FICHA TÉCNICA



Título obra Tren nocturno

Autoría María Luisa Medina

Dirección Mario Ficachi

Elenco Aracelia Guerrero, María Luisa Medina

Espacios teatrales Teatro El Galeón

Referencia Bruno Bert, “Viaje nocturno por la superficie”, en Tiempo Libre, núm. 750, 22 septiembre 1994, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Viaje nocturno por la superficie

Bruno Bert

En el Galeón se ha estrenado una obra que tiene por autora a María Luisa Medina, a la que conociéramos recientemente en Concierto para un corazón marchito, donde —al igual que ahora no sólo fungió como dramaturga, sino también como actriz. Ahora, la dirección recayó sobre Mario Ficachi, al que también recordamos, en este caso como autor y director, de ¡Que siga la bolota!, espectáculo popular que estrenara hace ya varios años al interno de un conocido grupo independiente.

Juntos, ahora nos traen Tren nocturno. La acción sucede en los Estados Unidos, durante la década de los 70, en un plantel universitario donde la protagonista —una mujer de mediana edad, interpretada por la autora— imparte la cátedra de literatura al interior de la carrera de periodismo. Una pareja de adolescentes que se encuentra entre sus alumnos, sospecha a través de su soltería la posibilidad de lesbianismo y le tiende una cuidadosa celada enmascarada de "investigación de prensa" en la que finalmente cae, siendo documentada fotográficamente mientras mantiene relaciones sexuales con una muchacha que es menor de edad. Esto significa la cárcel y ese Tren nocturno en el que se embarca —con su valor real y simbólico— cinco años después, a la salida del correccional, abandonando para siempre su ciudad. Sólo cabe agregar el cierre ideológico y emocional, como corolario, tal vez un poco inverosímil, de la propuesta global.

Las características melodramáticas del material concuerdan estilísticamente con la obra de la misma autora que mencionábamos al principio; lo mismo que el jugar como elementos de primer plano el problema de los valores en las conductas humanas; la cercanía, por esto mismo, a una obra "de tesis" y la escasez de acciones escénicas.

La anécdota puede reconocer varios antecedentes en la novelística latinoamericana de las últimas décadas, sin que eso mengüe su interés. Sin embargo, la estructura en su desarrollo presenta ciertas debilidades además de ese final que ya marcamos como un tanto complaciente y muy poco creíble. Una de ellas es, sin duda, la falta de un perfil claro en ese eje de análisis ético que recién mencionábamos. Este podría estar ubicado tanto en la conducta de la pareja de adolescentes —la inescrupulosidad de él o la inseguridad de ella— como en la actitud de la profesora, mintiéndose a sí misma en relación a la sexualidad y conscientizando este comportamiento hipócrita sólo en la declaración final del juicio. O incluso en la verborragia maniquea de la sociedad que enjuicia y condena. En cualquiera de los casos o en una posible combinación de todos, el desarrollo del conflicto al interno de los personajes y en relación a su respectivo antagonista se muestra débil, apenas esbozado, supeditado a la estructura anecdótica como si fuera un material periodístico que exige una visión ágil y superficial del tema tratado. Y en aras de este tramado ligero se nos queda en el tintero lo que seguramente podría ser lo más substancial, que es la profundización en los matices tanto psicológicos como sociales que explican a los personajes en sus acciones. Una obra interesante en posibilidades pero que navega peligrosamente en la superficie.

La dirección es segura, de trazo limpio, pero no intenta dar en imágenes ese plus del que carece el texto y que justamente podría complementar la dramaturgia contextual del director. Se mantiene en la misma línea del libro, acogiéndose más bien a una complicidad que a una tensión creativa con el autor. En las escenas finales hay un aliento espectacular, con amplio manejo de espacio y participación de todos los actores que por momentos logra su objetivo y compromete al público, mientras que en otros recae en una labor correcta pero sin un especial vuelo creativo. La escenografía de Alfonso Nápoles se muestra capaz de re-significar los ambientes mediante módulos móviles y se enlaza con la labor de iluminación de Arturo Nava, tratando ambos de generar los climas contradictorios —entre la cotidianidad y la oniria— que la obra exige.

Los roles fundamentales están asumidos por la misma autora, solvente en su trabajo: Aracelia Guerrero, como su antagonista femenina, atractiva aunque con algunos rasgos de rigidez, y Ulises (turbe en la contraparte masculina, mostrando empeño pero también una necesidad de crecimiento actoral. Es abundante la participación coral, y aquí el director logra homogeneizar certeramente a un equipo bastante numeroso, agilizando variados momentos del trabajo.

En definitiva, una autora con ideas y preocupaciones interesantes en una obra que logra plantearlas sin un especial lucimiento en su desarrollo: un director con un manejo profesional y un equipo de actores que lleva la propuesta sin mayores escollos. Un trabajo agradable aunque menor con gente comprometida que seguramente podría haber llevado a este Tren nocturno a una estación más importante de nuestra temporada teatral.