FICHA TÉCNICA



Título obra El hijo de Sushi

Autoría Armando Saldaña

Dirección Marta Luna

Elenco Luis Cárdenas, Rafael Cortés, Carlos Cobos, Jesús Nieves

Escenografía Yuriria Almaza

Notas de escenografía Alejandro Luna / asesoria

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Humor san para conciencias vivas”, en Tiempo Libre, núm. 770, 9 febrero 1995, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Humor san para conciencias vivas

Bruno Bert

Es natural que un año que comienza como el nuestro, pleno de conflictos socioeconómicos con su consiguiente inestabilidad, genere espectáculos que echen mano a la burla y la ironía a fin de hacer soportable lo indigesto de los tiempos. Dentro de esta línea, acaba de estrenarse en el Foro Shakespeare un trabajo de teatro-cabaret con el sugestivo nombre de El hijo de sushi. La obra pertenece a Armando Saldaña y está dirigida por Marta Luna, una directora especialmente hábil para este tipo de propuestas escénicas.

La anécdota de sostén nos muestra, aquí en México, a El hijo de Buda, un cabaret en quiebra, con su presentador, su rumbera y su padrote incluido, que acaba siendo vendido —él también como si fuera otra paraestatal— a los japoneses. Un representante de los nuevos dueños y su guardaespaldas se instalan en el espacio a fin de iniciar a los antiguos integrantes —ahora sus empleados— en la nueva dinámica del negocio. Lo primero que hacen es cambiar el nombre del establecimiento, que toma el que da título a la obra. Lo transparente de la analogía con un país en bancarrota vendido al mejor postor, y lo mexicano del humor que campea en la reacción de los sometidos a los mandatos del nuevo patrón, con sus ridículos planteos de trasplante o adecuación cultural, provocan un nivel sostenido de participación con el público.

Armando Saldaña, su autor, pareciera no preferir un único estilo para el abordaje del trabajo. Así, por momentos la ligereza aguda del cabaret o el chiste ramplón de la carpa (que tampoco falta), se espesa hacia obviedades en explicitaciones de tipo político-social, o se empantana un poco en forcejeos verbales en escenas entre dos personajes. Esto entorpece un tanto la fluidez de situaciones y textos aunque, afortunadamente, no es lo que prevalece…

De todas maneras, se trata de una obra a la altura de nuestras devaluaciones y la directora ha sabido aprovecharla. Su trabajo, lejos de intentar parangonarse con producciones americanas o europeas en su brillo y dinámica —que supongo puede ser una de las tentaciones del director de teatro-cabaret— se inserta más plenamente en nuestras propias tradiciones al respecto. Así, no sólo logra una mayor cercanía con la sensibilidad del público, sino que también otorga a todo el espectáculo una coloratura de refuerzo a una identidad, la mexicana, que la temática misma del trabajo pone en cuestionamiento a través de las "aportaciones" extranjeras que intentan "solucionar" nuestra crisis.

La escenografía, como casi siempre en estos casos, es prácticamente una excusa —no muy brillante en esta oportunidad— para la acción de los actores y la generación de un espacio contenedor de todos los participantes. Esta realizada por Yuriria Almaza bajo asesoría de Alejandro Luna (indudablemente hemos visto cosas mejores de este excelente creador), que también se ocupó de la iluminación.

En lo que hace a los intérpretes, hallamos a Luis Cárdenas como el presentador, en un trabajo ligero y con simpatía; a Violeta Vargas ocupando el único puesto femenino con un histrionismo que de inmediato se gana al público y una voz que hace desear que su presencia ocupe mayor tiempo en escenario. Rafael Cortés dibuja al pachuco mexicano en un trabajo mucho más atractivo que los últimos que le he visto, mientras que Carlos Cobos centraliza el espectáculo en el rol del japonés comprador. Su comicidad y lo sostenido de su ritmo da mucha consistencia a esa contraparte "invasora", en donde campean simultáneamente el rechazo y la capacidad para golpear allí donde la nacionalidad duele. Completa el elenco Jesús Nieves como Bodoque San, el guardaespaldas del anterior, construido con ingenuidad pero realmente con mucha eficacia. Es decir que se trata de un elenco bastante homogéneo que sabe usar cierta aspereza de la actuación y una consciente bastedad del texto, como una base estilística relacionada a la picaresca mexicana de raigambre netamente popular.

El hijo de Sushi se inserta en ese tipo de diversión que mantiene viva la conciencia de nuestros problemas. Un humor sin evasión muy adecuado a este 95 que comienza.