FICHA TÉCNICA



Notas Con motivo de la celebración del Año de Manuel Acuña el autor comenta las representaciones de El pasado después de su estreno, citando el programa de mano de la función a beneficio del actor Carlos Neto

Referencia Armando de Maria y Campos, “En el centenario de Acuña. Estreno y fracaso de El pasado según Juan A. Mateos. La crisis teatral el año de Acuña. Suicidio del vate de Saltillo. ¿Dejó Acuña un hijo? V”. en Novedades, 24 agosto 1949.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

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Novedades

Columna El Teatro

En el centenario de Acuña. Estreno y fracaso de El pasado según Juan A. Mateos. La crisis teatral el año de Acuña. Suicidio del vate de Saltillo. ¿Dejó Acuña un hijo? V.

Armando de Maria y Campos

La obra de Manuel Acuña, que tanto había agradado al estrenarla Pilar Belaval, colocando a su novel autor de golpe y porrazo entre los más cotizados del momento, "desagradó sobremanera en la noche de ese beneficio de la Cairón al elegante y muy diferente público que a él concurría –escribió años más tarde un testigo de aquel suceso, Enrique de Olavarría y Ferrari– y esto fue achacado a culpa de los actores, como si hubiese sido posible creer que la apreciable compañía de la Belaval, Cerecero y Neto, hubiese sido ni podido ser superior a la Valero. El hecho es que les dijeron mil y una lindezas a Valero, Reig y Guasp, y a la Servín y a la Cairón, como si ésta no hubiese elegido por su propia voluntad esa obra, y como si tan distinguidos artistas hubieran ganado algo con echar a rodar a un autor que era amigo suyo".

Sin embargo... Escuchemos a Mateos, que resentido con Valero y la Cairón porque prefirieron El pasado a alguna obra suya, parece que escribe con razón.

"La noche del sábado –empieza su crónica Mateos–, tuvo lugar el beneficio de la señora Cairón en nuestro Gran Teatro, que se hallaba engalanado con lo más selecto de nuestra elegante sociedad. La señora Cairón, como una muestra de simpatía a los mexicanos, eligió El pasado, obra de nuestro joven compatriota el señor Acuña, y que ha comenzado a conquistarle un nombre en nuestra literatura".

El señor Mateos, autor y periodista, inicia en seguida su crónica enjuiciando en firme el drama de Acuña. "La composición adolece de grandes defectos; pero denuncia una buena imaginación, de éxito en el porvenir. El joven autor no está aún en los secretos del mundo, y con trabajo ha ensayado la grande cuestión de la rehabilitación de la mujer". Después de hacer algunas consideraciones sobre el problema aludido, afirma que es de su agrado "que el joven autor se haya avanzado al realismo, porque los asuntos frívolos no cumplen con el objeto del teatro, ni tienen atingencia alguna (sic) con la civilización moderna".

En seguida, Mateos dispara sus baterías críticas sobre Valero. "El atractivo de una obra escrita por un mexicano, despertaba la curiosidad pública, y más aún porque en el teatro de Valero es una gran novedad el que se represente algo que no sea de medio siglo atrás, o cuando menos de veinte años a esta parte. A Valero se le admira en su pasado, y apenas se le tolera en su presente: es lo que Calderón y Lope en la comedia antigua, nadie les niega el talento y la fecundidad asombrosa, pero nadie deja de confesar que sus obras son imposibles del todo en teatro".

Pasa luego a analizar la situación del teatro que les tocaba ver, gozar y escribir a él, a Acuña, a Sierra, a Peón Contreras, a Cuéllar, a Isabel Prieto. "Nuestros literatos se afanan por galvanizar el teatro que muere. Ni obras ni autores aparecen. La España se surte del teatro francés. Nosotros nada escribimos, sin tener otra cosa que lo pésimo que nos viene de allende los mares, que apenas sustenta el teatro agonizante... Medianías por todas partes, recorriendo los teatros y representando obras detestables... ¿Renovar el teatro es obra de un día?... Imposible... Se nota ansiedad por algo que no es lo existente; algunas veces hemos llegado a creer que la fórmula para corregir las costumbres, ya no es el teatro", etcétera.

Lo que ahora nos importa no es tema permanente de la crisis que sufre el teatro, sino el resultado de la reposición del drama de Acuña.

"Se esperaba un gran éxito –confiesa Mateos–, pero desgraciadamente las esperanzas del público fueron defraudadas. Desde el señor Valero hasta el señor Segarra los papeles fueron equivocados, y la comedia salió mal, pero tan mal, que sólo los simpatizadores del poeta pudieron librarla de una catástrofe. El papel principal encomendado a uno de los galanes fue uno de los errores que contribuyeron al naufragio de la composición. El señor Reig no está a la altura de los caracteres de ese género; se le ve un niño en la escena, un colegial que no puede ni aun ensayar semejantes tipos; sus arranques provocaban risa, porque eran la expresión dolorosa de un niño, no la pesadumbre de un hombre. En cuanto al señor Guasp de Péris, igual en la comedia, igual en el drama, el mismo en el sainete, el propio en la tragedia; siempre Guasp de Péris en las actitudes y situaciones, no era más que Guasp de Péris en la obra de Acuña".

Valero se repartió el Don Ramiro. Pues bien –según Mateos–, "Valero no estuvo en escena. Apenas pudo el arte apercibirse de su presencia en el foro, sobre todo en un paso de alto interés, en que se coloca tras un confidente para hablar con la dama, lo que le daba el efecto de la "cabeza parlante", y aun hubo otro momento en que estuvo a punto de volver sainete una escena demasiado seria. A propósito de inconveniencias, diremos que Guasp de Péris y Reig, en un diálogo que pasan sentados, tuvieron ambos la feliz ocurrencia de apoyar sus brazos en las rodillas, dándonos una escena "boca abajo", sumamente divertida... sobre todo para el autor, cuya obra se despilfarra lastimosamente. No se extrañará que entremos en un detalle que es de grande interés para los artistas; nos referimos al traje, haciendo notar que las señoras Cairón y Servín, que por lo regular son elegantes, vistieran del peor gusto posible, lo que ayudó al conjunto desgraciado de la función. No sería malo que los actores renovasen su equipaje, en honor de la mosca".

La ya histórica crónica de Mateos nos ilustra bastante sobre la reposición desafortunada de El pasado, que debe haber herido profundamente a Acuña, tan ilusionado con esta representación, y que debió acibarar sus ambiciones de autor dramático, haciéndolo ver cuántas tenebrosas encrucijadas de envidia, rencor y fracaso tiene el teatro.

La vida literaria seguía su marcha. La Sociedad Concordia anunciaba que para su "velada" del día 8 habían sido nombrados para leer composiciones, Bianchi, Silva, Santa María, Peza y Acuña.

A fines de ese año –6 de diciembre– Acuña ponía fin a su existencia "tomando una dosis considerable de ácido hidrosiánico", dejando una cierta explicación que la causa de su muerte debía ser indiferente a todos.

"Nosotros –escribió el doctor José G. Pren en la sección editorial de El Monitor– al consagrar este recuerdo a la memoria de Manuel Acuña, pedimos a la mujer caída, que deposite con nosotros una flor sobre su sepulcro".

¡Siempre la mujer caída, siempre "el pasado" de la mujer que anhela ser perdonada!

Pocos meses después, se anunció una función de teatro para recaudar fondos con destino a una impresión de las poesías de Acuña. ¿No hubiera sido mejor a beneficio de su hijo?... Porque Manuel Acuña dejó un hijo que le habría dado una mujer perdida. Tal vez por eso el hijo de Manuel Acuña se les ha perdido a sus biógrafos y panegiristas.