FICHA TÉCNICA



Título obra Las noches fiadas

Autoría Jordán Estevan

Dirección Silvestre Cárdenas

Elenco Ricardo Victoria, Jorge Robles

Espacios teatrales Teatro Isabelino del Centro Cultural Tecolote

Referencia Bruno Bert, “Enfermedad en tinieblas”, en Tiempo Libre, núm. 767, 19 enero 1995, p. 37.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Enfermedad en tinieblas

Bruno Bert

En el Foro Isabelino — renovado en su presentación y con voluntad de generar una nueva imagen— se está presentando, ya desde fines de la temporada pasada, una obra de Jordán Estevan que tiene por nombre Las noches fiadas, y se halla bajo la dirección de Silvestre Cárdenas.

El tema es la homosexualidad y el ambiente elegido para su análisis el de un pequeño grupo del tipo chavos-banda, en una colonia no mencionada pero seguramente popular, en donde la cultura del medio propicia un culto al machismo y un profundo aunque ambiguo desprecio a todo lo que tenga que ver con los "maricones", a los que es válido "tirarse" aunque sólo por cuestiones económicas, bajo la excusa de la borrachera y desde una postura distanciada y activa.

Como propuesta resulta interesante justamente porque parece escapar del campo de acción pequeño burgués y clase mediero, que es donde habitualmente más se inserta para su visión a esta problemática. Sin embargo, las intenciones trastabillan a la hora de concretarse dramatúrgicamente. El marco referencial en el que se mueven, aunque breve y un tanto esquemático, parece bien construido, así como el lenguaje coloquial que vincula a los personajes (tal vez lo más fluido y auténtico del material); e incluso la diferenciación de posturas que los caracteriza.

Lo que aparece de inmediato como débil y forzado es el manejo de lo que podríamos llamar "caracteres positivos". Es decir, la pintura de aquellos aspectos que el autor ha considerado como parte de la "tesis" en favor de la dignificación de la homosexualidad. Así, el personaje de Pancho se vuelve absolutamente inverosímil porque realiza en una noche una evolución de actitud y pensamiento que difícilmente lograría en la realidad (suponiendo que le interesara proponérselo, ya que nada lo conduce a eso) a través de un periodo muy largo de tiempo y en un contexto sensiblemente diferente. Lo que allí se formula es la expresión de deseo del autor, que vuelve a la pareja homosexual en un remedo de pareja heterosexual en un marco idílico de valores clase medieros (casita-"esposa" suegra-empleo). Es decir, que para rescatar a la homosexualidad, la re-en clasa en lugar de formular respuestas novedosas en el ambiente de diversidad que primero eligió para su obra.

Otro momento de corte similar es cuando los dos chichifos son violados por el homosexual que les paga, en medio de una tirada seudo psicologista sobre el comportamiento de su padre, al que simbólicamente veja ahora en ellos.

En estos —y en casi todos los casos— Jordán Estevan, el autor, asume la homosexualidad como una enfermedad mental, como una situación forzosa generada por una vivencia traumática de la pubertad, nunca como una libre opción afectiva y sexual.

Por lo tanto lo que muestra en la obra son las distintas alternativas posibles frente a una raíz similar: el aceptarlo tomando como modelo paradigmático a la pareja burguesa heterosexual (Pancho-Taquio); el no poder tolerar la pulsión homosexual con tendencias al suicidio (el Bolas); el asumirla desde la amoralidad y el vale madrismo (el Huesos); el extrovertir la enfermedad como forma combinada de desafío y culpa (los travestis); el llevarla como una carga degradante oscilando entre la culpa y la venganza (el Hombre)... etcétera, pivoteando la visión global no desde la perspectiva del entorno cultural de los personajes mostrados, sino desde la posición intelectual de un autor todo poderoso al estilo de la novela realista decimonónica. Vale decir, un abordaje que intenta la originalidad pero —al menos a mi gusto— se enreda en los presupuestos intelectuales del propio dramaturgo pasando mensaje al público. Esto es lo que lo hace caer en tiradas explicativas, monólogos forzados y situaciones inverosímiles.

Silvestre Cárdenas en la dirección obviamente no puede resolver esto que es un problema estructural, pero donde "peca" es en el manejo de actores, ya que es el rubro evidentemente más flaco. Es llamativa la dificultad de los mismos llegando en algunos casos a extremos casi caricaturales. En realidad, Ricardo Victoria —que encarna el rol protagónico de El Huesos— es quien se maneja con una cierta fluidez (aunque carente de matices), mientras los demás —quien más quien menos— presentan fallas formativas muy notorias. Digamos, a favor de ellos, que desarrollan mucha energía en su tarea, y si bien ésta no basta para su objetivo, al menos los muestra comprometidos en su hacer, y da un ritmo más o menos sostenido al trabajo.

Tomadas como conjunto, Las noches fiadas se muestran polémicas en cuanto a conceptualización y pobres en tanto producto escénico, pero representan en definitiva otra visión sobre el tan debatido tema de la sexualidad.

En el Foro Isabelino — renovado en su presentación y con voluntad de generar una nueva imagen— se está presentando, ya desde fines de la temporada pasada, una obra de Jordán Estevan que tiene por nombre Las noches fiadas, y se halla bajo la dirección de Silvestre Cárdenas.

El tema es la homosexualidad y el ambiente elegido para su análisis el de un pequeño grupo del tipo chavos-banda, en una colonia no mencionada pero seguramente popular, en donde la cultura del medio propicia un culto al machismo y un profundo aunque ambiguo desprecio a todo lo que tenga que ver con los "maricones", a los que es válido "tirarse" aunque sólo por cuestiones económicas, bajo la excusa de la borrachera y desde una postura distanciada y activa.

Como propuesta resulta interesante justamente porque parece escapar del campo de acción pequeño burgués y clase mediero, que es donde habitualmente más se inserta para su visión a esta problemática. Sin embargo, las intenciones trastabillan a la hora de concretarse dramatúrgicamente. El marco referencial en el que se mueven, aunque breve y un tanto esquemático, parece bien construido, así como el lenguaje coloquial que vincula a los personajes (tal vez lo más fluido y auténtico del material); e incluso la diferenciación de posturas que los caracteriza.

Lo que aparece de inmediato como débil y forzado es el manejo de lo que podríamos llamar "caracteres positivos". Es decir, la pintura de aquellos aspectos que el autor ha considerado como parte de la "tesis" en favor de la dignificación de la homosexualidad. Así, el personaje de Pancho se vuelve absolutamente inverosímil porque realiza en una noche una evolución de actitud y pensamiento que difícilmente lograría en la realidad (suponiendo que le interesara proponérselo, ya que nada lo conduce a eso) a través de un periodo muy largo de tiempo y en un contexto sensiblemente diferente. Lo que allí se formula es la expresión de deseo del autor, que vuelve a la pareja homosexual en un remedo de pareja heterosexual en un marco idílico de valores clase medieros (casita-"esposa" suegra-empleo). Es decir, que para rescatar a la homosexualidad, la re-en clasa en lugar de formular respuestas novedosas en el ambiente de diversidad que primero eligió para su obra.

Otro momento de corte similar es cuando los dos chichifos son violados por el homosexual que les paga, en medio de una tirada seudo psicologista sobre el comportamiento de su padre, al que simbólicamente veja ahora en ellos.

En estos —y en casi todos los casos— Jordán Estevan, el autor, asume la homosexualidad como una enfermedad mental, como una situación forzosa generada por una vivencia traumática de la pubertad, nunca como una libre opción afectiva y sexual.

Por lo tanto lo que muestra en la obra son las distintas alternativas posibles frente a una raíz similar: el aceptarlo tomando como modelo paradigmático a la pareja burguesa heterosexual (Pancho-Taquio); el no poder tolerar la pulsión homosexual con tendencias al suicidio (el Bolas); el asumirla desde la amoralidad y el vale madrismo (el Huesos); el extrovertir la enfermedad como forma combinada de desafío y culpa (los travestis); el llevarla como una carga degradante oscilando entre la culpa y la venganza (el Hombre)... etcétera, pivoteando la visión global no desde la perspectiva del entorno cultural de los personajes mostrados, sino desde la posición intelectual de un autor todo poderoso al estilo de la novela realista decimonónica. Vale decir, un abordaje que intenta la originalidad pero —al menos a mi gusto— se enreda en los presupuestos intelectuales del propio dramaturgo pasando mensaje al público. Esto es lo que lo hace caer en tiradas explicativas, monólogos forzados y situaciones inverosímiles.

Silvestre Cárdenas en la dirección obviamente no puede resolver esto que es un problema estructural, pero donde "peca" es en el manejo de actores, ya que es el rubro evidentemente más flaco. Es llamativa la dificultad de los mismos llegando en algunos casos a extremos casi caricaturales. En realidad, Ricardo Victoria —que encarna el rol protagónico de El Huesos— es quien se maneja con una cierta fluidez (aunque carente de matices), mientras los demás —quien más quien menos— presentan fallas formativas muy notorias. Digamos, a favor de ellos, que desarrollan mucha energía en su tarea, y si bien ésta no basta para su objetivo, al menos los muestra comprometidos en su hacer, y da un ritmo más o menos sostenido al trabajo.

Tomadas como conjunto, Las noches fiadas se muestran polémicas en cuanto a conceptualización y pobres en tanto producto escénico, pero representan en definitiva otra visión sobre el tan debatido tema de la sexualidad.