FICHA TÉCNICA



Título obra Anónimo veneciano

Autoría Guiseppe Berto

Dirección Alberto Celarié

Elenco Gabriela Reynoso

Referencia Bruno Bert, “Dos actores, un amor crepuscular... testigos en la intimidad”, en Tiempo Libre, núm. 753, 13 octubre 1994, p. 35.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Dos actores, un amor crepuscular... testigos en la intimidad

Bruno Bert

Opus uno: el espacio

El teatro es —entre otras cosas— un acto ceremonial de carácter social. Su espacio habitual nos es ajeno y concurrimos a él como a una especie de templo laico cargado de prestigio mundano e intelectual. Nos despersonalizamos para constituirnos en espectadores como un rol que exige determinadas premisas de comportamiento en ese ámbito mágico y estatuario al que accedemos por un par de horas. El espacio donde se realiza la representación grava en forma significativa al hecho escénico.

Es la conciencia de este fenómeno que ha movilizado, sobre todo la segunda mitad de este siglo, a varias generaciones de artistas en el intento de hallar espacios alternativos hasta el extremo de aquellas manifestaciones que decían que "el teatro puede hacerse en cualquier parte... ¡Hasta en los teatros! Llevando ideológicamente esta idea hasta su extremo.

Alberto Celarié estalla el edificio enajenante e inventa el "teatro a domicilio", capaz de llevar a la compañía y su obra al interior de cualquier casa en la que sea posible albergar a una veintena de personas. El ritual público se transforma en ceremonia privada, y el espacio privado así reconvertido adquiere el valor iniciático de lo tribal o el regreso a los orígenes de "la escena del príncipe", dependiendo de quien lo llame y cómo lo viva. En cualquier caso, contradice las convenciones que comienzan a rechinar frente a alternativas que resultan —así sea implícitamente cuestionadoras de nuestras rutinas ideológicas.

Opus dos: el espectáculo

Anónimo veneciano es una pieza de un autor italiano para mí desconocido Giuseppe Berto— que se nutre de aquellas corrientes neorrealistas que tenían a la Magnani como uno de sus máximos ejemplos. Narra las alternativas de una pareja separada, enlazada en una relación de amor-odio, que hila el que posiblemente será su último encuentro frente a la cercana muerte de uno de ellos, enfermo de cáncer y tristeza frente a su fracaso como creador y como hombre. Allí parecen presentes desde los grandes ojos sombreados de esa gran actriz que antes mencionamos, con todo supathos y sensualidad; hasta aquel Pirandello de L´uomo dal fiore in bocea, conteniendo su contradicción de amor y muerte a un ritmo contenido pero casi operístico, tal al gusto de la sensibilidad italiana y latina en general.

La escena sucede en una Venecia crepuscular como esas vidas, bajo la premisa que aquello que agoniza es siempre como un fuego que da sus mejores y más bellos resplandores, sea en lo social como en lo personal. Así, la ciudad que se hunde y la vida que se ausenta, forman un entorno que la música del título va envolviendo y matizando a la llamada de algunos versos de Borges procedentes sobre todo de El elogio de las sombras, en donde se evoca una Buenos Aires tan fantasmal como esta Venecia, porque sólo puede emerger de los vagos recuerdos de quien se está quedando ciego: muerte entonces de la luz que, al decir de Canaletto, el gran pintor de Venecia, es la materia misma con que está hecha la mágica ciudad de la laguna.

Naturalmente estamos hablando de climas, de matices emocionales capaces de transferirse casi de piel a piel entre actores y espectadores ubicados a pocos metros y a veces incluso a centímetros de distancia.

La obra es, sobre todo, eso: una transferencia de sentimientos y una apelación a la nostalgia en la reincidencia de la frase borgiana: "los únicos paraísos que existen son los paraísos perdidos". El entorno se ensancha o reduce hasta casi desaparecer según el lugar donde trabajen. Puede que casi no exista y el teatro sea sólo lo esencial: dos actores en un espacio doblemente privado.

Estos dos intérpretes son Néstor Galván y Gabriela Reynoso, capaces ambos de convencer y conmover a corta distancia, bien dirigidos por la mano de Alberto Celarié.

Opus tres: epílogo

Celarié es al parecer alguien capaz de jugar sus ideas en el plano de la realidad. Con los inevitables lances dolorosos que casi siempre ésta impone. Así fue con un teatro íntimo —preludio seguramente de este proyecto— que antes hacía en el espacio de un restaurante. Un trabajo nada complaciente con los tallarines del posible cliente-espectador, que se encontraba con Romero, Borges, Tolstoi o Dostoievsky filosofando al borde de su plato. Y más tarde con la publicación de una conocida revista especializada que desgraciadamente terminó naufragando en el déficit. Mis respetos por los que luchan por un teatro diverso, aunque esto contenga cierta cuota de error. ¿Y si los llama a su casa?