FICHA TÉCNICA



Título obra Paty diphusa

Autoría José Luis Solís

Notas de autoría José Luis Solís / adaptación

Dirección José Luis Solís

Elenco Claudia Frías

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Un Almodóvar deslavado”, en Tiempo Libre, núm. 791, 6 julio 1995, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Un Almodóvar deslavado

Bruno Bert

En el foro Shakespeare, en horario de medianoche, acaba de estrenarse Paty Diphusa, un monólogo que nace de la adaptación de una novela de Pedro Almodóvar y que encara a una diva de la pornografía que cuenta, noche a noche, sus aventuras en un cabaret de cuarta. Un difícil monólogo sobre el carril del mal gusto y la vulgaridad vueltos estilo por el creador español. Aquí la dirección y adaptación es de José Luis Solís con la actuación de Claudia Frías.

Todos conocemos las películas de Almodóvar —no siempre logradas, por otra parte— y lo que las hace tan particulares y gustadas es justamente el difícil equilibrio con que comprometen las líneas básicas, estructurales, de una cultura. Es importante su ángulo de visión, su sentido del ridículo y la apelación descarada y debeladora de los componentes con los que se manipula la emoción y se construyen las ideas de una clase y de un país muy específico, ya que Almodóvar, en su obra, resulta más español que las aceitunas. Esos dos elementos son fundamentales: su estilo y las complejas raíces sociales donde éste se inserta y justifica, como espejo deformante, satírico y de una muy saludable crueldad, además de esa cursilería a flor de piel que constantemente nos asombra con su descaro. Si desvanecemos esto, lo que queda es nada... o casi nada. Y es más o menos lo que ocurre en este montaje de nombre tan atractivo (casi un "objeto cultural" en sí mismo) que ahora podemos ver en trasnoche.

Tal vez, en parte, se deba al empobrecimiento de lo visual, aspecto fundamental en lo que realmente hace famoso a Almodóvar: su cine, es decir, imágenes editadas con múltiples referencias como soporte. Aquí la pobreza en ese aspecto es evidente y no alcanza ni el neón, ni las pocas ropas (hay muchos cambios pero todo es igual en lo esencial) ni el par de muebles, porque incluso se quedan no sólo en lo precario sino sobre todo en lo poco significativo, que es lo más grave en cuanto a lenguaje. Y aquí enlazamos con la equivalencia al montaje cinematográfico, que es el trabajo de puesta teatral, casi no tenido realmente en cuenta. Se lanza a la actriz al ruedo muy poco protegida por aquello que debe servirle como un invisible marco protector, que es —y vale la pena insistir— el estilo. Elemento absolutamente prioritario en Almodóvar e inexistente en este trabajo de Solís. No alcanza el texto, sino que éste debe hallarse inmerso en una dinámica que lo articule y que aquí se echa de menos. Mucho más que si lo leyéramos, ya que entonces generaríamos mentalmente un correlato a partir de lo personal. El entorno social preciso se desdibuja, la impronta personal se pierde y lo que resta es pura anécdota muy lavada de su intención primera.

Lo que pareciera ocurrir es la fascinación que alguien (un equipo, la actriz o el director, tal vez) por un mundo y un clima (el de Almodóvar, claro) que, finalmente, quedó resumido en palabras que aquí se sienten como ajenas. Y la palabra, el texto, debiera haber resultado mágico, es decir generador de un mundo que se devela al espectador a partir de la puesta en escena. Así como lo vemos, se nos cae a poco de andar, en una circularidad que se deshace hacia el final en una especie de auto cuestionamiento moralizante que desintegra la propuesta sin sustituirla. Paty Diphusa es sólo una imagen de nuestra cultura, una campeona del atletismo sexual capaz de gemir de placer en una violación múltiple mientras muestra un primer plano que la favorece. Todo lo humano, o inhumano del sistema que la entorna se da por confrontación con la figura de plástico y rimmel, de chicle y condón, siempre dispuesta, engañada y sola. Siempre bella justamente por el exceso de fealdad, brutalidad y horror en el que se mueve, incólume como un personaje de caricatura aplastado por una aplanadora en cada capítulo de la serie. Hasta la vuelta de tuerca final que se nos da muy deslavadamente en su versión teatral.

Claudia Frías asume con fuerza la propuesta constructiva del personaje y hace que muchos momentos resulte atractivo el referente sobre el que se mueve. Sólo que no alcanza su trabajo, y va desgastándose a lo largo de las tiradas hasta desvanecerse, no tanto por propuesta como supone el cierre (la imagen se borra junto con el maquillaje y la ropa, hasta abandonar el juego al espectador complaciente) sino por debilidad en la concepción global, tarea evidentemente de dirección. Una pena, porque seguramente hubiera resultado muy atractivo hallar en el espacio vivo de la escena ese mundo agresivo que tantas veces nos ha dado la pantalla.