FICHA TÉCNICA



Título obra Tiempo de fiesta

Autoría Harold Pinter

Dirección Ludwik Margules

Elenco Laura Almela, Jesús Ochoa

Escenografía Carlos Trejo

Iluminación Arturo Nava

Espacios teatrales Teatro Juan Ruiz de Alarcón

Referencia Bruno Bert, “Un apetitoso platillo pinteriano, generoso y bien aderezado”, en Tiempo Libre, núm. 742, 28 julio 1994, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Un apetitoso platillo pinteriano, generoso y bien aderezado

Bruno Bert

La identidad marca la posibilidad del reconocimiento: y éste, el de advertir las variaciones y los matices. Se dice que ver alguna de las mejores obras de Pinter es haber conocido la gama completa de sus obsesiones junto con el sistema y la estructura que maneja para convocarlas volviéndolas ritmo y palabra. Hay parte de razón porque la identidad pinteriana marca una impronta muy fuerte en los materiales que ha generado en los treinta años de su carrera, pero siempre resta espacio para el asombro... y también para la irritación ya que se trata de un autor sumamente "desagradable", en el sentido convencional y burgués del término.

Ahora, en el Juan Ruiz de Alarcón. Ludwik Margules ha convocado dos obras de este autor inglés que en lo personal no conocía Tiempo de fiesta y Luz de luna, breve la primera y de extensión media la segunda.

En Tiempo de fiesta emerge el terna del poder, incluso con una explicación poco usual en Pinter. El espacio es una fiesta de alta sociedad, aislada en un lugar privilegiado al que es difícil llegar esa noche en que el mundo exterior se ve surcado de sirenas policiales. El anfitrión, dueño virtual de ese mundo y sus prolongaciones (aunque lógicamente se habla en plural, asumiendo a invisibles pero potentes socios) ha ordenado una redada a fondo para permitir que la gente "normal" pueda, libre de molestas interferencias, "trabajar y descansar en paz". Pero si las afueras de la luz y el dorado ambiente del glamour es zona de peligro, el interior es el ámbito de la obediencia en una jerarquizada escala descendente en donde la mujer, por supuesto, ocupa uno de los últimos peldaños.

Aquí el escenógrafo juega con el valor del espacio real y simbólico en una mezcla de humor e ironía muy ad hoc para la propuesta pinteriana: todos, de una rigurosa etiqueta, se mueven a lo largo de un angosto pasillo sin fin, alfombrado en rojo y bordeado de extremo a extremo de elegantes sillas de diversos, ambiguos y señeros estilos. No hay más que eso, espacios para los conciliábulos y la obediencia en los interminables pasillos del poder.

La excelente elección de Carlos Trejo se ve completada en la iluminación de Arturo Nava y, naturalmente, en el concepto de la dirección, capaz de jugar los largos y morosos silencios, el quiebre de las repeticiones y las alternancias entre las referencias políticas, el estereotipo cotidiano y ese humor chirriante tan propio de Pinter. El elenco, compuesto por Luisa Huerta, Jesús Ochoa, Laura Almela, Alvaro Guerrero, Diego Jáuregui, Gerardo Moscoso, René Kristal, Rodrigo Vázquez y Lydia Margules, se ve homogeneizado con eficacia y logra un tono medio totalmente apropiado a esas sombras de grises contornos (y peligrosas aunque breves estridencias) que son los personajes. Tiempo de fiesta, resulta así un trabajo redondo que llama, mantiene y convence a quien gusta de Pinter y su dramaturgia.

La segunda pieza, Luz de luna, de alguna manera se halla más ceñida a los orígenes, más cercana al teatro del absurdo y sus desbordes, en una dualidad de tristeza e indiferencia que impregna el tratamiento de una muerte. En un momento, un personaje central recuerda a aquel que se aterró frente a una visión repentina para sólo más tarde advertir que se trataba de su propia imagen reflejada en un espejo. Ese, la imposibilidad del autoconocimiento ético es un eje; y el paralelo al mismo se encarna en la pregunta de otro en relación al sentido de lo que dicen, al valor del lenguaje en sus posibilidades de articulación; tan en la base de las transformaciones impuestas por Pinter al teatro contemporáneo.

Aquí Margules juega a una partición estricta del espacio, donde luz y sombra tienen la densidad y el sentido de lo onírico, de lo que se crea o destruye al impacto de una luz o de un sonido como los miedos del hombre, que lo vuelven niño frente a la muerte, atándolo a las imágenes de una infancia mítica. Aquí los pasillos se enlazan con el montaje anterior, y cargan un sentido trágico porque son los que conducen al hombre frente a la desesperanza y la muerte.

Un creativo trabajo de montaje que tal vez merecería un texto acortado en algunos de sus sistemas de reiteración, para una posibilidad de mayor encuentro con el espectador sin que esto implique una liviana concesión. La efectividad de la puesta se reciente un tanto por la extensión que por momentos agota al público. Aquí, se agrega al plantel actora) Julieta Egurrola y Karina Gidi, destacando el trabajo de la primera con la solvencia que le conocemos de siempre.

En definitiva, un plato de Pinter bien servido hasta los bordes y aderezado en abundancia y con gusto.