FICHA TÉCNICA



Título obra La manta que las cobija

Autoría José Ramón Enríquez

Dirección Rogelio Luévano

Elenco Ana Ofelia Murguía, Marcela Gallegos

Espacios teatrales Casa del Teatro

Referencia Bruno Bert, “Obviedades manidas”, en Tiempo Libre, núm. 792, 13 julio 1995, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Obviedades manidas

Bruno Bert

En La Casa del Teatro—eI espacio dirigido por Luis de Tavira en Coyoacán se está dando un ciclo denominado de "Teatro Clandestino", que presenta Vicente Leñero, uno de los dramaturgos integrados al proyecto, en el programa general de mano, como constituido por materiales de interés coyuntural, inmediato, capaces de vincularse con nuestras preocupaciones diarias aunque esto les dé un valor efímero dentro de la literatura dramática. Un teatro testimonial, a veces cercano al periodismo, al que Leñero siempre se mostró interesado.

Son cuatro autores, dirigidos a su vez por otros tantos directores, que se van turnando durante la semana en un pequeñísimo foro, con una platea que no creo alcance a contener 50 personas. De ese bloque de materiales vi, en días pasados, La manta que las cobija, de José Ramón Enríquez, bajo la dirección de Rogelio Luévano.

La obra muestra la toilette de una prostituta adolescente en una muy modesta habitación de pueblo o de barrio marginal, ayudada por su "madrina" que la está embelleciendo con el fin de entregarla a un viejo dinosaurio de la política local, mediante sabroso pago. El referente natural al que-se integra es La Celestina la celebérrima obra de Rojas, tanto por las acciones, la intención e incluso algunos textos inmediatamente reconocibles ("Puta vieja gritan"... etcétera) que lanza Enríquez como clara evocación para el espectador.

Resulta bella la muchacha, agradable la tarea escénica (aunque por momentos se vuelve demasiado claramente una excusa para la charla), el interesante trabajo de las dos actrices —Ana Ofelia Murguía y Marcela Gallego— así como el ambiente general que logra el director en esos pocos metros cuadrados en donde ellas se mue-ven a apenas centímetros de los espectadores de la primera fila.

Lo que aparece anacrónico, completamente desfasado y absolutamente aburrido —al menos bajo mi criterio— es el carácter "didáctico" que se le da al trabajo. Por cierto que la vieja "enseña" el oficio a su pupila, pero apoyarse en esta analogía, deja de ser válido en lo político-social, porque se vuelve menospreciante para el público, "enseñado" a su vez a partir de una obviedad que nada agrega a la más masticada de las charlas cotidianas.

La obra se desarrolla conteniendo un constante "mensaje" explícito en relación a la corrupción del partido gobernante, a la explotación a la que se halla sometida la población, a los arreglos entre los intereses foráneos y sus cipayos (me pongo a tono con el lenguaje) locales e incluso menciones abiertas a las izquierdas tradicionales y al marxismo.

Digo que es anacrónico porque ese tipo de teatro cayó en descrédito hace ya muchos años —su último auge pertenece a los setenta—. Está desfasado porque, en todo caso, es impertinente e inútil dar ese tipo de mensaje a un selecto grupo de espectadores, casi todos de corte intelectual, concurrentes a un exclusivo teatro de un barrio elitista como es Coyoacán. Y digo que es aburrido porque, obviamente, escuchar lugares comunes en política, no puede menos que hacernos pensar que se está desperdiciando el tiempo, el espacio y a las actrices en un juego que cuando menos podemos calificar de ingenuo. Cosa muy rara tratándose, por un lado, de Tavira y por el otro, de un escritor como Enríquez, que siempre ha expresado como dramaturgo su preocupación por nuestra realidad social y política con agudeza, un gran sentido del humor y muy alejado de fórmulas tan manidas como las que aquí echa mano, desperdiciando las posibilidades tan sabrosas como las que él mismo nos deja entrever a partir de La Celestina y los consejos de la vieja "trotaconventos" a su nueva, bella y particularmente despierta discípula.

Porque realmente llama la atención que las dos actrices, en los extremos opuestos de la experiencia teatral, sean igualmente eficaces en su trabajo, hecho al que seguramente contribuye Luévano como director, al que se ve seguro, en un trazo sencillo, eficaz, y con apenas uno que otro tropiezo que tal vez sea debido a lo reciente del estreno y a una falta de "pasadas", que vuelve inseguras a las actrices en algunos movimientos e incluso textos. Problemas que se advierten como pecados menores que, sin duda, serán superados con rapidez.

Son cuatro obras, yo sólo vi una de ellas, por lo que no es válido hacer suposiciones que se extiendan a las restantes. Aquí, en realidad añoramos al Enríquez que hemos visto otras veces, sobre todo en el CUT, jugando en la actualidad a partir de la memoria y la cultura; preocupado por lo coyuntural como un punto dentro de una secuencia, intentando compartir y no tanto enseñar, advertir y amonestar, verbos todos bastante peligrosos dentro del teatro...y a veces aún fuera de él.