FICHA TÉCNICA



Título obra Los encantos de la culpa

Autoría Pedro Calderón de la Barca

Dirección Ignacio Escárcega

Espacios teatrales Cárceles de la Perpetua en el Palacio de la Antigua Escuela de Medicina

Referencia Bruno Bert, “Mare mágnum acrobático”, en Tiempo Libre, núm. 774, 9 marzo 1995, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Mare mágnum acrobático

Bruno Bert

Generalmente los géneros teatrales están vinculados a un momento histórico; a un tiempo, su pensamiento y su sentir. A veces, trasmutando contenidos y rejuveneciendo formas, logran pervivir. En otros casos no, los siglos han envejecido esos materiales hasta volverlos curiosidades arqueológicas. Ejemplo de esto son los autosacramentales, género que floreció en el siglo de oro español pero que tenía raíces en los "misterios" o "moralidades" medievales donde el teatro ejercía aún el rol didáctico de expansión y consolidación de los principios del cristianismo. Era una representación alegórica relacionada con la exaltación de la Eucaristía, en la fiesta de Corpus Christi, y en esas fechas era cuando se daba. Los personajes solían ser "la fe", "el pecado", "la bondad", etcétera, siempre alrededor del "hombre", así entendido, en genérico, que concluía redimido por la sagrada comunión. Como organismo artístico y arma de propaganda religiosa fueron degenerando a través del tiempo hasta que, paradójicamente, terminaron por ser prohibidos por la misma iglesia, en el siglo de las luces, lejano ya el esplendor que les otorgó uno de sus máximos cultores: el español Pedro Calderón de la Barca.

El revivir hoy esos materiales en la escena, resulta de interés Únicamente para el estudioso de las formas y pensamientos del barroco, ya que incluso para los creyentes, conceptualmente se nos hace un material absolutamente superado.

En las Cárceles de la Perpetua, es decir en lo que fue el Palacio de la Inquisición en México (lugar ad hoc, evidentemente, al menos desde el punto de vista histórico), se acaba de estrenar Los encantos de la culpa, un auto-sacramental de Calderón bajo la dirección de Ignacio Escárcega.

En este caso, su justificación de montaje está dada en el programa de mano, que nos dice que "el trabajo es resultado de una convocatoria del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, para asistir al Festival del Siglo de Oro en Chamizal, en Estados Unidos". Es decir que nos hallamos frente a una proposición de carácter eminentemente pedagógico, compartida ahora con el público.

La estructura anecdótica nos narra la oposición entre el entendimiento y los sentidos; quien seduce a estos alejándolos del primero que debe ser su conductor, es la culpa, a la que, hábilmente, Calderón homologa con la maga Circe, dejando al hombre como un émulo de Ulises en busca de sus compañeros que literalmente han sido transformados en puercos a mano de la irresistible hechicera. Naturalmente aquí aparece todo el bagaje cultural de Calderón y la influencia que la literatura clásica tenía en su época, haciendo de este drama teológico una transposición libre del X canto de La Odisea. Por supuesto que finalmente aparecerá la penitencia que con el acto de la Sagrada Eucaristía redimirá a los sentidos presos a partir primero del sincero arrepentimiento del hombre.

Para hacer digerible tanto fárrago alegórico a nivel popular, la época calderoniana proveía a estos espectáculos de un especial lucimiento visual y sonoro. El público, a su vez, se hallaba ya acostumbrado a manejar estos paquetes de ideas como preceptos vivos de una iglesia a la que se respetaba o se era torturado y quemado en plaza pública. Desaparecida hoy esta parte (deo gratia) lo que le queda al espectador moderno es básicamente el lucimiento de la puesta, y la pertinencia de la misma dentro del juego de conceptos propuestos por el autor.

Ignacio Escárcega es un director particularmente interesado en esas raíces medievales del teatro, cuando éste era sobre todo un juego de saltimbanquis, malabaristas y bailarinas bastante cercanas a lo obsceno. Digamos, cuatro siglos antes de Calderón. Y sobre esta base, que se conecta con las tendencias corporales del teatro de grupo de los setenta-ochenta, es donde construye el montaje tratando de vincular en arco lo muy antiguo con lo muy moderno. Es válido como experiencia dentro de un taller que se replantea qué manejo formal pueden hoy tener los clásicos. Pero no siempre a una intención correcta le corresponde una respuesta efectiva: lo que vemos no nos resulta nada interesante. Se ha sustituido la actuación por la acrobacia, pero sólo a medias tintas y a niveles estudiantiles, y no siempre hay una justificación para una estética de este tipo que en definitiva se ve pobre, reiterativa, con recursos manidos y baja en creatividad en cualquiera de sus áreas, con apenas alguna que otra imagen atractiva salpicando el trabajo.

Los actores-acróbatas se hallan como entrampados en esto, tratando de manejar un texto naturalmente muy difícil en situaciones bastante desfavorables en medio de la hostilidad de los objetos, el vestuario y aún el espacio propuesto. Una lucha desigual que los vence a pesar de su esfuerzo.

Un espectáculo malogrado, válido tan sólo en el protegido espacio de un aula y como material de análisis y discusión... lejos del público normal.