FICHA TÉCNICA



Título obra La fábrica de los juguetes

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Philippe Amand

Elenco Andrés Weiss, Marina de Tavira, Ana Ferrusquía

Referencia Bruno Bert, “Galería de anónimos condenados”, en Tiempo Libre, núm. 744, 11 agosto 1994, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Galería de anónimos condenados

Bruno Bert

Este es un año que promedia como prolífico para Jesús González Dávila: acaba de estrenarse la cuarta puesta —incluyendo su iniciación en el área de dirección con una obra propia que de él se hace en ese periodo. Y como lo último y lo primero suelen establecer vinculaciones en lo que al arte hace, aquello que ahora Philippe Amand nos trae como director es justamente la ópera primade este importante escritor mexicano, compuesta en 1970 con el nombre de La fábrica de los juguetes.Se trata del montaje de graduación de una de las generaciones del NET, escuela fundada, entre otros, por Julio Castillo donde Amand se desempeña como profesor.

Ciertamente, La fábrica de los juguetes adelanta lo medular de lo que luego serían las preocupaciones ideológicas y formales de González Dávila: allí se encuentran los desprotegidos, los marginales y los muertos: que en este caso coexisten en una estructura de túneles y ruinas donde la realidad y el simbolismo se dan la mano para expresarnos la orfandad esencial del ser humano. Violencia que se multiplica al ser ejercida, sobre todo, contra los niños, es decir, contra los que no han tenido oportunidad de "tener los ojos más grandes" o "ver el mar". Sobre esta transgresión básica contra la vida, se suman todas las otras, en ataque a cualquier tipo de inocencia, con el deseo explícito como violación y cosificación del otro. Postura que habrá de reiterar a lo largo de toda su producción hasta crear una galería de anónimos condenados capaz de ser una de las principales identificaciones de su teatro.

Hay creadores que, excepcionalmente, hacen de su primer obra un pináculo de excelencias difícilmente re-alcanzable aún por ellos mismos. Pero lo normal es que el oficio se adquiera y es el caso de González Dávila, ya que se advierte una diferencia notoria en el manejo de los materiales entre ésta y las obras de carácter más reciente. Sí, preocupaciones similares, pero También una mayor afinación de las mismas, una forma más decidida de aferramiento de los personajes, con una poética de mayor envergadura y un manejo estructural mucho más sólido.

Quiero decir con esto que La fábrica de los juguetes se nos muestra como un eslabón aún débil de su proceso creativo. Interesante, pero no particularmente eficaz.

En lo que hace a la dirección, debemos recordar que éste es el segundo trabajo de Philippe Amand, precedido tan sólo por aquel atractivo montaje de El ajedrecista,de Jaime Chabaud. Aquí, por cuestiones que pueden resultar bastante lógicas —el mejor montaje de la obra de González Dávila fue el memorable De la calle por Julio Castillo, padre, precisamente, de Philippe Amand— la presencia de Julio es particularmente pesada. Casi diría que en este caso más que una herencia parece una carga, agravada posiblemente por el hecho que La fábrica de los juguetes fue escrita en origen para este gran director desaparecido. Encontramos su estética, su grandilocuencia, sus efectos y posiblemente parte de su concepto del manejo del actor... pero es un reencuentro fantasmal, un tanto forzado, casi de homenaje no explicitado, que no creo que favorezca ni a la obra ni al director mismo, que ya ha probado tener una capacidad personal de síntesis en donde la voz de Julio Castillo, potente seguramente, queda integrada y en armonía a una individualidad artística que se está formando. Y es esta identidad progresiva la que realmente importa reencontrar en los futuros trabajos de Philippe Amand, un director del que seguramente hablaremos en las próximas temporadas.

En lo que hace al plantel de actores noveles, se ve en ellos disciplina, energía y conocimientos. Tres factores fundamentales para cualquiera que se dedique a la actuación. Aún falta, sin embargo, no sólo la lógica experiencia que ya vendrá en el transcurrir de su carrera, sino también esa sutileza que permite el paso de un buen estudiante a un actor incipiente. Pienso al verlos que es claro que éste no es su primer trabajo profesional, sino su última labor estudiantil, aún cobijados por el maestro y la escuela. Se percibe esa protección, correcta en definitiva puesto que las funciones se dan enLa Gabarra, una sala al interior del NET y sólo utilizada por ellos.

En síntesis, en La fábrica de los juguetes advertimos un estadio global donde todos los integrantes —autor, director e intérpretes— transitan una etapa de consolidación expresiva. Los resultados son entonces naturalmente desiguales, con momentos más afortunados frente a otros que no llegan a resolverse con la fluidez o eficacia necesaria. Digamos que importa sobre todo como proceso en la creación de una nueva generación de creadores teatrales.