FICHA TÉCNICA



Título obra La esfinge de las maravillas

Autoría Hugo Argüelles

Dirección José Antonio Alcaraz

Elenco Olga Marta Dávila, Óscar Flores

Espacios teatrales Foro de La Conchita

Referencia Bruno Bert, “Síntesis antológica Argüellana”, en Tiempo Libre, núm. 775, 16 marzo 1995, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Síntesis antológica Argüellana

Bruno Bert

El foro de la Conchita cumple 10 años y lleva a escena, de la mano de José Antonio Alcaraz, una nueva obra de Hugo Arguelles. Es entendible, ya que este dramaturgo produjo aquella otra Escarabajos-- que estuviera durante más de 500 representaciones en el mismo espacio hace no mucho tiempo.

Se trata de La esfinge de las maravillas. Se dice que un autor, por grande que sea, sólo tiene un puñado de temas que le obsesionan. Y son estos los que se encuentran como ejes vertebrales de sus más importantes obras; para luego repetirse, en distintos tonos y combinaciones a lo largo de toda su producción, constituyendo en definitiva la estructura de identidad que —junto con su estilo— lo hacen identificable artística e históricamente.

Naturalmente, Arguelles no es una excepción al respecto. Todos sabemos de su preocupación por la familia burguesa como una demoledora organización asfixiante, y de su vinculación, como escritor, con el pensamiento mágico, tan propio del mexicano y sobre todo del veracruzano. También recordamos sus ataques a las estructuras machistas (a la "falocracia", para utilizar un término que gusta emplear) y a la frecuente inclusión de la problemática homosexual como latente consecuencia de lo anterior. No olvidamos su predilección temática por el incesto y el regusto por el humor negro en la pintura de sus personajes. Esto, sólo para nombrar algunas de sus constantes recurrencias a vuelo de pájaro. Pues bien, todas ellas se encuentran nuevamente aquí, en La esfinge de las maravillas, transformando a esta obra como en una síntesis antológica argüellana a la que se agrega el tema de la imaginación como potente factor, incapaz de ser disuelto en el ser humano que lo posee, haga lo que se haga con él.

La anécdota nos plantea a una familia compuesta por padre (médico), madre, hija legítima e hijo adoptivo. Estos dos últimos entre los veinte y treinta años. Las relaciones se hallan afectivamente polarizadas a partir de los edipos respectivos en forma abierta y similar a aquella planteada por Argüelles en El ritual de la Salamandra, sólo que aquí la magia se introduce a través del pensamiento de la madre, con una fijación por la figura de Pedro Infante, al que cree padre de su hijo adoptivo. Si bien el juego de vinculaciones dramáticas genera un entramado de conflictos y temáticas simultáneas, el eje conductor es el poder del padre contra la imaginación de la madre y las consecuencias y develaciones que esta lucha conlleva.

Indudablemente se reconoce a Arguelles a ojos cerrados, aunque siento, paradójicamente, que aunque la fantasía y la imaginación son parte medular de lo tratado, se vuelven componentes minoritarios en cuanto a lo empleado por el escritor; aquí mucho más apegado a fórmulas ya utilizadas, a ideas, giros y esquemas que finalmente provienen de su producción anterior. Es un Arguelles que se recuerda mucho más que un Arguelles que se reinventa. Y esto vuelve a la obra interesante pero en definitiva menor, como lo es un recuerdo frente a una realidad, y porque además la fragmenta, como aquellos edificios medievales cargados de despojos clásicos.

La dirección de Alcaraz podríamos llamarla cuanto menos de insólita, ya que absuelve al espacio de objetos, pero mantiene la mímica de su existencia en los actores, pero sólo fragmentariamente, sin generar otra proposición de uso del cuerpo y el espacio que justifique esta elección que así suena como mutilante y arbitraria. Genera además rompimientos estilísticos casi de sobre-ilustración "expresionista" del texto y acepta en los intérpretes construcciones casi antagónicas para sus personajes. Naturalmente los resultados son abruptos y no siempre eficaces en relación a la propuesta autoral. Hay que admitir que logra sorprender.

En cuanto a los actores hallamos sobre todo a Olga Marta Dávila y Oscar Flores como más coherentes y de mejor consistencia dentro del estilo naturalista que manejan. Nos importan y convencen, aunque por momentos dudamos de las exigencias de la dirección, ante un manejo mucho más frío y formalista de los otros, hasta el extremo absolutamente de maqueta y muñeco por parte del actor que asume al padre. No resulta claro el camino elegido y la estética por la que se opta. Así, el trabajo fluctúa entre momentos de interés, imágenes acertadas con un ritmo fluido, y quiebres, ciertas reiteraciones y un sentimiento global de duda e inseguridad.

Evidentemente tanto en la autoría como en la dirección, estamos hablando de profesionales largamente fogueados y aceptados en nuestro medio. Sin embargo siento que hasta el más pintado se le puede escapar alguna vez la liebre... o la esfinge, si llega el caso.