resultado global de su trabajo, estoy seguro que ese inseguro primer acta —de día de estreno, además— no es sino consecuencia de una natural tensión que irá desapareciendo en el transcurso de las funciones. Paulatinamente vemos nacer aquellas rasgas que se nos hacen "naturales" para la escritora. Incluso algunos que no la favorecen sino que, coma en todo ser humano, la complementan a pesar de ella misma. Es en el fluir de las acciones donde advertimos gratamente una confluencia armónica entre las distintas partes de la obra: un lenguaje madura, pleno de matices, con interés, con belleza y con un uso de la cultura que hace de ella una verdadera extensión del mundo y de la sensibilidad y no una mera acumulación de datas y experiencias. Integrada en un clima armónica, bien actuada y naturalmente, bien dirigida, sobre todo porque la labor de Montara no se ve sino por elevación, como consecuencia del resultado general del espectáculo y sin evidencias exteriores. Un verdadero esqueleto que sostiene y articula sin el mal gusto de la explicitación.

En definitiva, una pequeña sala coma la de la Alianza, que nos entrega un trabaja de cámara para compartir entre amigos. Y una suma de partes, más su plus de madurez, que hace de La hija de Lucifer una obra de bolsillo sin estridencias, sin falsas pretensiones, y sumamente gozable. Seguramente encontrará en el media a sus agradecidas interlocutores. Le desea más suerte y damos la bienvenida al regreso de Graciela Daring.