FICHA TÉCNICA



Notas Con motivo de la muerte del pintor José Clemente Orozco el autor cita y comenta de las Memorias del pintor aspectos de la vida teatral entre 1913 y 1930

Referencia Armando de Maria y Campos, “Nuestros teatros a la muerte del pintor José Clemente Orozco. Cómo vio Orozco el teatro de la época huertista, hasta que llegó el castigo del cine y de la radio. Recuerdos de un adolescente”, en Novedades, 14 septiembre 1949.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Nuestros teatros a la muerte del pintor José Clemente Orozco. Cómo vio Orozco el teatro de la época huertista, hasta que llegó el castigo del cine y de la radio. Recuerdos de un adolescente

Armando de Maria y Campos

La muerte del pintor mexicano José Clemente Orozco, el más genial de los que ha producido México, cogió a los empresarios metropolitanos organizando sus programas tricolores para la noche "del grito" –15 de septiembre–, programas todos "de ocasión", que no merecen más espacio que el del comentario de estricta actualidad para que no se pierda tal o cual atractivo o atracción de estricta circunstancia. En el Fábregas debutó como actriz de teatro la que en el cine ha alcanzado algunos éxitos que ya empiezan a olvidarse, Susana Guízar, con la reposición, después de catorce años de estrenada por Fernando Soler y Magda Haller, quien halló en esta obra su papel revelador, de la comedia italiana La muerte en vacaciones de Alberto Casella; en el Lírico, Irma Vila y María Conesa hacen una breve temporada de diez días, del 10 al 19; en el Ideal se recurre a otra actriz de cine, Consuelo Guerrero de Luna para reforzar la reposición de una deslustrada comedia de Muñoz Seca, El refugio, y en el Arbeu, Pepita Embil entona melodías de Guerrero y Serrano para entretener a su parroquia española; Seki Sano repone su obra batallona Un tranvía llamado Deseo y el nuevo teatro Margo busca títulos de actualidad para hacerle la competencia en firme –competencia de títulos, nada más– al Tívoli, al Río, y a otras alegres carpas. En el Follies actúa un formidable chanssonier, Georges Ulmer.

¿Merece todo esto un comentario que sustituya al muy oportunísimo sobre cómo vio José Clemente Orozco el teatro de su tiempo, o por lo menos un ángulo de este teatro? Creo que no; por eso reviso en seguida lo que en momento oportuno escribió Orozco sobre "el teatro durante la dictadura de Victoriano Huerta", que le tocó vivir intensamente.

José Clemente Orozco dejó inéditas unas Memorias que, por los datos que poseo, alcanzan hasta 1948. Parte de ellas está publicada en diarios y revistas. Las páginas más emotivas probablemente son aquellas que se refieren a los dramáticos meses que gobernó, principalmente la ciudad de México, el general Victoriano Huerta, y en la que está la que dedicó a comentar la vida teatral de la metrópoli.

"Para arbitrarse recursos –dice Orozco– don Victoriano estableció garitos por toda la ciudad de México. Había más casas de juego que cantinas y pulquerías, una o dos en cada cuadra. Las había lujosas para desplumar a los burgueses y otras que podríamos llamar proletarias, en donde dejaban la raya obreros y campesinos en albures hasta de a cinco centavos. En aquel entonces no había sindicatos ni juntas de conciliación y arbitraje, pues si los hubiera habido habría sido declarada la huelga contra las casas de juego hasta conseguir que quedaran en manos de los trabajadores. Por la noche, la ciudad era algo fantástico. Los numerosísimos centros de juerga estaban atestados de oficiales del ejército huertista y de mujeres ligeras. Había capitanes de dieciocho años y coroneles de veinticinco. El reclutamiento para el ejército del usurpador, se hacía por el procedimiento de la leva. A lo mejor, los trasnochadores se encontraban en una calle que había sido cerrada en un abrir y cerrar de ojos en sus dos extremos por la policía y todos los varones eran secuestrados inmediatamente. Yo me vi varias veces en trampas de esas, pero me soltaban en el acto por faltarme una mano. En otras ocasiones cerraban de improviso una cantina o cualquier otro "centro" semejante, y los hombres fuertes eran enviados a filas. En las grandes naciones guerreras se hace lo mismo exactamente, pero apuntan en un libro los nombres de los nuevos soldados".

En seguida Orozco escribe una estupenda página para la historia del teatro en México, que yo adolescente, viví también con la impaciencia de los años más mozos. "Uno de los lugares más concurridos durante el huertismo fue el teatro María Guerrero, conocido también por "María Tepache", en la calle de Peralvillo. Eran los mejores días de los actores Beristáin y Acevedo, que crearon ese género único. El público de lo más híbrido; lo más soez del "peladaje" se mezclaba con intelectuales y artistas, con oficiales del ejército y de la burocracia, personajes políticos y hasta secretarios de Estado. La concurrencia se portaba peor que en los toros; tomaba parte de la representación y se ponía al tú por tú con actores y actrices, insultándose mutuamente y alternando los diálogos en tal forma que no había dos representaciones iguales a fuerza de improvisaciones. Desde la galería caían sobre el público de las lunetas toda clase de proyectiles, incluyendo escupitajos, pulque o líquidos peores y, a veces, los borrachos mismos iban a dar con sus huesos sobre los concurrentes de abajo. Puede fácilmente imaginarse qué clase de "obras" se representaban entre actores y público. Las leperadas estallaban en el ambiente denso y nauseabundo y las escenas eran frecuentemente de lo más alarmante. Sin embargo, había mucho ingenio y caracterizaciones estupendas de Beristáin y de Acevedo, quienes creaban tipos de mariguanos, de presidiarios o de gendarmes maravillosamente. Las "actrices" eran todas antiquísimas y deformes".

"Posteriormente –continúa Orozco–, este teatro se degeneró (no es paradoja), se volvió político y propio para familias. Se hizo turístico. Fue introducido el coro de tehuanas con jícaras –Orozco se refiere ya al que vio de regreso de su odisea por los Estados Unidos, después de haber andado en "la bola", por 1917 o 18–; charros negros y canciones sentimentales y cursis por cancionistas de Los Angeles y San Antonio, Texas, cosas todas éstas verdaderamente insoportables y del peor gusto, pero caras a las familias decentes de las casas de apartamientos o de vecindad, como antes se llamaban. El castigo no se hizo esperar, todo acabó en el cine y en el horrible radio con sus locutores, magnavoces y necedades insoportables".

¡Qué admirable cuartilla la de Orozco sobre nuestro teatro de 1913 a 1930 más o menos! ¡Qué gráfico el primer párrafo que se refiere a las tandas del "María Tepache" de febrero del 13 a julio del 14. Mi impaciencia por empezar a vivir "la vida del teatro", encabritada por la curiosidad del adolescente, me llevaba casi todas las noches a las tandas del "María Tepache". Vivíamos –mi madre joven y mi hermano Ernesto, niño aún– "a la vuelta" del María Guerrero –en Estanco de Mujeres 49–, y en menos de tres minutos me ponía del teatro a mi casa, o viceversa. Y en diez minutos llegaba al Apolo, en la calle de la Mosqueta, y en poco más de un cuarto de hora al Briseño, por la calle de Guerrero. En todos se cultivaba igual género con idénticas características; aún más "colorado" en el Apolo; pero de los tres el más popular era el "María Tepache". Los autores eran Xavier Navarro (a) "El pato cenizo"; Romo, Romero y Careaga, Humberto Galindo, Arturo Avila, González Carrasco y Nacho Raeza; y esas "actrices antiquísimas y deformes" a que con visión borrosa alude Orozco, eran las lindas adolescentes mexicanas Emilia Trujillo –la sin par "Trujis", tal vez la mejor tiple cómica que ha dado México–; Paquita Cires Sánchez, Amparo Pérez, María Clavería, Columba Quintana, Ester Ferrer, Eloísa Avila, Columba Gasca y Josefina Noriega... Casi todos –actores y actrices, autores y tiples– se adelantaron a Orozco en el viaje ineludible.