FICHA TÉCNICA



Título obra El 75°

Autoría Israel Horovitz

Dirección Luis de Tavira

Elenco Brígida Alexander, Ignacio Retes

Escenografía José de Santiago

Iluminación José de Santiago

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Bruno Bert, “Vivir hasta el final”, en Tiempo Libre, núm. 760, 1 diciembre 1994, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Vivir hasta el final

Bruno Bert

Como en los tiempos del CET, Luis de Tavira dirige a Brígida Alexander. Esta vez junto con Ignacio Retes y sin grandes elencos, como los únicos dos actores de El 75°, una obra de Israel Horovitz que se presenta en el foro del CUT.

La trama es sencilla: El título hace referencia al aniversario que cumple determinada generación de su egreso de la secundaria o preparatoria en una región de Estados Unidos, Massachusetts, si mal no recuerdo. Naturalmente, los 81 integrantes originales han sido diezmados por la muerte y el olvido en un lapso que abarca prácticamente nuestro siglo; y los que se presentan a la celebración de este setenta y cinco aniversario son apenas dos ancianos de más de noventa años: un hombre y una mujer, que para peor ni siquiera se recuerdan entre sí por más esfuerzos que realizan para aguzar sus ya no muy firmes memorias.

Los dos están sanos, podríamos decir "enteros"; se valen por sí mismos, son viudos y no tienen hijos. Sobre estas coincidencias y a la luz de una tarde donde reconstruyen recuerdos que apenas si terminan de compartir porque el olvido ha hecho estragos, nace entre ellos un afecto que es denuncia de una vida que continúa corriendo en sus débiles cuerpos y en sus mentes seguramente no tan ágiles como ambos desearían. Pero están vivos y desean estarlo por el tiempo que aún les quepa en suerte.

La obra de Horovitz no pretende más que esto: mostrar que se puede vivir (no sólo vegetar) hasta el final, si somos capaces de aligerarnos de tantos duelos como los que nos toca constantemente hacer. Dejar un espacio mental, emocional y físico para una natural apetencia por las cosas y por los seres que nos rodean: siempre hay tiempo mientras no haya sonado la última campanada. Claro que estas sencillas verdades —muy al gusto de cierta ética americana— son recibidas más fácilmente por el público cuando los intérpretes se acercan a la edad de los personajes. Y si bien ni Brígida Alexander ni Ignacio Retes llegan a tener los noventa y tantos de la anécdota, sí son lo suficientemente maduros como para prestarnos no sólo su indudable capacidad actoral, sino también ese elam que la edad otorga y el talento permite extender casi como un don natural.

De Tavira secunda esta intención a partir de un montaje sumamente austero, de trazo muy sencillo, inclusive con una tendencia a la circularidad que también es propia de los ancianos: no es mucho lo que se dice y siempre se vuelve al mismo punto "dar vueltas sobre lo mismo", diríamos en lenguaje cotidiano, aquí llevado a nivel de puesta casi literalmente.

José de Santiago, como escenógrafo, diseña una cafetería con unas pocas mesas y un balcón terraza sobre un lago. Y esto, en lugar de ocupar todo el espacio escénico, se recorta en su centro como un mundo aparte donde por unas horas regirán sólo las rememoraciones de los dos viejos flotando por sobre el mundo. La manipulación de este espacio para el transcurso del tiempo se da no sólo por la luz sino por un efecto externo, de una teatralidad abierta como la empleada en la narración de una fábula o una conseja; que completa la imagen de recurrencia que mencionábamos más arriba. Una puesta perfectamente coherente con la obra, y como ésta, desarrollada en un tono menor, discreto, casi modesto.

El trabajo de Brígida Alexander e Ignacio Retes es muy parejo, muy embonado dentro de las características que cada uno otorga a su respectivo personaje. Tal vez Retes está más atento en el construir, en el sostener y desarrollar a ese pequeño judío que al parecer ha hecho fortuna en el transcurso de los años, tiene un carácter bastante enojón y quiere seguir pagado de sí mismo a pesar de todo (de joven lo apodaban "Bombón" y él piensa que aún le va muy bien). Es un trabajo interesante en el que se ve la mano atenta no tanto del director como del actor mismo que, no olvidemos, es además un director de enorme experiencia que acaba de cumplir sus bodas de oro con el teatro. En el caso de Brígida, es como si se dejara fluir más libremente, como si abandonara esos controles constructivos. Es el texto y la dirección quienes acotan al personaje de Amy; la actriz, en cambio, se expande en él y ya no sabemos, desde platea, dónde termina la intérprete y dónde comienza el personaje. Y tal vez sea justamente eso lo que la hace más entrañable. Podríamos pensar que es un trabajo para nostálgicos y sentimentales, preferentemente egresados ya de la primera juventud. Pero en realidad creo que es un merecido homenaje a estos dos intérpretes que tanto han trabajado en y para el teatro de nuestro país. Vale acompañarlos.