FICHA TÉCNICA



Título obra Engañados

Autoría J.N. Crips

Dirección Susana Wein

Elenco Surya McGregor

Espacios teatrales Teatro del Museo del Carmen

Referencia Bruno Bert, “Adivinados”, en Tiempo Libre, núm. 740, 14 julio 1994, p. 28.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Adivinados

Bruno Bert

En el foro del Museo de El Carmen se estrenó recientemente Engañados, algo similar a un thriller de Norman James Crisp, bajo la dirección de Susana Wein. Hacía tiempo que no veía una pieza de esas características, donde lo esencial es el desarrollo mismo de la trama, por lo que ésta nos va develando y la intriga que contiene: los climas que se crean frente a cada alternativa, con las sorpresas que deben mantenernos en alerta durante el trabajo y la necesaria resolución final sobre la que se acabalga linealmente la acción.

A esto habría que sumarle la descripción de caracteres casi arquetípicos unos y deliberadamente ambiguos otros, para que, con dos o tres rasgos más, nos hallemos frente a lo que justamente define el tipo de obras que en sus distintas variedades tanto apasionaron a nuestros abuelos, sobre todo en la década de los treinta y cuarenta, con nombres y autores que ganaron celebridad universal.

Y dado justamente que este tipo de espectáculos basan su interés en la ansiedad que nos va creando el suspenso, se ven obligados para realmente planear su objetivo a ser algo así como una perfecta maquinaria de relojería, precisa e implacable. Aquí la anécdota compromete a tres individuos, más—claro— la víctima, que aunque naturalmente ausente es la que desencadena cada una de las acciones de la triada: una pareja y el marido de aquella que sufriera un accidente automovilístico en muy particulares circunstancias: funcionando al mismo tiempo como detective y vengador, al estilo de algunos antecedentes de similares características, tanto fílmicos como teatrales.

En Engañados, la trama no está mal urdida, pero es claro que no se halla presente la habilidad consumada de aquellos maestros del género que antes recordábamos. No es el pretexto argumentar el que falla, sino el desarrollo, que carece de esa progresión insensible que repentinamente nos pone frente a las circunstancias como un algo inevitable, que puede ser incluso desmentido como una pista falsa a partir de un guiño con el público.

Aquí más bien con frecuencia los personajes "adelantan historia" y vuelven previsible un material que debiera quedar en manos de la sorpresa. No se vale dar detalles sobre la estructura de un policial, pero digamos que por lo menos tres veces (contenido del portafolio; relación víctima-victimario; acciones básicas de agresión) el espectador adivina (y esto no porque el autor lo vuelva cómplice contra alguno de sus personajes, sino por debilidad de construcción) lo que para los protagonistas aún resulta oculto. Es decir, que la obra suele ir a la zaga del espectador, lo que obviamente no beneficia en nada a un policial.

Sobre este libro, atractivo sólo por momentos y tal vez con demasiados puntos débiles, Susana Wein vuelca toda su experiencia como directora y logra, sobre todo a través del manejo de climas y la conducción del ritmo, compensar parcialmente este desequilibrio que se produce en la atención del público por las fisuras de libro. Pero naturalmente, el peso del autor, con sus virtudes y deficiencias, juega un rol fundamental a pesar de los esfuerzos de la dirección. Tratando de incorporar al espectador, el escenógrafo Alejandro D'Acosta ha creado como una extensión del foro que involucra a parte de la platea. El efecto resulta atractivo, así como el diseño, convencional pero bien integrado al clima global de obra, de lo que puebla el espacio de ese supuesto departamento de alta burguesía.

Los actores son Surya McGregor en el protagónico femenino, manejando con soltura un personaje sin demasiadas complicaciones psicológicas, pero exigente en algunos clímax que la crisis del personaje exige: Oscar Altamirano como su esposo, interesante en su propuesta pero desigual en los resultados, con algunas caídas y quiebres que vuelven un tanto esquemático su desempeño, y Arturo Ríos, del que nos queda el recuerdo cercano de una acertada recreación de Camus. En su caso —se trata del protagónico masculino—pienso en un trabajo correcto pero por debajo de sus potencialidades. Tal vez aquí intervenga la concepción que la dirección ha tenido de esta especie de psicópata, pero de todas maneras tal vez cabría extender los ángulos de su patología con mayor cantidad de matices.

En general, forman un equipo bastante homogéneo, generando una atractiva complicidad de escena. Un montaje entonces, que tiene su interés e incluso puede llegar a gustar, sin necesariamente destacar dentro del panorama de la temporada.