FICHA TÉCNICA



Título obra Vértigo, Safo en las alturas

Autoría Marguerite Yourcenar

Dirección José Enrique Gorlero

Elenco Mónica Serna

Espacios teatrales Foro Rufino Tamayo del Bosque de Chapultepec

Referencia Bruno Bert, “Ambigüedad encantadora”, en Tiempo Libre, núm. 739, 7 julio 1994, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ambigüedad encantadora

Bruno Bert

Las relaciones laborales entre artistas muchas veces se repiten, encontrando en esta reiteración una afinidad de caracteres que permite ir superando progresivamente los espectáculos que realizan: una mayor complicidad y una mejor eficacia. Síntesis de las afinidades electivas. En este caso estamos hablando de José Enrique Gorlero —director— y Mónica Serna —actriz— que por tercera vez se vinculan a partir de monólogos o cuasimonólogos.

Ambos están ahora en el foro del museo Rufino Tamayo con una adaptación del propio Gorlero de un texto de Marguerite Yourcenar al que llamaron Vértigo.

El original es Safo o el suicidio y es parte de Fuegos, una serie de textos suficientemente interesantes como para que de ellos Jesusa extrajera en su oportunidad un par de obras sobre personajes clásicos femeninos, y que asimismo sirviera de cantera a la misma pareja Gorlero-Serna en una atractiva visión de María Magdalena que nos brindaran hace dos o tres temporadas.

Casualmente, en esa oportunidad también los acompañaba Arturo Nava como escenógrafo e iluminador. Afinidades que se extienden. El material tiene como base la imagen de Safo, que en este caso no se encarna en una poetisa, sino en una equilibrista, que en lugar de jugar con las palabras —eso se lo deja a la Yourcenar, que para eso es maestra del lenguaje y la seducción poética— prefiere dibujar mundos a partir del riesgo que la emparenta con un ave o con la ambigüedad de un ángel.

Pero aquí la historia es más compleja, más sutil y también más perversa y, por supuesto, trasciende su anécdota para constituirse en una reflexión en hondura sobre los roles que el erotismo propone en el espacio sicológico, desde la perspectiva de una muy particular mujer. Como corresponde a una escritora de esa envergadura, ala belleza del lenguaje, a la no convencionalidad del tratamiento y a la profundidad de las miras que se impone, agrega además la sorpresa de un desenlace que atrapa al espectador renovando el interés de por sí sostenido que ha venido llevándolo durante toda la narración.

El espacio propuesto por Nava y la iluminación que maneja, lanzan a la actriz hacia el espectador a partir de la convención del circo. Esta, no tanto ilustrada, sino más bien sintetizada en un juguete teatral que acerca el manejo de un bello títere—alter ego del personaje narrador— que provoca la evocación lúdica y se cierra en un suelo de lona donde se reproduce La caída del ángel, un viejo cuadro de Chagall.

Un trabajo de síntesis que nos habla de la madurez artística de Arturo Nava.

Allí, en un ámbito acaballado entre el circo y el cabaret, compartimos la preparación hacia el ritual del vuelo y la muerte de esta trapecista, interlocutora directa del público que asiste a la doble significación de su acto.

Gorlero se mueve con parsimonia, apuntando no sólo la brevedad de las acciones, sino sobre todo acotando a la actriz en los vaivenes de esos saltos mortales que a nivel de emociones e hilo narrativo va dando Mónica Serna para nosotros.

Recordando los trabajos anteriores —indudablemente interesantes y que fueron merecedores de diversas distinciones—, sentimos que el acople es más seguro, las figuras más nítidas y el manejo del director se halla mucho más en la frecuencia creativa de la intérprete, acoplando así las excelentes capacidades de ambos.

El trabajo de solista nunca es sencillo, sobre todo si, como en este caso, no se recurre a los expedientes de fácil empatía. Aquí, la actriz debe asumir a un ser complejo que a su vez es capaz de abrirse en abanico; donde la sexualidad y el deseo de manipulación del otro, de la posible pareja, la transforman en un ser cercano a la androginia que siente y actúa, vivencia y siente al mismo tiempo. Toda linealidad está interrumpida y el que busque un acceso directo al eje de ese personaje está condenado al fracaso. Siempre es lo que parece y exactamente lo contrario. Siempre miente diciendo la verdad y cuando sentimos que se franquea aún queda un recodo por descubrir. Podemos creerle o no... y es en esa ambigüedad donde justamente reside su encanto. Se trata de una Mónica Serna con las mismas habilidades que siempre ha tenido pero con mayor dominio de ellas. Seguramente a cargar en la cuenta de una mayor madurez artística y a los frutos de esa complicidad creativa de la que hablábamos al principio.

Así Vértigo se vuelve una interesante alternativa escénica para el público de esta temporada.