FICHA TÉCNICA



Título obra El viejo de la Condesa

Autoría Luis Eduardo Reyes

Dirección Raúl Quintanilla

Elenco Gaby Soriano, Patricio Castillo

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Bruno Bert, “Añoranza de cartón”, en Tiempo Libre, núm. 741, 21 julio 1994, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Añoranza de cartón

Bruno Bert

La nostalgia es la materia esencial de buena parte de la producción artística del hombre, tanto en el teatro como fuera de él. Marca esos momentos crepusculares de las culturas y los seres donde la aparente ausencia de un futuro potencia la mirada entre crítica y arrobada hacia los tiempos pasados. Y como recordar es reinventar los hechos, las obras de la nostalgia compensan en su frágil mentira lo que deseamos y no pudimos o lo que se tuvo pero no se supo aprovechar intensamente. Este fin de milenio apela con frecuencia a ese sentimiento ambiguo y reparador en las obras que produce en un vaivén entre intimista y social.

Ahora, en el teatro Jiménez Rueda se acaba de estrenar El viejo de la Condesa, de Luis Eduardo Reyes, que bajo la dirección de Raúl Quintanilla nos ubica en, el plano de esos territorios brumosos. La anécdota abarca un momento de transición en una familia compuesta por un abuelo, sus dos hijos ya menores y una nieta. La casa, es una de esas antiguas evocaciones de Art Deco que abundan por Amsterdam, bastante deterioradas en su mayoría, pero cargadas con el popular clima de ese barrio.

Los hijos, ya dispersos, regresan por un momento al espacio de la infancia con la intención de convencer a su padre que la venda en función de sus personales intereses. La nieta simplemente se evade a través de su fantasía en los largos periodos en que su madre la deja con el abuelo y el espectáculo mismo no es más que la suma de fragmentos que ella hilvana a través de los años.

Sin embargo, el autor no marca claramente cuál es el eje a partir del cual se estructura lo narrado. Puede ser esa nieta, según decíamos recién, pero su creador no llega a otorgarle el valor de un apoyo a partir del cual se orienta la mirada del espectador. Por momentos la perdemos, casi nunca alcanzamos a percibir el tinte especial de su visión del mundo e incluso su ingreso final; ya adulta, no resulta totalmente congruente. Tampoco el abuelo —su opuesto y complemento— tiene esa consistencia. Y menos la casa, aunque pudiéramos sentir la tentación de volverla eje como en alguna conocida novela latinoamericana.

Así, sin una clara poética constructora la obra se va desperdigando en acciones mínimas que no encuentran cobijo y resignificación. Sólo nos expresan lo lineal de su texto sin lograr sumar una unidad contenedora con la que pudiéramos finalmente confrontar. Aun la tristeza de no poder lograr más que el sueño desvaído de un tercero por haber perdido los propios, como es el caso del viejo protagonista y su fantasmal carrera por un hipódromo, ya inexistente desde hace un siglo, se vuelve secundaria por imposibilidad de parte del autor de extender ésta, que, es una excelente idea, a un plano de mayor consistencia.

Luis Eduardo Reyes ha imaginado las partes de un mundo que podría ser fascinante, pero ha carecido de la fuerza y la habilidad para volverlo un consistente cuerpo poético donde cada situación, carácter o palabra encuentren sentido y proyección.

En este sentido, tampoco Quintanilla como director logra lo que aparentemente se halla en el libro. La suya es una dirección prolija, con un trazo bien pensado, un ritmo sostenido y un manejo discreto de los actores. Sin embargo, no logra sobrevolar este primer estadio que nos habla de un manejo profesional de la escena, pero de ninguna manera le insufla ese plus de vida que transforma un producto artesanal en algo artístico. No podemos saber si las deficiencias del libro impidieron que el director concretara su propia visión del espectáculo, o simplemente se apegó al desarrollo de las partes sin la exigencia de una concepción confrontadora con el libro.

En la misma línea, la escenografía e iluminación de Carlos Trejo queda desprotegida. De un minucioso naturalismo, necesita imperiosamente de un contexto evanescente que dé a esas paredes y objetos la pátina del sentimiento o dé una proyección histórico-social, que sea capaz de limar con su carga de sentidos la banalidad de lo que sólo se representa a sí mismo. Así como la vemos, se vuelve una concepción vieja del espacio escénico, y creo que no por responsabilidad de Trejo, sino de quienes no supieron sumergirla en un baño de creatividad. Y lo mismo podemos decir de los actores, encabezados por Patricio Castillo: un trabajo correcto acabalgado (literalmente en este caso) a un maniquí sin vida.

Indudablemente usar creativamente un caballo vivo en escena debe ser sumamente complejo e incómodo, pero esa obra lo necesita: es como una invitación a un riesgo que nunca se corrió y a un brío que resultó congelado como un cuerpo de cartón sobre cuatro rue-ditas. Obviamente echamos de menos las vísceras, los músculos y el sudor.