FICHA TÉCNICA



Título obra Trampa de muerte

Autoría Humberto Zurita

Dirección Humberto Zurita

Elenco Yolanda Mérida

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia Bruno Bert, “Signos de vejez”, en Tiempo Libre, núm. 747, 1 septiembre 1994, p. 39.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Signos de vejez

Bruno Bert

El género policial siempre ha tenido sus fieles seguidores, pero son más los que lo prefieren a través de la novela y el cuento, que aquellos que se trasladan al teatro para ver las intrigas de uno o varios asesinatos bien tramados por el suspenso. Tuvo su época de oro entre los treinta y los cincuenta, cuando imperaba la pieza "bien hecha" y la trama y el texto eran sinónimo de teatralidad. Hoy, aquello sólo queda en las memorias de los más viejos o en los libros de historia del teatro, que documentan monumentales ternporadas con obras al estilo de La ratonera, por ejemplo. Hoy día, sólo de tanto en tanto se monta o repone—como es el caso de la que comentaremos— algún material de este tipo.

El teatro Manolo Fábregas alberga ahora este trabajo que viera su estreno hace doce años en el teatro San Rafael. Se trata de Trampa de muerte,de Ira Levín. Un estadunidense que cuenta en su haber -como novelista en este caso- nada menos que el famoso Rosemary's baby, que el cine lanzara a la fama hace ya más de dos décadas. Es decir, que el autor cronológicamente parece nutrirse justamente de la última etapa de oro del género policial y cuenta con varios premios importantes en su haber por su labor literaria.

A pesar de esto, el material que ahora nos toca, muestra signos evidentes de vejez, y transita la convencionalidad de una manera plana, que sólo logra romper algunos efectos que sacuden la suave modorra del espectador.

La obra intenta el recurso del juego de cajas. Así, el protagonista es un escritor de policiales que alguna vez tuvo algún éxito en el teatro y que hace ya veinte años vegeta en la mediocridad. Esto le decide a trasladar a la realidad—a su realidad que a su vez es teatro para nosotros— un asesinato para rehacer su posición social y económica. Claro que esa metarealidad también puede ser una forma de ficción y aquí comienza el juego que por obvias razones no vamos a desarrollar, pero que de todas maneras sentimos en extremo comentado, narrado y vuelto a explicar frente a un espectador que a esta altura del siglo ya siente todo eso como bastante privado de encanto. Ayuda un poco el que se trate de un texto que admite cierto tono de comedia, según el personaje y los momentos, compensando parcialmente por la sonrisa lo que no logra en la intriga.

El clásico personaje que en el policial tradicional sirve para descargar las tensiones y la ansiedad, aquí se vuelve la parte levemente fársica que permite no juzgar demasiado severamente una trama bastante débil. Un libro, que entonces apenas hubiera podido merecer una mediana atención, aún en las épocas más benévolas y gustadoras de lo policial. A esto hay que sumarle la puesta. No sé a quién pertenece la primera versión y tampoco si esta reposición de Humberto Zurita se halla apegada fielmente a aquel original o no, pero lo que se nos entrega es de una modestia más bien espartana donde hasta la imaginación ocupa mínimo espacio posible.

No ayuda demasiado la escenografía del maestro López Mancera —fallecido recientemente pero responsable de la propuesta que hoy se reproduce—, ya que también esta área se encuentra anclada en una imagen teatral que bien podría corresponder a cincuenta años atrás. Y esa es la sensación que sentimos permanentemente: estar en otra etapa de la historia del teatro, viendo una puesta convencional de una obra muy menor.

A decir verdad, se echan de menos los sombreros que seguramente las espectadoras hubieran llevado en aquel tiempo. Los actores son Juan Ferrara en el protagónico, acompañado por Isaura Espinoza, Fernando Colunga, Yolanda Mérida y Antonio Miguel. Y en realidad tampoco en ellos se nota en absoluto el paso de los años en lo que a técnicas de verosimilitud escénica se trata. Tal vez la más atrayente sea justamente Yolanda Mérida, dado que su papel le permite ese tono excedido que da la nota de comicidad correspondiente. Y lo hace muy bien. De los demás no se puede hablar mal, pero lamentablemente tampoco se puede hablar bien, así que mejor optar por el silencio.

No queda mucho que agregar frente al panorama: libreto pobre, escenografía convencional, puesta elemental y actuación que recuerdan las obras montadas en las tradicionales cuatro semanas. A veces nos preguntamos por qué el público no va más abundantemente al teatro. No todo es por la indudable crisis económica, también se debe tener en cuenta qué productos se le ofrecen. Frente a materiales como Trampa de muerte es natural que prefiera quedarse en casa.