FICHA TÉCNICA



Notas El autor hace un balance crítico del teatro en 1994

Referencia Bruno Bert, “Recuento de un año de teatro, I”, en Tiempo Libre, núm. 763, 22 diciembre 1994, p. 25.




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Referencia Electrónica


Teatro

Recuento de un año de teatro / I

Bruno Bert

Siempre he sentido al teatro como un magnífico banquete ritual, por lo que los meses -para los que trabajamos en este oficio- se transforman en una incitación permanente a la fiesta, al espacio de transgresión y conocimiento. Claro que invariablemente se suceden las etapas y no todos los años son de vacas gordas. En esta temporada que termina, los escenarios nos han ofrecido un magro alimento, síntoma de crisis y transición.

Juguemos a la memoria y al olvido, tratando de encontrar en un par de notas que pueden rescatarse, al menos para la historia del teatro reciente, ya que de entrada podemos decir que en el '94 no se ha dado nada que merezca perpetuarse con una perspectiva de mayor proyección. Hay para documentar, no tanto como para celebrar. Tres o cuatro obras emergen levemente de la medianía, dejándonos un buen resabio en la mirada. Una es de carácter espectacular, con abundante elenco y un autor que en su momento vivió e hizo vivir al teatro como esa fiesta que antes mencionábamos, plena de transgresión y riesgo. Me refiero claro a la Salomé de Oscar Wilde, que pudiéramos apreciar en la Casa de la Paz bajo la dirección de Marta Verduzco. Aquí se dio un afortunado debut de dirección y la confluencia de un sólido elenco. Sobre todo en lo que hace a Lorena Glinz —otra debutante muy acertada— y Claudio Obregón. Podemos sumarle la escenografía de Arturo Nava y nos hallamos frente a un trabajo que mereció la atención del público. Y con mucha validez, ya que no es fácil volver asequible e interesante para el espectador contemporáneo aquellos farragosos textos que ya hace un siglo fueran escritos pensando en Sara Berhnart.

Otro montaje -esta vez absolutamente de cámara- que reclamó nuestra atención fue Oleanna de David Mamet. Se trata de un texto capaz, simultáneamente, de interesar por su planteamiento ideológico y de atrapar a nivel de trama. Un teatro absolutamente basado en la palabra que lona Weissberg -su directora- sabe engarzar en el espacio mínimo de un cubículo (efectivamente diseñado por Carlos Trejo) y volverlo un manejo de matices entre actores. A este nivel, la labor de los dos únicos intérpretes -Enrique Singer y Mónica Dionne- resulta fundamental para conducirnos por el laberinto de develaciones en donde por momentos hallamos que aquellos discursos que nuestra generación adoptó como vanguardistas en el campo de la educación, bien pueden servir para perpetuar las estructuras de poder.

El tercer montaje que me parece destacado es Carta al artista adolescente, esa adaptación de la obra de J. Joyce que realizara Luis Mario Moncada con la dirección de Martín Acosta. Otra vez se da la conjugación de un texto muy provocador, pleno de vitalidad con una puesta creativa que en este caso, incluso intenta una definición de estilo, el aferramiento de una identidad creativa que va proponiéndonos a Acosta como un interesante ejemplo de la nueva generación de creadores. La unidad entre la experimentación de lenguaje que caracteriza a Joyce y su correspondiente teatral bocetado por el director, otorga una particular solidez al trabajo. La labor de los tres intérpretes -Alejandro Reyes, Mario Oliver y Arturo Reyes- está punteada por una acertada combinación de ingenuidad, impulso y precisión. El humor y la reflexión sobre la infancia como una evocación nostálgica, vuelve entrañable el material y lo conecta espontáneamente con el público. Un material pleno, pero sobre todo anunciador de los potenciales creativos de quienes lo han realizado.

En el plano de los trabajos internacionales que nos visitaron, debemos mencionar dos obras que en este caso no son de autor, sino creación de los directores y su equipo. Se trata de Kaosmos del Odin Teatro, con Eugenio Barba como director; y El Bosque de Carbone 14, con Gilles Maheu en la conducción, nombres ambos de gran reconocimiento. En el primer caso nos hallamos ante una obra que marca el 30 aniversario de la vida de uno de los grupos más importantes de este siglo. Un cumpleaños sumamente excepcional que nos entrega a un Odin vivo y con la capacidad de reflexionar en acto sobre la vejez, la muerte y las nuevas generaciones teatrales. Un trabajo que se innova desde el interior de una profunda identidad conceptual y formal.

En cuanto a El Bosque, nos hallamos en el otro extremo del espectro, con la intención de una reflexión similar, pero a partir de los aspectos fronterizos que puede tener el teatro. Una llamada al cine, a la plástica, a la danza... al silencio vuelto imagen. Un genuino producto para este fin de siglo. Pero detengámonos aquí para continuar la semana que viene.