FICHA TÉCNICA



Título obra Las tentaciones

Autoría Cecilia Lemus

Dirección Cecilia Lemus

Espacios teatrales Claustro de Sor Juana

Referencia Bruno Bert, “Entre lo falso-falso y el realismo a ultranza”, en Tiempo Libre, núm. 749, 15 septiembre 1994, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Entre lo falso-falso y el realismo a ultranza

Bruno Bert

La semana pasada hablábamos de un director que se inauguraba como autor, y comentábamos que esta duplicidad se está volviendo algo frecuente en nuestro medio. Corroborándolo, hoy nos toca el carril contrario, ya que tenemos a la vista el primer espectáculo dirigido por Cecilia Lemus, que hasta ahora sólo conocíamos como autora de algunos interesantes espectáculos no convencionales.

Se trata de Las tentaciones, un trabajo que se está presentando en la capilla del Claustro de Sor Juana.

En este mismo espacio ya habíamos visto otra obra de similares características e igual sabor medieval. Parece que el crucero de esa iglesia y la presencia museística de ciertas imágenes del barroco (mejor nos vendrían algunos apocalípticos frescos románticos) en el inmediato presbiterio, sirviendo de fondo y ambientación, atraen a los viejos demonios del teatro.

Naturalmente que el título está lleno de reminiscencias, sólo que ahora en lugar de ser San Antonio (el gran tentado, al menos en la historia de la pintura) es San Jerónimo el llamado a escena, dado que el convento de Sor Juana es precisamente el que estaba dedicado a este particular santo especialmente misógino, que tanto escribiera en la transición entre el mundo antiguo y la primera Edad Media.

El trabajo resulta una extraña mezcla de virtudes y debilidades. La autora-directora se basa en Los demonios de la lengua, de Alberto Ruy Sánchez, autor que me resulta desconocido. Pero la temática es la castigada negación a los sentidos y un llamado a! aquí y ahora donde concuerden cuerpo y espíritu. Los textos son abundantes, de reminiscencias religiosas ya sea por lo que dicen o por la forma en que lo hacen. Algunos resultan de interés y otros --como esa extraña y extemporánea mención a Zedillo y Cárdenas francamente dignos de una exclusión inmediata.

Las influencias que confluyen sobre Las tentaciones son varias: en primera instancia el teatro medieval, con sus escotillones a la vista, sus telones pintados, su "boca del infierno", sus apelaciones escatológicas y su griterío. Otra es la pintura del Bosco, de la que extrae directamente un par de personajes (sobre todo el de la monja-puerco) y el armado de algunas figuras eróticas. También concurre la imaginería popular, especialmente la de los catecismos, ex votos, etcétera, de la que podría partir este "San Jerónimo" que en realidad se parece bastante más a las imágenes de San Ignacio de Loyola y los catecúmenos de su orden vistos a través del prisma del siglo XIX. Tampoco queda fuera el teatro Artoniano, del que podría desprenderse su exasperación, la constante tendencia a transgredir y el manejo de los actores, aquí con técnicas de distinta procedencia. Y también una reminiscencia a un particular burlesque de carácter marcadamente expresionista que desde el título ya nos viene anunciado. Juntando todo esto (y algunos cosas más que dejó de lado en razón del espacio), nos hallamos con la materia prima de Las tentaciones, rica como vemos en orígenes y propuestas, pero no siempre logrado como espectáculo. Vaya un par de motivos:

Como es normal en este tipo de materiales, lo visual resulta predominante, incluso al extremo de minimizar todo lo conceptual que viene de la mano de los textos. Hay que realizar un esfuerzo para mantener una vinculación activa entre las partes y terminamos dejándonos llevar por la iconografía y lo que ella nos plantea. Lo demás queda como sonido de fondo y termina por borrarse rápidamente de nuestra memoria. Y en lo que hace a esas imágenes que mencionamos, lo curioso es que combinan lo absolutamente teatral, lo falso-falso-que por lo mismo puede llegar a cualquier extremo sin caer en lo pornográfico (en lo banal, en última instancia) inscribiéndose de inmediato como metalenguaje artístico con un realismo a ultranza que excede ampliamente las mostradas de culo de los antiguos juglares travestidos a demonios. Y en esto, la fórmula resulta efectiva sólo por momentos, desbalanceándose con frecuencia y quebrando la solidez del contexto en el que se introducen los efectos.

Cecilia Lemus cuenta con un equipo de actores realmente capaces de comprometerse hasta las últimas consecuencias con su trabajo y seguramente con las indicaciones de la dirección. Encabezados por un "demonio-capeIlán" asumido por Gustavo Muñoz que logra sorprendernos en más de una oportunidad.

En definitiva, un trabajo irregular, blasfemo, potente, ingenuo, brillante por momentos y patéticamente absurdo en otros, que más podría compararse con el caldero hirviente de las brujas que con una efectiva pócima final. Me gustaría condenarlos a la hoguera... pero aún no es tiempo.