FICHA TÉCNICA



Título obra Un día cualquiera

Autoría Darío Fo y Franca Rame

Dirección Miguel Ángel Rivera

Elenco Carlos Cobos, Lucero Trejo

Escenografía Arturo Nava

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Ligera indigestión”, en Tiempo Libre, núm. 777, 30 marzo 1995, p. 28.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ligera indigestión

Bruno Bert

En el todavía inusual horario de las 12 del día (aunque con buen nivel de asistencia), el foro Sor Juana de la Universidad está pre,- sentando una reposición que no había logrado ver en la temporada pasada: Un día cualquiera, de Darío Fo y Franca Rame, bajo la dirección de Miguel Ángel Rivera.

Se trata de casi un monólogo, que Fo destinó evidentemente a su esposa, reservándose algunas entradas estratégicas. El tema, ya ampliamente visto y explotado en trabajos anteriores por la misma Franca Rame, es la alienación de la mujer de clase burguesa. En este caso una publicista totalmente inserta en el boom tecnológico. Rodeada de cámaras de video, sensores, computadoras, equipos de sonido, televisores de gran formato y cuanta sofisticación puede producir la conjunción del oficio, el dinero y la soledad. La vemos intentando grabar una "carta video" en la que le recuerda a su ex esposo, que en ese día cumplen un año de divorciados, y le anuncia que, en combinación con la fecha, piensa suicidarse.

Amurallada en el espacio de su casa, la comunicación con el entorno se da a través de una publicación femenina que por error ha mencionado su nombre como sicóloga y creadora de un infalible sistema equilibrante; el teléfono, que no deja de sonar a consecuencia de esto, y la puerta del departamento por la que entran sucesivamente y con distintos grados de violencia, un vendedor de tarjetas de crédito, un Testigo del Octavo Día, un ladrón, y finalmente un médico de la Asistencia Pública. Todos encarnados por el mismo actor, claro está, que ocupa el espacio que originalmente se destinara a Fo.

La obra en sí no es demasiado interesante. No tanto por la construcción, dado que aquí hay mucho oficio de parte del escritor italiano, con buen derroche de humor y manejo satírico de los presupuestos ideológicos implícitos. Sino sobre todo por lo reiterativo que justamente resulta en él. Después de veinticinco años de insistir sobre la misma línea, uno termina un poco indigesto de esa insistencia machacona sobre una clase media que se autodestruye a través de la alienación en el trabajo, la pérdida de realidad, la sustitución de las relaciones humanas por vinculaciones cosificadas, la perenne insatisfacción sexual y la instrumentación de la cultura como un sucedáneo acartonado de la vivencia. Y no porque haya perdido vigencia, que la sigue teniendo, sino tal vez simplemente porque en lo personal, desearía que una persona de su indudable talento histriónico, dramatúrgico y humano, operase una transformación de mayor envergadura en su teatro-de-compromiso.

La dirección de Miguel Ángel Rivera es doblemente interesante, por el manejo de actores y la concepción de puesta. En el primer caso, se trata de una implementación muy eficaz de dos conocidos intérpretes de nuestro medio; a un ritmo sumamente dinámico y explorando lo mejor de esa comicidad agridulce, agresiva y directa, que Fo pide para sus trabajos. En el segundo, con la colaboración de Arturo Nava como escenógrafo e iluminador —en el que se advierte cómo va decantando una identidad expresiva a través de su ya madura carrera nos plantea un multimedia, incorporando los elementos de video como agresores y despersonalizadores de la vulnerada protagonista. Y es justamente en la combinación de dirección y actuación donde se hallan los mejores momentos del espectáculo.

Julia, la atribulada publicista, está asumida por Lucero Trejo, una actriz de la que hemos visto muchos e interesantes trabajos. Sin embargo, el presente es de los mejores entre los que recuerdo de ella sin buscar pormenores en archivo. Creo que sobre todo la primera parte —luego se navega sobre aguas más conocidas— es un muestreo de su capacidad y versatilidad para encarar la perturbada sicología de este personaje, estridente en su oscilación entre la depresión y la euforia.

La acompaña Carlos Cobos, dentro de una línea muy coherente con el de Lucero, al que he elogiado hace pocas semanas por su participación en otra obra que aún se mantiene en temporada y con la que se reparte en horarios. Los estilos constructivos en ambos personajes masculinos son muy similares, cargados de esa energía casi histérica, llena de exabruptos corporales y verbales.

En definitiva, con Un día cualquiera, nos hallamos frente a un teatro propositivo, tal vez muy reconocible para los que siguen a Fo, pero siempre eficaz y pertinente. Si le sumamos a esto una sala pequeña y ambientada como un laberinto que nos lleva casi clandestinamente al corazón de una situación y de unos personajes totalmente patológicos, que además se hallan bien actuados y dirigidos; podemos concluir que se trata una interesante propuesta en esta temporada no demasiado fértil. Más vale aprovecharla.