FICHA TÉCNICA



Título obra Fin de partida

Autoría Samuel Beckett

Dirección Samuel Beckett

Espacios teatrales Teatro Santa Catarina

Referencia Bruno Bert, “Simbiosis de un tedio vital”, en Tiempo Libre, núm. 732, 19 mayo 1994, p. 31.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Simbiosis de un tedio vital

Bruno Bert

Dentro del ciclo de experiencias que funciona en el teatro Santa Catarina, se está presentando una obra que por su longitud resulta inusual en ese conjunto de espectáculos generalmente breves. Se trata de Fin de partida, de Samuel Beckett, que alcanza una duración de cerca de dos horas. Como muchos recordarán, esta es una de las que —junto con el celebérrimo Esperando a Godot— llevó a la fama a su autor en el mundo entero, y sobre todo en Estados Unidos, a través de la puesta de Broadway. Data de 1957, es decir, en pleno apogeo del teatro del absurdo, y asume su nombre posiblemente a partir de pensar la vida como una disparatada partida de ajedrez: elemento que se reflejó en su primer montaje hasta por la disposición y movimiento de sus actores, sobre todo los protagónicos de Hamm y Cloy, como rey y caballo, respectivamente. De todas maneras es una mera presunción especulativa, como casi todas las interpretaciones que podamos intentar sobre la obra de Beckett.

Perfectamente inserta dentro de ese sistema de valores, de un pesimismo a ultranza que caracteriza todo .el teatro de este irlandés tan asociado a Joyce; la escena de Fin de partida se plantea en un sótano en dónde un grupo de cuatro... ¿podemos llamarlas "personas"? se encuentra encerrado desde tiempos inmemoriales, como si afuera hubiera sucedido una catástrofe de dimensiones cósmicas. Posiblemente esta tragedia no esté representada por un estallido atómico (como uno podría pensar, ya que fue compuesta en plena "guerra fría"), sino por la existencia misma del hombre como el más grave infortunio para la naturaleza y sus propios congéneres.

En esa especie de "bunker", está un ciego y paralítico, inmovilizado en su silla de ruedas, como eje dominante del espacio (debe, físicamente, ocupar siempre el centro de la escena). A su servicio está una especie de muñeco, que por oposición a su amo no puede doblar su cuerpo ni sentarse. Y en un rincón, dentro de dos botes de basura, se encuentran los padres del protagonista, despernados ambos en un antiguo accidente, pendientes de que les den su ración diaria de alimento y les cambien la arena sobre la que se asientan.

Como vemos, el juego de degradación tanto intelectual como sensible, y la mutilación corporal progresiva de los personajes, como otra de las particularidades de Beckett, se cumple rigurosamente. Y en esta contextualización, el tedio de existir teje una pegajosa tela sin sentido, en la que únicamente quedan atrapados esos miserables seres por su incapacidad última hasta de quitarse la vida. Para ellos, el transcurrir del tiempo es, sin embargo, el eco casi placentero de un término, de un "fin de partida", que algún día los alcanzará para cubrir su insignificancia lamentable con la esperada mortaja del silencio y la oscuridad.

Como es natural, montar semejante canto a la joie de vivre, no resulta nada sencillo. Y esto no por la posibilidad de caer en una situación melodramática, (dado que nada hay más lejos de los textos de Beckett que tal posibilidad), sino sobre todo para ser efectivos sin que el cósmico aburrimiento de los personajes se traslade al público, y la apariencia denon sense vital, se transforme en un sinsentido escénico.

Aquí, Bernardo Galindo, como director, entabla una lucha con la obra para rescatarla como tal en el doble sentido de juego y espectáculo. Para ello traza con la mayor precisión posible el diseño de estos patéticos portadores de palabras: enrarece el espacio y significa a los objetos casi con el mismo valor que a los personajes. Cuida el ritmo y hasta se permite incorporar la música con un valor en apariencia distinto al que tradicionalmente se maneja cuando se le socia a este tipo de materiales. Hay empeño, cuidado y también imaginación. Sin embargo, la rotundidad de Beckett es más fuerte que él y su bien entrenado equipo (Yupanqui Aguilar, como Hamm; Gabriel Ortega, en Cloy, Martina Martínez e Iván Olivares' en los roles de Nell y Nagg en sus botes de basura). No consiguen manejarla totalmente en el plano del escenario, y el hastío se cuela entonces hasta la platea, prolongando esas dos horas hasta el infinito. Beckett vence a la intención de los que montan a Beckett, y desintegra gozoso su propio material como liberación última de su tesis a costa del interés del espectador.

Un interesante equipo de trabajo vencido en buena ley por uno de los monstruos dramatúrgicos de nuestro siglo.