FICHA TÉCNICA



Título obra Las reinas

Autoría Dacia Maraini

Dirección Óscar Morelli

Elenco Julieta Bracho

Referencia Bruno Bert, “Estructura quebrada que hace agua”, en Tiempo Libre, núm. 751, 29 septiembre 1994, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Estructura quebrada que hace agua

Bruno Bert

Los enfrentamientos entre Isabel I de Inglaterra y María Estuardo de Escocia, con la consiguiente decapitación de esta última, ha sido tema reiterado para el teatro. Es que tiene la posibilidad de polarizar situaciones y permite escoger el ángulo de visión dando paso a espectros muy definidos: el político (la lucha contra el despotismo) por ejemplo; o el religioso (católicos contra protestantes); también el histórico (interpretación del momento Isabelino) o incluso aquel que nos muestra, con predominio de lo emocional, a dos mujeres en una lucha que resulta mortal. Con la tentación, en este caso, de que sirva de excusa para el lucimiento de dos actrices, y con el peligro que este último objetivo borre a cualquiera de los primeros y transforme en banal todo lo que pasa en el escenario.

El dramaturgo más ilustre que abordó esos dos personajes, naturalmente fue Schiller, hace ya casi un par de siglos, pero dejó un interés que —aunque menguado— se conserva hasta hoy en día. Esto viene al caso por la puesta que Oscar Morelli viene dando en la capilla del teatro Helénico con el nombre de Las Reinas, de Dacia Maraini, con Socorro Bonilla y Julieta Bracho como únicas intérpretes.

No conozco antecedentes dramatúrgicos o simplemente literarios de la autora, pero, a juzgar por esta obra, no parece manejarse con demasiada fluidez dentro del teatro. A menos que el original hubiera sido sometido a una fuerte adaptación que haya barrido con el estilo, las intenciones y hasta los personajes complementarios. Mutilación difícil de creer por parte de Margarita Villaseñor que es la traductora y adaptadora del original. En primera instancia, a nivel de estructura, es clara la necesidad de otros actores en escena, sea por las duplicaciones un tanto pueriles que cada actriz hace con sus propios interlocutores, como por la limitación que impone —en este molde— el trabajar exclusivamente entre ellas, asumiendo entre sí los dos o tres roles que han considerado imprescindibles como contrapunto de diálogo de cada protagónico.

A esta sensación de una estructura quebrada, se le suma una acumulación excesiva de datos históricos en las partes remanentes: como si al podar hubieran tenido que juntar la información que se hallaba en extensión y entregarla en una serie de tantas que se vuelven didácticas, lo que en teatro es casi sinónimo de aburrimiento. Creo que sería más fácil dar por sabido lo básico de la historia —en cuanto a sucesos y a quienes intervienen en ellos— y elegir más bien cuál es el sesgo que se pretende dar a éstos. Cuál es la lectura que hoy nos acerca y justifica la puesta, que en este caso parece bastante diluida dentro del "destino trágico" que impregna a las dos reinas en cuestión.

Intuimos algunas intenciones al respecto, sobre todo en relación al liberalismo y al feminismo, pero no terminan de formar un perfil coherente y unitario que dé sentido a la pieza. Y en esto el director —cuya labor es francamente menor— no ayuda precisamente para construir ese "sentido" que le falta al producto final. Apenas si nos da un leve trazo escénico, incluso con torpezas por momentos, y un limitado manejo de actores. Nos queda entonces el entramado visual y el desempeño de las intérpretes. En lo primero es mejor olvidar el vestuario, muy utilitario en los cambios seguramente, pero también de un "lujo" escolar en las texturas, en la elaboración de las formas y terminaciones (basta pensar en la Isabel de la película Orlando para abismar diferencias creativas), y dedicarnos a admirar la ambientación natural de la capilla gótica, ésta sí, muy bien lograda.

En cuanto a las actrices, es poco lo que puede hacerse cuando se tiene tal cúmulo de elementos en contra; donde el texto no ayuda, las circunstancias se quiebran y la orientación global parece ausente. Más bien se las ve trabajar con la experiencia que cada una tiene sin terminar de constituir un estilo interpretativo para esta obra: ni manejan un cierto hieratismo distanciador, cercano al tratamiento de la tragedia, por ejemplo; ni desarrollan un intimismo empatizante que las aterrice en lo cotidiano de sus temores y esperanzas, ni tampoco combinan ambas posibilidades. Acuden sobre todo a un formalismo convencional, a veces atractivo por la seguridad con que lo asumen, pero que las más de las veces resulta insuficiente para el trabajo que se proponen.

Como vemos, el espectáculo hace agua en todos sus rubros a pesar de la seriedad con que parece impuesto. Claro que la Capilla del Helénico contiene un Tintoretto (que casualmente representa al cuñado de Isabel), un Tiziano y unos vitrales medievales francamente interesantes, y en este caso lo museístico llega a compensar lo teatral.