FICHA TÉCNICA



Título obra La cabeza reducida de Pancho Villa

Autoría Luis Valdés

Dirección Margarita Esther González

Elenco Rafael Pimentel, Olivia Rosati, Anna Elia García, Jorge Corona, Rubén Velázquez, Juan Alonso

Espacios teatrales Teatro en Espiral

Referencia Bruno Bert, “Con sabor chicano, foto y radiografía cultural”, en Tiempo Libre, núm. 759, 24 noviembre 1994, p. 35.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Con sabor chicano, foto y radiografía cultural

Bruno Bert

Dos estrenos en uno: el de un espacio y el de una obra. En la Condesa, a pocas cuadras de la Compañía Shakespeare, se abre un foro para el teatro independiente de características alternativas. Se trata de Teatro en Espiral, que alberga en una misma casona dos pequeñas salas, una cafetería, un lugar de exposición y una librería. Evidentemente se trata de un parto que no peca de modesto y contiene la intención explícita de un rápido crecimiento dentro del panorama de espacios culturales de nuestro medio.

En ella y como estreno en México, acaban de llevar a escena La cabeza reducida de Pancho Villa, un texto con sabor chicano que acaba de cumplir treinta años. Aquí, el naturalismo que suelen tener las obras de ese origen se tiñe con un fuerte carácter fársico, creando, con rasgos de humor negro, una propuesta muy personal y poco complaciente en relación a la mexicanidad de los emigrados. Las acciones se desarrollan en el núcleo de una familia latina y toda la estructura narrativa se vuelve ejemplificadora sin intenciones de una verosímil cotidianidad. Allí cohabita una pareja: la madre, mujer de rebozo, hacedora infatigable de tortillas, que cocina frijoles por quintales y ha luchado en la Revolución seguramente como soldadera en las filas de Pancho Villa, brava y sometida a la vez; y el padre, un eterno desocupado, borracho, constante dormilón de siestas, siempre hambreado y de características mitómanas en cuanto al pasado y una Revolución que en realidad no conoció personalmente.

No es difícil ver en ellos el estereotipo del mexicano observado desde la óptica gringa. A estos se suman tres hijos: Lupita, que vive como ayudante-esclava de la madre y desea escapar de la miseria de ese ámbito, aunque la huida no sea más que una aventura .que termina en embarazo y reintegro al hogar, más dañada que antes. Joaquín, inteligente, apostador, muy macho, de pocas pulgas aunque muchos piojos y siempre jodido por las circunstancias. Y finalmente Mingo: el opuesto y complementario, que se siente americano y desea integrarse a la sociedad Anglo así sea explotando a los propios chicanos. Su mayor orgullo es haber pertenecido a los mariners y haber luchado en la guerra (¿Vietnam?).

A esta especie de caricatura familiar sólo le falta el tercer hijo como broche y guía de la pieza, puesto que es sólo una cabeza a la que la vergüenza familiar mantiene oculta. Es el hijo mayor, que come más que el grupo entero, ya no sólo las tortillas y frijoles de la madre, sino también las cucarachas que pululan en la vivienda, mientras genera millones de piojos que lo invaden todo. Estamos en realidad frente a la cabeza de Pancho Villa, es decir ante la historia mistificada que tanto puede ser germen de una renovación, como monstruo destructivo en una cultura fósil.

A partir de este núcleo se desarrollan los dos actos cargados de una estridencia dolorosa que en muchos momentos reenvían al mundo teatral de Hugo Arguelles, por ejemplo, con el que tiene cercanas colindancias: distintos derroteros con similares objetivos. La directora, Margarita Esther González, (de quien viéramos en la temporada pasada una versión de Informe para una academia, de Gogol) opta por una ambientación y vestuario casi costumbrista, que se contrapone a un sistema de actuación, manejo de voz y cuerpo, más cercano al expresionismo. Es decir, que intenta mostrarnos simultáneamente la foto y la radiografía cultural de los chicanos de los sesenta. En los treinta años pasados desde entonces algunos elementos han variado, pero la raíz generacional en la que se sustenta su realidad en definitiva es la misma que aquí podemos apreciar. Tal vez cabrían algunas vueltas de tuerca, algunos juegos de estilo en afinación del humor fársico imperante, que dieran al montaje, interesante de por sí, ese algo más, que es el comentario del director a partir de su habilidad constructiva.

Los actores -Rafael Pimentel, Olivia Rosati, Anna Elia García, Jorge Corona, Rubén Velázquez y Juan Alonso- forman un equipo variado en cuanto al manejo de técnicas, por lo que hay disimilitudes bastante evidentes en el abordaje de los personajes. Esto, por debajo de la concepción de construcción de cada uno. Podríamos decir que tienen "distintos esqueletos", lo que vuelve un tanto anárquica la concepción unitaria de manejo que los congrega. Sin embargo, y a pesar de estas diferencias que por momentos pueden ser dificultad, casi todos ellos resultan gratos para el espectador por la fuerte personalidad que manejan y el decidido lanzamiento del que hacen gala en escena.

En definitiva, La cabeza reducida de Pancho Villa, nos acerca al teatro chicano desde uno de sus autores más relevantes, en una visión dinámica y comprometida con un momento histórico que hace eco con éste de hoy, donde nuevamente las relaciones con nuestros vecinos se muestran sumamente críticas. Un trabajo sobre la identidad hecho con ironía, sin solemnidades pero de manera enérgica. Una buena forma de iniciar un espacio para el debate cultural. Ahora, la palabra será del público.