FICHA TÉCNICA



Título obra La visita del ángel

Autoría Vicente Leñero

Dirección Ignacio Retes

Elenco Ignacio Retes, Carmelita González, Eugenia Leñero

Escenografía Alejandro Luna

Iluminación Alejandro Luna

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Homenaje al tiempo, curiosidad arqueológica”, en Tiempo Libre, núm. 790, 29 junio 1995, p. 34.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Homenaje al tiempo, curiosidad arqueológica

Bruno Bert

En homenaje al maestro Ignacio Retes, la UNAM remontó —bajo la dirección del propio homenajeado — la conocida obra de Vicente Leñero. La visita del Ángel. En el programa de mano, el autor explica que con esta pieza realizó una especie de experimento en donde llevó al naturalismo a su máxima exacerbación, manejando el mismo criterio para el hecho verbal, con enormes espacios de silencio, alternado con, el soliloquio.

La anécdota es intrascendente: la visita de una muchacha a sus abuelos, en una tarde cualquiera en la que come con ellos. Nada sucede en especial con ninguno en relación a los otros, ningún conflicto particular se desarrolla salvo las pequeñas asperezas del devenir diario, ni siquiera discutidas, apenas puntuadas por una sonrisa o una mirada de desaprobación. Y así, justamente por la presencia de esos excesos propuestos por Leñero y escrupulosamente respetados por Retes, el estilo sufre como una distorsión que acerca todo a un simbolismo poético, seguramente irritativo en muchos momentos, pero interesante como resultado en la lectura global del espectáculo.

Alejandro Luna, como iluminador y escenógrafo, nos propone un departamento de clase media baja, habitado por estos dos ancianos. Existe aquí un claro regodeo en esa exacerbación del naturalismo del que hablábamos antes, y que podría llegar a remitirnos a los presupuestos que este género manejó hace más de un siglo y que hoy, raramente pueden verse en escena llevados a este punto de cuidado. No hay un centímetro cuadrado que no sea copia exacta de la realidad externa, con su sobrecarga de objetos dentro de los muebles, donde se puede echar a andar un ventilador, abrir la llave del agua, encender una estufa y por supuesto cocinar una sopa cuyo olor puede claramente percibir el espectador de la primera fila.

En primera instancia asombra encontrar —aplicado hasta el virtuosismo— lo que ya estaba artísticamente superado en tiempo de nuestros abuelos. A ese asombro y la curiosidad un tanto arqueológica que provoca, le sobreviene el aburrimiento, ya que la cotidianidad de una mujer que prepara a solas la comida, en silencio y durante larguísimos minutos, es totalmente insignificante. Sin embargo, autor y director extienden aún más ese "espacio vacío" y entonces la visión empieza a reubicarse en otro plano de lectura que acompañará todo el proceso de trabajo, tal vez un poco fastidiada, pero comprendiendo las reglas del juego.

Lo primero que aparece entonces por debajo de lo inmediato, es un estallido de impulsos multidireccionales por parte de la juventud y un equivalente esclerosado manejado por la vejez. La muchacha se sostiene a partir de la erotización del espacio y las relaciones, donde los objetos carecen de valor en sí. Los viejos en cambio, frente a la pérdida de una dinámica real de relación con el mundo y con el otro, conservan una meticulosa ficción de movimiento a partir de las acciones cotidianas ritualizadas en sí mismas, como un único esqueleto capaz de soportar su verdadera falta de acción. En los dos hay silencio: por parte de los viejos, de manera literal porque ya nada tienen que decirse ni nada tienen para decir al otro. En la joven, porque aún no ha encontrado su voz ni su palabra, y la sustituye por una infinidad de textos inútiles que son como sus impulsos: la búsqueda de un sentido que aún no se encuentra... Naturalmente, esta oposición de silencio y torrente de sonido, quietud y movimiento perpetuo, vejez y juventud, etcétera, da para resignificar el título y encontrar un posible valor simbólico al "ángel" que visita la casa.

Alejandro Luna construye una escenografía "convencional", pero la des-construye a partir de la forma en que nos la entrega. El autor juega al naturalismo y lo supera a partir de la conciencia de límite y el riesgo del experimento. El director —que además asume el rol del abuelo— ensambla las partes de él con habilidad, cierto grado de nostalgia e incluyéndose en la experiencia con una clara sensación de "homenaje al tiempo", que da como una ternura suplementaria a lo que bien podría sea una liquidación de formas añoradas, pero también dejadas atrás en la quietud del crepúsculo.

Los actores son el propio Retes, como ya dijimos, Carmelita González en el papel de su esposa y Eugenia Le-ñero asumiendo a la nieta hiperactiva. El trabajo de los dos primeros está prácticamente dado a través de las acciones físicas y los puntos de vista frente a la inacallable muchacha. Una completa sub textualización de edad, clase y afecto. Eugenia Leñero lleva adelante el suyo con empeño y también con habilidad, aunque posiblemente necesitara afinarlo un poco, hacerlo más fluido, menos "teatral". Tal vez esto se logre a partir del correr de las funciones. En definitiva, La visita del Ángel se muestra como un espectáculo dual, que intenta acudir a lo que empático y humano puede presentar el naturalismo, excediéndolo al mismo tiempo en sus limitaciones más obvias. Un buen homenaje a un excelente maestro.