FICHA TÉCNICA



Notas Con motivo de la celebración del Año de Manuel Acuña el autor comenta sobre el hijo de Manuel Acuña dado a conocer después de su muerte por el poeta Julián Montiel

Referencia Armando de Maria y Campos, “En el centenario de Acuña. De quién fue el hijo del autor de El pasado. Los versos de Julián Montiel y el soneto de Manuel Acuña enviándole a Rosario una hoja de laurel de la corona que ciñó en el teatro Principal. IV”, en Novedades, 31 agosto 1949.




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Novedades

Columna El Teatro

En el centenario de Acuña. De quién fue el hijo del autor de El pasado. Los versos de Julián Montiel y el soneto de Manuel Acuña enviándole a Rosario una hoja de laurel de la corona que ciñó en el teatro Principal. IV.

Armando de Maria y Campos

Del "hijo de Acuña" hizo revelaciones ante el túmulo del suicida, el poeta Julián Montiel. Dijo ante la expectación de todos, y es curioso que de esta alusión no se haya vuelto a decir palabra más:

Si en tu carrera borrascosa y triste
es cierto que tuviste
un inocente, desgraciado niño,
¿qué hará sin tu cariño?
¿qué hará sin el sustento
que debiera llevarle tu talento?
Se morirá de angustia,
como la flor abandonada y mustia
que nace en el desierto
sin la sombra y amor del árbol muerto.

Yo no he venido a prodigarte flores,
que lleno está mi corazón de hastío;
yo te vengo a ofrecer, público sea,
por si se adopta mi amistosa idea
que tu niño infeliz sea hijo mío...

Que esta revelación de la paternidad ignorada de Acuña no era simple metáfora poética, lo demuestra el comentario que a la composición de Montiel le dedicó "Juvenal" en su "Charla de los Domingos" publicada en El Monitor el 14 de diciembre de 1873.

"Parece que Acuña, entre los azares de su vida íntima, tuvo una pasión, parece que... ¡quién sabe!, nosotros todo ignoramos, porque fuimos admiradores, mas no amigos del malogrado poeta. Sólo sabemos que en los cantos de Julián Montiel ante el sepulcro de Acuña hay estos versos sublimes, hay esta ofrenda magnífica, hay esta lágrima fecunda, hay este pensamiento digno del gran corazón de Montiel" y, en seguida, inserta los versos reveladores copiados arriba. Termina su párrafo sobre la muerte de Acuña, comentando el gesto de Montiel: "Si, como dicen los poetas, las cenizas de Acuña pudieran aún sentir, se habrían estremecido de ternura, se habrían animado al soplo de esa divina religión del mundo que se llama gratitud, ante una palabra tan noble, ante esa demostración del más sano de los afectos en el más sagrado de los vínculos".

¿En quién tuvo ese hijo Manuel Acuña? ¿Era verdad fruto del amor de una perdida? ¿De Chole, la lavandera, acaso? ¿Vivió el hijo de Acuña?... No; el hijo de Manuel Acuña, que de haber vivido y de haber sido adoptado por Julián Montiel, más tarde amante de Ángela Peralta ya viuda, y su esposo finalmente, hubiera resultado –todo es posible en el mundo novelesco del siglo XIX– hijo adoptivo del Ruiseñor Mexicano, no vivió. No fue hijo de Chole, la lavandera; ni tampoco de una perdida en el sentido que se daba entonces a las mujeres que tenían un hijo fuera del matrimonio o con un hombre soltero. Fue fruto del amor con una muchacha decente que hacía versos y que creyó, seguramente, en el amor del joven poeta estudiante de medicina. Para ella escribió los bellos terceros que empiezan: "Yo te lo digo, Laura... quien encierra valor para romper el yugo necio... pertenece al mundo de las almas superiores" y termina con estos cuatro versos "Sí, Laura... que tu espíritu despierte para cumplir con su misión sublime, y que hallemos en ti a la mujer fuerte que del obscurantismo se redime".

Laura, casada después de muerto Acuña con otro poeta, biógrafo de Angela Peralta, amigo seguramente del autor de El pasado y que, es indudable, conocía el secreto de Manuel y Laura, sobrevivió muchos años a Acuña. Cuando los restos del incipiente dramaturgo y gran poeta eran velados en la Biblioteca Nacional de México, antes de ser enviados a su tierra natal, Saltillo, en 1917, Laura, ya viuda, estaba presente.

Que Laura Méndez era madre de un hijo de Acuña lo sabían varios: entre otros Porfirio Parra, compañero de Acuña en medicina, ilustre médico después. El doctor Parra se lo dijo a Francisco Castillo Nájera, cuando el futuro doctor, general y diplomático de la Revolución era aún estudiante de medicina. Pancho Castillo Nájera me lo comunicó en alguna ocasión: –Laura Méndez fue la madre del hijo de Acuña; el hijo de Acuña, recién nacido cuando Manuel se arrancó la vida, vivió pocos meses, Laura casó después con el poeta Agustín F. Cuenca... Castillo Nájera repetía textualmente las palabras del doctor Parra.

Acuña tenía la obsesión del hijo sin padre conocido. En El pasado, concebido y escrito tres o cuatro años antes de sus amores físicos con Laura, la protagonista del drama, Eugenia, durante un patético monólogo hace dramática alusión al tema del hijo clandestino del amor.

Rosario, que conocía por Guillermo Prieto los amores de Acuña con Laura, con Chole también, y no ignoraba "el secreto" de Laura y de Manuel, habrá recibido con tolerante sonrisa, en la que habría un gracioso mohín de escepticismo, el soneto Esta hoja..., al que acompañaba una del laurel de la corona que había ceñido las sienes del novel autor la noche de su apoteosis en el Principal, y que ¿por qué no? habrá guardado –la costumbre ordena– entre las páginas de un libro de versos de otro poeta:

Esta hoja arrebatada a una corona
Que la fortuna colocó en mi frente
Entre el aplauso fácil e indulgente
Con que el primer ensayo se
perdona;

Esta hoja de un laurel que aún me
emociona
Como en aquella noche,
dulcemente,
Por más que mi razón comprende y
siente
Que es un laurel que el mérito no
abona;

Tú la viste nacer, y dulce y buena
Te estremeciste como yo al encanto
Que produjo al rodar sobre la
escena;

Guárdala, y de la ausencia en el
quebranto
Que te recuerde, de mis besos llena,
Al buen amigo que te quiere tanto.