FICHA TÉCNICA



Título obra ¿Quién le teme a Virginia Wolf?

Autoría Edward Albee

Dirección Enrique Rentería

Elenco Silvia Pasquel, Rogelio Guerra, Juan Ignacio Aranda, Azela Robison

Espacios teatrales Teatro Rafael Solana

Referencia Bruno Bert, “Esa Virginia superficial y formal”, en Tiempo Libre, núm. 787, 8 junio 1995, p. 38.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Esa Virginia superficial y formal

Bruno Bert

El realismo psicológico tiene indudablemente sus "clásicos", y entre ellos se encuentra ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, ese melodrama de Albee con raíces en Strindberg, que acaba de re-estrenarse en la sala Rafael Solana, bajo la dirección de Enrique Rentería. Resultó interesante ver en platea, como espectadora, a Carmen Montejo, quien estelarizara esa obra hace ya más de treinta años, en su primera y provocadora versión en nuestro país. Pero el referente inevitable, a nivel internacional, sigue siendo aquella película que esteralizaran Richard Burton y Elizabeth Tylor como la pareja protagónica y que, vista hoy, comienza ya a mostrar sus años.

Todos recordarán seguramente el tema: una pareja cincuentona que vive en un campus universitario. Ella es hija del rector y él tiene una oscura cátedra de historia. Ambos se sienten absolutamente fracasados como pareja y como individuos. Ya no tienen sueños, ambiciones ni esperanza alguna y se dedican al notable pero extendido deporte del sadomasoquismo familiar, tal vez para sentir que, a pesar de todo, continúan vivos. Es el dolor el que los mantiene de este lado de una tumba que ha cargado con todo lo que de positivo había en ellos.

El tiempo de obra es el transcurso de una madrugada en la que llegan medio borrachos de una fiesta y reciben, a pesar de la hora, a una pareja joven que acaban de conocer: un profesor y su esposa que están instalándose en la Universidad e iniciando su carrera profesional. Es como la posibilidad de usar un espejo que los vuelve atrás en el tiempo. Sólo que en esa noche aquelárrica donde nada falta, advertimos que los que llegan, lejos de ser inocentes, ya son portadores de todos los vicios, miedos y taras que al paso de los años los transformarán en una réplica de los que ahora se comportan como sus circunstanciales anfitriones.

Supongo que es mucho lo que se ha escrito sobre la obra, por lo que no vale la pena abundar demasiado en sus virtudes. Tal vez simplemente señalar lo acertado de un manejo en donde lo individual nunca pierde de vista el trasfondo social que lo explica; la habilidad literaria para este juego de masacre, que ha servido de modelo a muchísimas obras posteriores y que, sin embargo, -casi sin excepción- no alcanzan el nivel que da Albee a la suya; y por último la tentación permanente que representa para una pareja de actores deseosa de demostrar la versatilidad de sus capacidades histriónicas y emocionales.

La dirección tiene dos funciones primordiales en una puesta como esta. La primera es impedir la monotonía, ya que en semejante carnicería, al poco tiempo ya no hay nada que nos sorprenda ni estimule a pesar de las dosificaciones que el autor impone a su texto. La segunda, un muy férreo manejo de actores, ya que todo invita a ahogarse en el desborde más desenfrenado. Rentería asume -dentro de un discreto espacio propuesto por Félida Medina como extensión de la sicología de los personajes- ambos retos, y logra manejarlos, si no como un consumado maestro de tormentas, al menos como un timonel que intenta en todo momento establecer los límites necesarios dentro de este magma emocional e ideológico. Los resultados a este nivel son desiguales pero no negativos.

En cuanto a los actores, nos encontramos con Silvia Pasquél y Rogelio Guerra en los principales papeles, acompañados por Juan Ignacio Aranda y Azela Robison como la pareja invitada. Siento que en todos ellos, la dirección ha hallado la estridencia que los caracteriza y también el ritmo rápido de las acciones que manejan. Sin embargo, lo que echo de menos -sobre todo en los protagónicos- es la consistencia que esos personajes deben tener en su aparente vacuidad. Cada uno de ellos, por debajo de ese patetismo ridículo que justifican por su permanente e inveterada borrachera, es un abismo de apetencias y necesidades jamás satisfechas. Y aquí la consistencia reside en dar forma a ese aterrador vacío manipulado por los valores sociales de quienes -no casualmente- son intelectuales y profesores universitarios. El peligro consiste en demorarse en la apariencia exterior de sus "juegos", dándonos una cáscara brillante y ágil, pero carente de profundidad. En este sentido estamos frente a una Virginia Woolf básicamente formal.

A tres décadas de ser un enorme éxito de taquilla, esta obra continúa provocando interés, porque en lo esencial mantiene su vigencia. Tal vez nos suene excesivamente verborreica y con posturas que remiten a las modas y costumbres del momento de su creación, pero de todas maneras sigue dándonos qué pensar sobre los hábitos de cotidianidad de una clase media intelectual frustrada... bastante parecida a ciertos sectores de la nuestra.