FICHA TÉCNICA



Título obra Luna Negra

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Raúl Zermeño

Elenco Germán Corona

Espacios teatrales Centro Universitario de Teatro

Referencia Bruno Bert, “Galería de personajes sórdidos”, en Tiempo Libre, núm. 734, 2 junio 1994, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Galería de personajes sórdidos

Bruno Bert

El Centro Universitario de Teatro acaba de ser reacondicionado, transformándolo de un foro alternativo destinado a los productos de la escuela que alberga a un acogedor teatro de cámara para un centenar de espectadores; ampliando, asimismo, sus posibilidades técnicas para un mejor complemento de las obras que se presentan. Allí, entre los olores aún frescos de tapizados y pinturas, se acaba de estrenar Luna negra, una obra de González Dávila, bajo la dirección de Raúl Zermeño.

Como es habitual en este autor, la acción transcurre en los espacios marginales de la sociedad, en este caso en el norte. El político local, los policías corruptos al servicio del poder y una galería de pequeños seres entre grotescos, patéticos y monstruosos van conformando una realidad que se nutre de sus necesidades y miserias.

Una vez más, el dramaturgo arma ese juego de perspectivas deformantes que le es característico, dejando en un aparente primer plano el rostro macilento de protagonistas que en realidad son anónimos desclasados, triturados por una maquinaria social y un destino personal que siempre ha escapado de sus manos, e incluso de su comprensión. Detrás, siempre cercanos al punto de fuga, se hallan los verdaderos manipuladores de la realidad, relacionados exclusivamente con sus intereses económicos y políticos, más allá de cualquier escrúpulo moral.

El detalle de sus móviles se nos pierde, y más bien observamos chispazos que revelan un encadenamiento de acciones. Los percibimos espejados en los actos de sus subalternos, aquellos en última instancia tendrán que desaparecer por la violencia cuando sea necesario y oportuno, entiendan o no el juego en el que intervinieron a sabiendas o involuntariamente.

Cada obra de González Dávila parece una ampliación de este mismo discurso que se repite con variables a lo largo de casi toda su dramaturgia. Las anécdotas son intrascendentes, sólo un tejido desgarrado sobre el cuerpo desnudo al que dibujan en su suciedad, su dolor y su irremediable abandono. Ese cuerpo social que se vuelve un fresco ininterrumpido; radiografía de lo anónimo dentro de la realidad concreta de nuestro medio.

Lo más interesante en esto es su capacidad para la crueldad inmisericorde de los detalles, las taras, las perversiones que, sin embargo, llevan un pesado signo de afecto por parte del autor, ese dios paridor de monstruos.

Naturalmente que lo suyo son personajes de humo, y es necesario un director y un grupo de actores que sepan escarbar la basura que lo genera y extraer de allí la sustancia que puesta sobre un escenario les dé vida. Y no es tarea fácil. En este caso se trata de Raúl Zermeño y de sus alumnos del CUT, algunos incluso ya egresados y con diversos trabajos anteriores. Los climas básicos que propone el autor están respetados, el perfil de esas sombras es convincente aunque naturalmente se encuentren algunos desniveles.

Tal vez es justamente en el renglón actoral, más que en la forma en que lleva la estructura general de la obra, donde se hallan los mejores aciertos. Por ejemplo, Aída López, en Perla, y Emma Dib, como Golondrina, muestran personajes sólidos, inquietantes, completamente coherentes a pesar de las divagaciones "poéticas" a las que a veces las somete el autor, volviéndolas casi una imagen alegórica. Jorge Avalos asumiendo a Tlacuache, logra generar a un ser con esa dualidad de interés que puede dar una sensación de completa orfandad, por un lado, y de la más absoluta abyección, por el otro, llevando esencialmente a lo físico este arco capaz de generar simultáneamente la pena y el horror.

Un plantel que completan Germán Corona, Luis Artagnan, David Villarreal, Dagoberto Gama, Víctor Ramírez y el propio Raúl Zermeño en un par de breves intervenciones. Un grupo coherente viniendo justamente de una escuela de teatro y de un maestro de actores.

Tal vez no resulta tan brillante el montaje mismo, en donde se advierten más preocupaciones técnicas que creativas, aunque se encuentra complementado por la escenografía e iluminación de Alejandro Luna, que intenta el uso integral del espacio que ofrece ese foro, e incluso la perspectiva hacia la noche y el paisaje real que se abre detrás del escenario del CUT.

En definitiva, un trabajo interesante para los que gustan de las temáticas y la galería de personajes que son propios de González Dávila y de un buen grupo de actores aún bisoños pero bien entrenados, y con toda la fuerza propia de aquellos que comienzan.