FICHA TÉCNICA



Título obra Trabajo sucio

Autoría Leonor Azcárate

Dirección Enrique Pineda

Elenco Paz Aguirre, Guadalupe Quintal

Espacios teatrales Foro Shakespeare

Referencia Bruno Bert, “Eufemismo de una posibilidad”, en Tiempo Libre, núm. 733, 26 mayo 1994, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Eufemismo de una posibilidad

Bruno Bert

El trabajo del que voy a hablar es una reposición que se estrenó en la temporada pasada, la cual no tuve oportunidad de ver en su momento. Se trata de Trabajo sucio, una obra de Leonor Azcárate que dirigiera Enrique Pineda en el Foro Shakespeare.

De esta autora lo único que recuerdo es una débil propuesta que tuviera a su cargo Marta Luna no hace mucho tiempo, sobre el tema del sida, y un interesante libreto que ella misma me hiciera llegar en su momento. Al ver lo que ahora se propone a través de este reestreno, siento que sus materiales tienden a ser más bien frágiles o necesitados de puestas muy especiales a fin de darles una solidez que aparentemente no tienen por sí mismos.

El tema sobre el que se asoma la obra resulta interesante, tiene un cierto parentesco con los mundos y personajes a los que suele reenviarnos González Dávila: el universo de los marginados a los que la sociedad recurre justamente para realizar aquellos "trabajos sucios" que constantemente necesita, a fin de ajustar cuentas entre los poderosos de la política o de las finanzas. Las cabezas están entre las nubes, no se ven, no se nombran más que por apelativos; pero en cambio se arroja una luz amarillenta sobre los que reptan en los sótanos de la desesperación, tratando de calificarse como útiles, aunque esto les cueste su condición de seres humanos y queden reducidos a meros apéndices desechables.

La acción sucede en un barracón ubicado en una isla, en cualquier parte del país. Allí, tres sujetos, dos hombres y una mujer, traen encostalada a una víctima de la que "el jefe" necesita determinada información. Muy pronto se advierte, sin embargo, que la persona que han raptado no es la adecuada y se encuentra al margen de los negocios en los que se le suponía involucrada.

Se entra en un compás de espera, a fin de eliminarla apenas llegue la orden correspondiente. Lo que resta entonces, la sustancia misma de la obra, es la relación entre esos seres. Los tres son apenas, y a pesar de su juventud, un espejo de frustraciones. La mujer, una prostituta que fue alguna vez amante del jefe; uno de los hombres, un fanfarrón ávido de poder y cargado de miedos, el otro, un casi adolescente sin cerebro ni voluntad; y la raptada.

La materia prima y la estructura básica parecen dadas para una obra que, justamente como las de González Dávila, puede oscilar entre el thrillery un material sociológico de denuncia, pudiendo beneficiarse con ambas vertientes. Sin embargo, la autora se detiene en el umbral de su propia obra, allí donde el trabajo realmente comienza. Y lo que nos da es una mera aproximación que no llega a atraparnos como tema policial ni a interesarnos como `una galería de espejos deformantes. Sólo señala lo que podría haber sido y sobre qué carriles. No va más allá, y tal vez espera que sea el director el que lo haga.

A su vez, Pineda aboga por la estridencia hiperrealista y desemboca contraproducentemente en un callejón sin salida, porque a través de su acción acentúa aún más las carencias del libro. Ocurre que la violencia y el sexo, en teatro, tienen una limitada posibilidad a partir de ese estilo y en seguida, o desembocan en pornografía o se demuestran inválidos... como en esa violación absurda donde todos podemos ver con lujo de detalle que el personaje no está en condiciones de violar a nadie, a pesar de los gritos y los gestos. ¿Expresionismo? Ojalá lo fuera, pero se queda lejos.

Caemos entonces en la banalidad de una historieta como las que se venden en los puestos de periódicos... sin que eso signifique que se sigue una línea derivada del comic, lo que sería completamente otro asunto. Los efectos sonoros que se reiteran, los desnudos que se vuelven complacientes, la violencia que se transforma en cliché y los recursos afectivos que tienden constantemente a la ilustración del lugar común.

Como vemos, un punto de partida, que puede ser interesante, no necesariamente deriva en un producto igualmente significativo. Y esto a pesar de los actores, porque aunque su desempeño no es parejo, algunos —como Guadalupe Quintal en Magda, por ejemplo— resultan verosímiles y con un trabajo bien texturado. Los demás —Jorge Reyes, Paz Aguirre y José Luis Castilla— se hallan como en otro plano: o muy alejados, o demasiado cerca de nuestra mira. Sólo por momentos entran en un plano de interés por lo que logran en la construcción de sus personajes.

La adecuación del espacio estuvo a cargo de Félix Lozano y la iluminación de Jorge Ortiz Rivera, pero en ninguno de estos rubros encontramos algo especialmente sabroso y creativo. En definitiva, Trabajo sucio se nos muestra como algo que pudo ser un buen espectáculo. Es una pena que no haya pasado de la posibilidad.