FICHA TÉCNICA



Título obra La amistad castigada

Autoría Juan Ruiz de Alarcón

Notas de autoría Héctor Mendoza / adaptación

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Alejandro Tomassi

Referencia Bruno Bert, “Aquí, lo que brilla es oro”, en Tiempo Libre, núm. 752, 6 octubre 1994, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Aquí, lo que brilla es oro

Bruno Bert

Dentro de la relativamente abundante producción de Juan Ruiz de Alarcón, existen piezas que raramente son Ilevadas a escena, contentándose por lo general los directores con las seis o siete obras más conocidas. Así, cuando uno de estos textos ignorados —que además suelen ser incluso poco leídos— aparece sobre los escenarios, llama de inmediato la atención. Sobre todo si vuelve a la luz de la mano de un director de talento, como es el caso de Héctor Mendoza, que acaba de estrenar La amistad castigada en el foro de Santa Catarina.

El tema encarado por Alarcón —dentro del estuche de una comedia— es, nos dice el investigador Millares Carlo, "el problema de si la amistad justifica o no un acto de deslealtad para con el monarca". En realidad creo que toda la obra bordea más bien la disquisición en torno a las licencias éticas que el poder puede permitirse mientras no se nos escapa de las manos por la astucia de terceros o por la impericia personal. Marcando, de paso la frecuente estupidez y villanía de los que por su nobleza, parece debieran servir de parangones morales. Y es por eso que Mendoza además— posiblemente de al-gunos ajustes a la frondosidad y culteranismo de varias partes del texto agrega al final de la pieza una especie de epílogo en prosa insertado como continuidad de la trama, en donde los personajes, sin dejar un aire del estilo y género que traían, se permiten en un lenguaje contemporáneo, una disquisición más ágil y libre en torno a lo que podríamos llamar la "psicología del poder", a partir de la estructura anecdótica planteada que se vuelve excusa ejemplificadora.

En lo personar creo que aquí nos resulta más interesante Mendoza que el mismo Juan Ruiz y concuerdo con Castro Leal —aunque no por la razón aducida en el programa de mano— que La amistad castigada es una obra menor dentro de la producción alarconiana. El "redescubrimiento" del material es más bien un alarde de habilidad por parte del director y adaptador que otorga un sesgo "especial" a la lectura que podríamos hacer tradicionalmente a partir de una puesta que simplifica lo ornamental.

Así, Mendoza invierte el proceso del barroco y las "muchas apariencias de la realidad" quedan en la pura trama y en una síntesis de signos que abreva sobre lo contemporáneo aunque mantenga raíces clásicas. Se despoja la obra de la variedad de espacios y ropajes, generando un ámbito único —un espacio neutro, una mesa, doce sillas— resignificado sin necesidad de aclaraciones, y un traje —un hábito de fraile— que rememore el siglo XVII y admita además una lectura simbólica: aquello que cubre a todos por igual como las convenciones sociales de un determinado momento.

Es en realidad este juego de estilo, aplicado al texto y a la puesta lo que realmente vale la pena de ver... aunque por momentos tienda a volverse un mero pasatiempo caligráfico, un alarde de habilidad más que de profundidad. De todas maneras se trata de una comedia, y de ella esencialmente pretendemos la ligereza en la trama, la capacidad de asombrarnos y la develación irónica de las convenciones y pensamientos establecidos. Y allí están.

El ensamble se cierra con especial ajuste a través de la labor de los actores. Concuerdo con los que señalan al personaje de Filipo como el verdadero protagonista de la obra, y el papel se halla asumido por Hernán Mendoza en lo que es el mejor trabajo que le he visto hasta el presente. Pero todo el equipo, encabezado por Alejandro Tomassi y Ricardo Blume, se muestra sumamente compacto con sólo leves desniveles de rendimiento en los más jóvenes, situación comprensible por su menor experiencia.

No es fácil manejar con fluidez y expresividad la media docena de metros que Alarcón emplea en la versificación de la obra; y aquí resulta placentero un manejo textual equidistante entre el envaramiento enfático tradicional de la declamación académica y la cotidianización absoluta de los parlamentos por rotura del verso.

Indudablemente, escuchar, entender y no aburrirse por la monotonía de la rima es algo que debiera ser obvio pero que se vuelve excepcional y aquí gratamente lo encontramos. Así, el texto, rescatado con limpieza como pretexto dramático, se vuelve conductor principal del juego no tanto —como decíamos antes— por la brillantez del original, como por el lustre que sabe darle la habilidad de los actores conducidos certeramente por un buen maestro como Mendoza.

Yo diría para La amistad castigada, invirtiendo el refranero, que aquí lo que brilla es oro... porque brilla y no porque sea oro. Un acercamiento contemporáneo atractivo, sin engolamientos y también sin exceso de pretensiones. Un trabajo que puede disfrutarse si nos agrada el teatro del Siglo de Oro.