FICHA TÉCNICA



Título obra ¡Ay Carmela!

Autoría José Sanchis Sinisterra

Dirección Otto Minera

Elenco Dolores Heredia, Jesús Ochoa

Escenografía Hannia Robledo

Iluminación Valentín Orozco

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Bruno Bert, “Dignidad y hambre”, en Tiempo Libre, núm. 757, 10 noviembre 1994, p. 35.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Dignidad y hambre

Bruno Bert

De Sinisterra, al menos que recuerde, el público mexicano sólo ha visto una puesta realizada por él mismo fungiendo como autor y director en el Juan Ruiz de Alarcón, hace pocos años. Pero ¡Ay Carmela! — ahora en el Helénico bajo la conducción de Otto Minera— nos llegó primero publicada en los "Cuadernos de El Público" y luego como la promesa de un montaje español programado dentro de uno de los Grandes Festivales de la ciudad. Espectáculo que quedó cancelado, aunque no nuestras ganas de ver en escena ese texto provocador sobre el actor, la dignidad y el fascismo.

Al igual que en El retablo de El Dorado, los protagonistas son actores de la legua, llenos de miedo y de hambre. Sólo que en lugar de ser contemporáneos de Cervantes, lo son de García Lorca, en la España desgarrada por la guerra civil, cuando el poeta granadino ya ha sido fusilado y las tropas nacionalistas avanzan triunfantes hacia Madrid. Carmela y Paulino (Variedades a lo fino) cruzan inadvertida y torpemente la línea de fuego, y de pronto se hallan en un pueblo recién conquistado por los soldados de Franco, y obligados a improvisar, sin medio alguno, una macabra velada de entretenimiento donde asistirá el Estado Mayor pero también un grupo de prisioneros de las Brigadas Internacionales que habrán de ser fusilados a la mañana siguiente. Sinisterra escribió en 1977 un Manifiesto del Teatro Fronterizo, bellísimo texto en verso libre donde habla de aquellos que "no tienen el privilegio de la centralidad.., de los que viven constantemente en ese espacio fértil y peligroso de la tierra de nadie. Para él y comparto plenamente esa posición el actor es el ser fronterizo por antonomasia, donde la fragilidad extrema puede volverse en su contrario con tan sólo hallar una ética en que se soporte. Aquí, Carmela (con un nombre que retumba en las canciones republicanas) habrá de morir aferrada a ese tenue hilo que es la dignidad y Paulino salvará el pellejo a costa de su pérdida, pero ambos seguirán unidos —aun después de los balazos y como seres de ficción que son— ejemplificando las dos caras del hombre y del teatro, en la burla y el llanto que estas representan.

La obra es profundamente española, obviamente por su tema, pero también por su lenguaje e incluso por sus orígenes estructurales, ya que el autor tiene a la picaresca como uno de sus principales afluentes, que le aportan no sólo el lenguaje desenfadado donde abundan los culos y los pedos; sino y sobre todo la energía y el ritmo de los tipos populares españoles, con una marginalidad viva que los hace actuales aunque se los ubique en cualquier época histórica.

Pero en ese retrato profundamente hispano es donde halla su universalidad, porque la dignidad y el hambre no saben de países. Y en este caso usan al teatro como nexo que nos es sobradamente conocido, ya que el nuestro proviene justamente de evolución de aquel origen.

Aquí Minera, a nivel visual y con la escenografía de Hannia Robledo y la iluminación de Valentín Orozco, reproduce una sala de pueblo en los treinta al interno del foro real. Con sus tablones, sus antiguas candilejas y sus varas caídas al fondo entre butaquería de rezago, más sus telones pintados, maltratados e ingenuos. Y sobre todo diseña, apenas levemente pero con acierto que sólo decae por momentos, el dibujo de esas acciones entre la comicidad, lo grotesco y la tragedia de Carmela y Paulino. Su tarea es interesante y tal vez sea sólo el ritmo durante algunas reiteraciones lo que siempre dé pequeños escollos a un espectáculo que en general resulta grato.

Los intérpretes son Dolores Heredia y Jesús Ochoa, muy distintos en sus tesituras actorales, pero con la virtud de complementarse, dando como resultado una labor conjunta sólida y atractiva. Al parecer el proyecto de esta puesta fue llevado adelante con un fuerte empeño por la actriz, que quedó prendada en su momento por el libreto de ¡Ay Carmela! Y esa pasión por lo que hace, se advierte a primera vista y contagia al personaje de un sabor muy especial, volviéndolo entrañable... a pesar de los pequeños quiebres que la construcción del mismo muestra por momentos, y que tal vez se deban a la necesidad de asentamiento frente a un estreno reciente. Ochoa, por su parte, transita con mucha mayor seguridad en todo lo fársico que en aquellos instantes con un cierto desborde naturalista. Tal vez por herencia cercana de su obra anterior, tal vez por facilidad personal. En ambos casos cabría posiblemente una labor de afinamiento con la dirección sobre un diseño y desempeño que de todas maneras se recibe gratamente.

En definitiva, un espectáculo que merece ser visto y gustado por nuestro público.