FICHA TÉCNICA



Título obra El vampiro de Londres

Autoría Silvia Peláez

Dirección Eduardo Ruiz Saviñón

Elenco José García

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Vampiro al sol”, en Tiempo Libre, núm. 768, 26 enero 1995, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Vampiro al sol

Bruno Bert

Eduardo Ruiz Saviñón es un director de teatro de producción mesurada y peculiares hábitos artísticos. Se trata de uno de los pocos artistas en nuestro medio al que le encanta el Grand Guignol, con su truculencia explícita; la novela gótica y el tratamiento de personajes con fuertes alteraciones psíquicas, en el manejo tanto de una temática como de una estética cercana al expresionismo y casi siempre colindante con lo kitsch. Ahora, coherente a su historial, ha llevado a escena en el teatro Galeón (se trata de la reposición de un tardío estreno decembrino) El vampiro de Londres, un monólogo de Silvia Peláez, una dramaturga de nuevo cuño.

La anécdota naturalmente transcurre en Inglaterra y toma a un asesino demente que ha sido condenado a la horca y se halla en la transición de su última noche. Al parecer una de sus debilidades es beber la sangre de las víctimas, aunque con la imagen de los vampiros tradicionales que nos ha regalado el cine no tiene más vinculación que ésta, e incluso se burla de las figuras clásicas de afilados dientes y oscuras capas. En largos párrafos rememora el nacimiento de su "debilidad", la lista y circunstancias de cada uno de sus variados asesinatos, y el placer inefable que le depara esta actividad que lo hace señaladamente distinto al conjunto de los humanos.

A decir verdad no entiendo muy bien la intención de la escritora con este texto, aunque más bien parece un mero divertimento en concordancia a cintas como Entrevista con el vampiro. Pero claro que esta película, a pesar de no tener demasiado interés, se permite una variedad de imágenes, ambientes, acciones, vestuarios etcétera que naturalmente el teatro —y menos en un monólogo— está lejos de poder aportar al ámbito del disfrute así sea puramente visual. Y además su punto fuerte se encuentra en el erotismo, al que se le incorpora la homosexualidad (elemento también presente en El vampiro de Londres) y el ambiguo gusto por los niños. Es decir que se vuelve transgresiva dentro del mismo género, con una pizca de provocación a la moran tradicional, que sin embargo gusta de él sin entrar en análisis de ningún tipo, ni aun sobre las más obvias referencias analógicas.

Entiendo que en el espectáculo del Galeón, aparentemente existe poca cercanía con la película que comento, pero trato de aferrarme a otro producto exclusivamente de entretenimiento y sobre tema similar, para esclarecer por qué la obra de teatro de la que hablamos se deshace a nuestra vista en su devenir, como vampiro al sol, hasta finalmente quedar reducida a nada.

Ocurre que no contiene pretensiones de reflexión filosófica (como el Drácula de Herzog, por ejemplo); ni implica una especial búsqueda estética o de lenguaje narrativo (como sería el caso del famoso Nosferatu); ni se regodea en el barroquismo in moralista de la que mencionamos primero... Y si a esto le agregamos la inexistencia de cualquier tipo de suspenso, lo que nos queda es más bien un producto que no decidió totalmente su intencionalidad para poder llevarla luego a ese off limit tan gustado por Eduardo Ruiz Saviñón. Hay tres o cuatro imágenes logradas a partir de una iluminación grandilocuente del mismo director, y algunos textos sueltos que presentan cierto interés. Pero nada orgánico, coherente y continuado. Y esto sí, ni en la autoría ni en la conducción de puesta.

Silvia Peláez intenta por momentos establecer una estructura más potente, pero son apenas esbozos que no logra plasmar. Aunque nos dejan entrever a una escritora con posibilidades que aquí no se han desarrollado. Y el director, más bien parece recordarse a sí mismo, en obras anteriores, donde los climas conducían el material en abierto desafío a la sensibilidad del público (re- cuerdo por ejemplo aquella navaja sobre el cuello bellísimo de la actriz desnuda en El trino del diablo).

En lo que hace a la actuación, tenemos a José García como el vampiro. La imagen lograda está muy por debajo de esa impresionante frialdad profesional que parece exhibir, y de esa amoralidad que supuestamente lo pone fuera de nuestro nivel de juicio. No hay material suficiente para crear al súper-hombre ni para intentar el lado contrario, que sería la locura. Pero en una desmesura capaz de darle al mismo tiempo toda la grandeza y toda la soledad que el rechazo y el extrañamiento de los semejantes podría provocar. Sólo vemos estridencias y un amaneramiento que más bien empequeñece al personaje de por sí con problemas heredados de la autoría. Hay carencia de una definición estilística, más distanciadora del naturalismo.

No es necesario abundar más para advertir que El vampiro de Londres no se sostiene como espectáculo. Una pena, ya que en lo personal suelo gustar de las propuestas de Saviñón.