FICHA TÉCNICA



Título obra Paisaje interior

Autoría Estela Leñero

Dirección Estela Leñero

Elenco Ángeles Marín, Leticia Huijara

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Paisaje nublado”, en Tiempo Libre, núm. 788, 15 junio 1995, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Paisaje nublado

Bruno Bert

Una puerta giratoria que al parecer da al futuro, un ropero que conduce al pasado, una cama que sepulta los túneles y cuevas que se nos ocurra imaginar, cargados de posibles y ambiguos tesoros. Un árbol hueco, una pecera sin peces y un par de objetos más. Dos mujeres y la abolición del tiempo en un espacio multidireccional que es todo y nada en forma simultánea.

Estoy hablando del ámbito y el clima básico de Paisaje interior, la obra de Estela Leñero, dirigida por ella misma, que se está presentando en La Gruta, del Centro Cultural Helénico.

Pienso que una de las características de esta artista es su capacidad de riesgo; su interés por las zonas limítrofes y los espacios "peligrosos" del teatro. Es justamente esto lo que hace que me importe su trabajo, independientemente que no siempre sienta pleno el resultado del mismo. Me parece atractiva la disconformidad que vuelve a lanzarla a un nuevo tramo de exploración. Paisaje interior es prácticamente un discurso poético-filosófico no teatral, que se vale del teatro como portador, no siempre agraciado, de las inquietudes de su autora.

Una de las mujeres tiene una llave y la otra un plano, no está claro qué abre la primera ni a qué conduce el segundo, dándose la posibilidad, además, de que sean intercambiables a capricho de la necesidad. Pero existe un impulso angustioso de correr tras estas pistas en busca de imágenes que nacen en el pasado de cada una como obsesiones. Y en ese camino en busca de lo perdido que hipoteca la validez del presente, se valen todas las posibilidades. O más aún, todas las imposibilidades vueltas pequeños actos tramposos tendientes a calmar la propia angustia. Naturalmente hay algo de kafkiano en todo esto: una tierra hostil y desconocida; una suma de culpas nunca aclaradas ni totalmente asumidas; una realidad que apenas es una pobre apariencia, constantemente evasiva y contradictoria. Y sobre todo la sinrazón de las acciones en un tiempo quebrado que parece siempre estancado en un mismo punto: el del recuerdo acuciante.

Aquí el camino se complica para el creador, porque los seres empiezan a moverse en el plano de aquellos que esperaban a Godot. Sólo que en lugar de esperar, buscan, con la sensación que nos da una caja de laboratorio vista desde nuestra altura de "dioses", donde un par de ratones giran obsesivamente en sus laberintos invariablemente cerrados, creyendo que avanzan en alguna dirección.

Esto, filosóficamente, puede reconocerse como un estado propio de nuestro fin de siglo: discursos truncados, sexualidades insatisfechas, hijos abandonados en el sentido real y simbólico del término, en un espacio de asfixiante represión. El miedo de una libertad que siempre es condicional. Pero la pregunta es ¿cómo hallar un correlato de imágenes válidas que no ilustren sino encarnen estas ideas, y además con su mismo sentido y potencia? Esto es justamente lo que no hallamos en Paisaje interior, un material que —como en otros casos con Estela Leñero— expresa una riqueza de preocupaciones y posibilidades que exceden la realidad plasmada en esa suma de imágenes en movimiento que es la obra que finalmente podemos apreciar. Es como un torrente de preocupaciones sociales, emocionales y estéticas que no encuentran un traspaso maduro y convincente sobre el escenario. Allí, dos actrices –Ángeles Marín y Leticia Huijara se manejan muy profesionalmente con sus ambiguos roles. El problema no está en ellas sino en la dirección, que no halla la forma teatral idónea para una tan compleja propuesta autoral.

Las acciones se vuelven simplistas, lo lúdico se reitera y la utilización del espacio va empobreciéndose en posibilidades. No hay creación de analogías, sino ilustración de lo simbólico en su plano más inmediato y pedestre, y a los quince minutos ya han agotado lo que teatralmente harán en todo el transcurso del trabajo. Lo demás son repeticiones con variantes. Esto provoca hastío en el espectador, aún en aquellos que sentimos interés por lo que temática y poéticamente intuimos como posible y decidimos seguir las intuiciones de quien nos estaba guiando.

Una preocupación pertinente en un lenguaje inhóspito que nos aleja del placer de compartirla; una serie de objetos-señales que sólo se mostraron en los planos de una primer visión imaginaria, inviolados en sus metáforas más profundas; un espejo que tembló apenas, denunciando una profundidad a la que nadie supo arrojarse, posiblemente a pesar de desearlo. En fin, un Paisaje interior en un día verdaderamente nublado.