FICHA TÉCNICA



Notas El autor comenta fragmentos de L'heure exacte ou nul n'echappe à son destin de Gerard d’Houville como proverbio teatral

Referencia Armando de Maria y Campos, “Los proverbios en el teatro. De Alfredo de Musset a Alejandro Casona”, en Novedades, 4 septiembre 1949.




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Columna El Teatro

Los proverbios en el teatro. De Alfredo de Musset a Alejandro Casona

Armando de Maria y Campos

Es extraordinario el entusiasmo que siempre han despertado los proverbios dramáticos, desde Alfredo de Musset hasta Alejandro Casona, pasando por los deliciosos de Gerard d'Houville. Para mi gusto, los de Casona en Prohibido suicidarse en primavera y en Los árboles mueren de pie, no tienen rival, tan hondos y tan alejados a la vez.

Las ciento y pico de representaciones que la compañía de Cipriano Rivas Cherif lleva dadas de la preciosa comedia –proverbial– Los árboles mueren de pie, con la eminente Prudencia Grifell a la cabeza– han hecho tan populares los proverbios de Casona, que su propia difusión me releva de un comentario más. Es una obra deliciosa, perfecta, y muy original, no importa que se parezca en su idea general a muchas, como se parecen las rosas, las nubes o las olas. Todas las rosas son distintas y ninguna diferente; todas las nubes se parecen entre sí.

En efecto, en una bella comedia de Evreinoff, La comedia de la felicidad, cierto bienhechor de la Humanidad forma una compañía de artistas que manda a la vida para representar los diferentes papeles que les ha asignado. Van a una casa de huéspedes, donde el séquito de penas y amarguras de la existencia cotidiana había creado una atmósfera empapada de nerviosidad, en la que crímenes y suicidios no causarían extrañeza a nadie. Los actores, improvisando, debían proporcionar a cada uno, no solamente un alivio, sino también una nueva razón de su vida, nuevas esperanzas, etcétera.

La comedia de Casona es distinta, y tal vez Casona desconozca la de Evreinoff. Si así no fuera, lo que importa y vale en la pieza de Casona es lo suyo propio, y no lo que pasa, sino cómo pasa el suceso. Casona está encariñado con este tema hace muchos años, y Los árboles mueren de pie es hija legítima de otra gran comedia del propio autor, Prohibido suicidarse en primavera, que se desarrolla en un sanatorio en el que aparentemente se cultiva el suicidio como una de las bellas artes, pero que en realidad es una casa para recuperar la salud del alma, y que ésta no se escape del almario que anima.

De Los árboles mueren de pie me cautiva el proverbio del amor en el teatro. Cada comediante, cada autor y cada crítico tienen su personal criterio acerca de esta vieja cuestión de estética histriónica: ¿Debe el actor entregarse con todo su ser físico y todas las potencias de su alma al tipo que interpreta, hasta confundirse con él, o debe, por el contrario, mantener la neutralidad de su personalidad inalienable, consciente en cada caso de que realiza una ficción? En otros términos, ¿debe ser subjetivo u objetivo el arte de interpretar comedias? Recuerde el lector los proverbios de Casona en Los árboles mueren de pie, y el resultado de una ficción de amor bien llevada.

El público gusta del proverbio teatral, a lo Musset, a lo Casona, y a lo Gerard d'Houville, magnífico autor cuyos proverbios dramáticos debían ser más conocidos y difundidos en español. Yo recomendaría a tanto grupo experimental que anda en busca de piezas cortas, fáciles, bellas y accesibles, el bellísimo proverbio dramático de Gerard d'Houville L'heure exacte ou nul n'echappe à son destin.

¿La hora exacta?... "Una calle de junio; luna que va a apagarse; una dulce obscuridad. La ventana enrejada de un piso bajo está abierta y muy iluminada. Brilla, en el calor nocturno, cual un astro anaranjado. Silencio. Un hombre pasa, soñando, por la acera; va vestido de etiqueta. Curioso, se detiene para contemplar la ventana iluminada. Luego se acerca para observar el interior".

Ese "interior" es el escenario del drama. Los personajes, como corresponde a una obra proverbial, se llaman Él y Ella. El se da cuenta de que sobre la mesa de la estancia hay una botella de licor, un paquete de fotografías y un revólver. –¿De quién será todo eso?, se pregunta. Como para contestarle, una exquisita rubia, vestida con rico pijama, aparece en ese minuto preciso:

Él.–Buenas noches. ¿Espera usted a alguien?

Ella.–Sí.

Él.–¿Va a venir enseguida?

Ella.– No; no vendrá antes de las cinco.

Él.–Me alegro, porque tengo que darle a usted un recado. Un recado importante.

Ella.–¿Un poco de esperanza? ¿Para qué? Todo es ya inútil.

Y después de una pausa.

Ella.–Pero entre usted. Por la puerta, claro está.

Ese lenguaje, ese rostro, esas fotografías, ese revólver... Aunque nuestro héroe no fuese muy sutil, tendría que adivinar que se trata de desesperada, que espera a un ingrato amante para matarse o para matarlo. Nuestro Él reflexiona. ¿Matar a otro? No. No es posible. No tiene cara de eso la linda desconocida. Así, pues... Y en su mente surge el gentil proyecto de salvarla.

Ella.–Siéntese usted. ¿Una copa? ¿Un cigarrillo?

Él.–Gracias.

Se sienta. Él, bebe un poco de whisky. Luego enciende un pitillo caro, porque hay que ser fino, minucioso hasta en los momentos más patéticos, pero por más que Él se empeña en sondear las intenciones de su amiga nunca vista antes, ella no se expresa en un principio sino por medio de enigmas. ¿Es posible que una dama tan hermosa y tan ricamente ataviada le dé tal valor a los caprichos del amor que piense, por ellos, en abandonar su confortable vivienda, en la que vive de una manera admirable, por el hueco frío y húmedo de un cementerio? Su cita de las cinco de la mañana tiene, por fuerza, que ser una cita de las cinco. Y la muerte es una cosa horrible, la muerte es una cosa helada, la muerte es una cosa implacable. Puesto que la providencia lo ha hecho pasar por allí, él quiere darle su recado, que es un encargo que para ella le han comunicado la Vida, la Juventud, la Esperanza.

Ella.–¿Eso es todo lo que tenía usted que decirme? Pues ahora márchese usted.

Claro que él no se marcha. Si se marchara ya no había proverbio. Es necesario esperar la hora exacta. Es indispensable aguzar el ingenio para mezclar de una manera aristocrática lo frívolo y lo trágico, lo impertinente y lo emocionado. Ella es la que comienza llamando a su entrometido protector idiota, animal, importuno, ridículo y mil lindezas más, El, en su paciencia de apóstol, se contenta con sonreír. ¿Animal? Sí; animal bueno, en todo caso animal que quiere salvarla del abismo en que va a precipitarse, animal franciscano. Y, si ella le pregunta por qué razones se interesa de ese modo o por quién no le ha dicho ni su nombre, le contesta que es por ternura. Una mujer tan bella, y que debe saber amar tan apasionadamente, le parece un ser digno de que el mundo entero lo cuide. ¿Por qué sólo ella no se estima en lo que vale? Entonces, de pronto, sin poder contenerse, ella le refiere toda la historia de su martirio. Ella pertenece a la más alta sociedad. Ella vivía feliz en compañía de un esposo ilustre, que la adoraba y se desvivía en satisfacer todos sus deseos y caprichos. Mas, ¡ay!, un día, un día entre todos los días, penetró en su vida, en su alma, en su sangre, la mirada de otro hombre. ¿Joven? Sí, como todo el mundo. ¿Guapo? No más que su esposo. Y por ese seductor ella abandonó su hogar, sin saber que, al cabo de poco tiempo, también había de estar abandonada. Y, desde que está sola, su vida es peor que la muerte, con la cual tiene una cita a las cinco efectivamente.

Ella.–Ahora ya no poseo nada, ya no soy nada.

Él.–Qué importa.

Y, de buena fe dejándose arrastrar por su emoción le ofrece una nueva vida, a su lado, en medio de las riquezas y de los placeres de que dispone. No le pide amor. No le pide nada. Lo único que le pide es que le acompañe por todas partes, que le permita curarle el espíritu, que lo tome como profesor de alegría.

Ella.–Usted me conmueve ¡Cuánta bondad! Casi, casi... En todo caso, ¿usted me asegura que no me exigirá que lo ame?

Él.–No. Yo sé que usted no puede amarme.

Ella.–Quién sabe...

Él.–Marchémonos, pues. La hora fatal se aproxima.

"En el instante en que él se levanta para ir a ponerse el abrigo, él quiere darle un beso. Ella resiste. Él se empeña. Ella grita, pidiendo socorro. Él, enloquecido, le aprieta la garganta, hasta que ella cae, exánime, sobre la alfombra. El reloj de la chimenea da las cinco... Es la hora exacta, o nadie escapa a su destino..." Y por eso es un proverbio.

Así, la pareja de enamorados de Los árboles mueren de pie. Ella, una decepcionada de la vida; Él, un hombre que quiere devolver la felicidad, la vida, a seres que la han perdido. Para eso dirige el Sanatorio de Almas fundado por el doctor Ariel, aquel gran benefactor que diez años antes había fundado un extraño Club de Suicidas, cuyos raros estatutos sólo exigían que nadie osara suicidarse en primavera; "prohibido suicidarse en primavera". El destino de Ella no era morir cuando lo intentaba; por eso Él había de pasar frente a su ventana iluminada, invitarla a trabajar bajo sus órdenes, y, dentro, del trabajo, sin dejarse llevar por su corazón, fingiendo, fingiendo amor, hallar el único, el verdadero amor, que impone el deseo de vivir y que es la única razón de vivir.