FICHA TÉCNICA



Título obra El concilio de amor

Autoría Oskar Panizza

Dirección Jesusa Rodríguez

Elenco Jesusa Rodríguez, Diego Jáuregui, Tito Vasconcelos, Adriana Olivera, Liliana Felipe, Claudia Lobo

Iluminación Claudia Lobo

Espacios teatrales Teatro La Capilla

Referencia Bruno Bert, “Virulencia ligera”, en Tiempo Libre, núm. 769, 2 febrero 1995, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Virulencia ligera

Bruno Bert

En México, El concilio del amor fue conocido a través de la versión que estrenara Jesusa en el '87, rodeada justamente por un hálito de escándalo, sobre todo por blasfemia, que grupos como pro-vida generaran en esos momentos alrededor de algunas manifestaciones artísticas entre las que entraba esta puesta. Eso no hacía más que evocar, aunque tenuemente, los terribles conflictos de censura, persecución y cárcel que viviera su autor, Oskar Panizza (1853-1921), hace ya un siglo por su producción artística, entre la que el Concilio destaca como la obra más importante.

Lo que entonces vimos fue una adecuación del tema en un espacio pequeño, un presupuesto reducido y unos pocos actores, ya que el original se maneja con un despliegue operístico que implica a docenas de participantes, en un espectáculo seguramente de varias horas, con una desmesura que hace de él una especie de negativo de una ópera wagneriana. Unos fastos del infierno dignos de Ghelderode.

En la versión que hoy se presenta en La Capilla, Jesusa recurre a una readaptación de su primer trabajo, por lo que podríamos hablar no sólo de una versión libérrima del material de Panizza (respetando siempre su intención primaria), sino incluso más bien de una nueva obra basada en aquel Concilio del amor del autor alemán llamado por sus admiradores el "más insolente y atrevido, el más ingenioso y el más revolucionario profeta de su tierra".

El tema, como seguramente muchos recordarán, es un Concilio convocado por un Dios senil y procaz, en un cielo que más bien parece un burdel decadente, con el fin de encontrar la mejor manera de castigar a los hombres que continúan -irredentos- pecando a más y mejor. Pero a una corte papal depravada y disoluta (la celebérrima de Alejandro VI, Borgia, pintada al estilo de un Apollinaire enloquecido), que en la tierra representa el cenit del escarnio y el pecado; Panizza nos contrapone una corte celestial donde el creador está absolutamente gagá; Cristo es un tísico inmaduro con represiones sexuales, la virgen María se comporta como una dominante intrascendente y vanidosa; y los ángeles y arcángeles nadan en el morbo y la indolencia. Sólo el Diablo -hundido en el infierno y probablemente voz de Panizza- es un personaje pensante y rescatable. Naturalmente es a él -también convidado a subir al Cielo debido al Concilio- a quien los atribulados celestiales encomiendan crear un castigo ejemplar, capaz de golpear al hombre justo en el centro de su pecado, es decir, en su sexo. Esto sin alterar sin embargo su capacidad de redención a fin de seguir justificando la existencia de Dios. De aquí nace la sífilis, "castigo divino" que hoy podría sustituirse por el sida como una forma de actualización temática.

Ni qué decir que Jesusa no sólo dirige el trabajo sino que también actúa el papel del Diablo. La Capilla como espacio escénico se presta hasta por su nombre y aún más por las adecuaciones que se le han hecho, por lo que todo concurre para un espectáculo mordaz, esencialmente ligero y, sobre todo, con una fuerte cuota de irreverencia que la adaptación se encarga de acentuar. El resultado global es atractivo y visualmente más austero que la primera versión, entre barroca y kitsch, afín a la estética de otras producciones similares de Jesusa.

Entre los actores encontramos a Tito Vasconcelos, con una Salomé cargada de humor erótico, y la imagen de Gloria Swanson que tal vez ya le viéramos en otras oportunidades. Prima donna que por naturaleza, aquí se integra con disciplina al equipo, aunque no es su fuerte ningún trabajo de segundo plano. Adriana Olivera, asumiendo un Dios mucho más aniñado (por momentos de obra infantil) y menos perverso que el planteado por Panizza, ágil pero un poco disparado del contexto; Liliana Felipe, como un arcángel paracaidista, discreta como actriz pero siempre interesante cuando canta; Claudia Lobo con una María que lee Corín Tellado con una fuerte conciencia de clase, y Diego Jáuregui en el Jesús raquítico y acomplejado, simpático, pero que no compite con las figuras femeninas, decididamente privilegiadas en la puesta.

Un conjunto en definitiva atractivo, que la mano de la dirección equilibra en escena y contrapone a ese Diablo naturalmente protagónico, pero un poco más lento que el que nos entregara en el Foro Shakespeare. Tal vez Panizza tuvo más pretensiones de hacernos pensar y Jesusa se atiene más a entretenernos con ligereza aunque sin tontería. En definitiva sabe perfectamente que se dirige a un público cómplice, aburrido de discursos explícitos sobre temas archiconocidos. Cumple su cometido y la gente no deja vacías las butacas de La Capilla. Oremus entonces.