FICHA TÉCNICA



Título obra Tríptico

Autoría Ignacio Solares

Dirección Antonio Crestani

Elenco Miguel Flores

Espacios teatrales Foro La Gruta

Referencia Bruno Bert, “Oniria de lo real”, en Tiempo Libre, núm. 731, 12 mayo 1994, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Oniria de lo real

Bruno Bert

Ignacio Solares es un dramaturgo estrechamente vinculado con un teatro reflexivo, de corte fársico, que pone a la historia reciente de México en la mira inmediata de sus intereses. Al ritmo de una obra por año, le hemos visto construir un Tríptico (nombre justamente de la última de ellas) con estas características.

Las dos primeras (El jefe máximo y El gran elector), bajo la dirección de José Ramón Enríquez; y la más reciente, que acaba de ser estrenada en la Gruta, tiene a Enríquez como responsable de la dramaturgia y se constituye en la opera prima de Antonio Crestani como director, ya que fungió como actor de las dos primeras. Como vemos, aunque parezca un poco complicado de desentrañar, se trata de un teatro de equipo en 'el que importa la continuidad como factor de eficacia expresiva.

Tríptico inventa a un escritor que a su vez fantasea tres situaciones con tres distintos políticos. Es decir, la historia imaginada de México, siempre tan parecida en su distorsión a la oniria de lo real. El primero de los que suministra material a este aprendiz de historiador es un "destapado por error", que entre aterrorizado y seducido, descubre la posibilidad de aprovechar el desliz político a su favor y ganar cartas de candidato verdadero frente a la prensa y los poderes públicos... a pesar de los designios del partido y del Sr. Presidente. ¡Crear la alternativa de dos candidatos dentro del partido oficial! se entusiasma el Mefisto literario mientras ve brillar de codicia los ojos de su empleador.

El siguiente es un falso destapado que se aferró a la media palabra presidencial, perdió la prudencia y también su carrera política cuando advirtió —ya demasiado tarde— que el candidato era otro. Ahora, entre las brumas de infinitas copas, dicta sus "memorias", en las que tratará de hundir a medio mundo junto con él, y salvar del naufragio total a su patrimonio, ya que un colaborador cercano piensa editar un libro de igual tenor a costa de los documentos más comprometedores que el primero dejó en sus manos durante el tiempo de la gestión pública. Enjuagues con peligro de vida que terminan en un casual y oportuno accidente.

El último, es el presidente mismo, angustiado por la pérdida de prestigio y poder que sigue al destape en los últimos meses de su administración. Las tentaciones de la continuidad con cambio de Constitución de por medio; la posibilidad de ser el último de una larga dinastía sexenal; el decir o no la verdad...

A niveles literarios, al igual que en los trabajos anteriores, hallamos un material disparejo, porque pareciera que el autor lucha en su interioridad entre la prevalencia de un cierto didactismo histórico y la libertad más absoluta para poder crear y recrear la materia prima sobre la que está trabajando. En general, afortunadamente, termina ganando el artista sobre el posible historiador y es allí donde se componen los mejores momentos en un compartir de sobreentendidos, complicidades y revisiones alejadas de la retórica de cualquier discurso explícito y evidente. Sin embargo, aquí y allá, el diablo mete la cola de la palabra fundida en molde, y allí el trabajo pierde impulso y realenta el interés que en general despierta en el público, pronto a la risa cómplice y reflexiva pero sin almidones dogmáticos.

Para que esta ligereza se mantenga, es necesaria la labor de un director que tenga oficio o —como es el caso— se halle muy cercano a la dinámica que este autor generalmente maneja en sus espectáculos, para poder seguir sobre el camino trazado.

Aquí, Crestani cuenta con la complicidad de Miguel Flores, con el que ya compartiera rubro en otra obra del mismo Solares y con su propia memoria del trabajo de equipo que antes mencionábamos, tanto con el autor como con Enríquez. Esto permite, sumándole la capacidad que indudablemente posee, que sortee muy bien los escollos y aunque todavía muestre lógicas inseguridades de dirección, salga airoso de la prueba. Indudablemente los 'dos únicos actores —Miguel Flores y Luis Mario Moncada— son su apoyo más firme. Sobre todo calculando la experiencia del primero en trabajos cercanos a las intenciones que Tríptico desarrolla. Casi diría que sólo lo he visto en esta línea de representación... y la verdad es que hace muy bien su tarea. Envolviendo el espacio en cuanto a iluminación y escenografía, hallamos a Arturo Nava; parco, de una sobriedad no exenta de ironía en el manejo de los objetos y las texturas, en lo que tal vez no sea su trabajo más imaginativo pero con el que complementa perfectamente a la idea de puesta y el tipo de obra.

En fin, humor político sobre nuestra coyuntura más actual en envase ágil y disfrutable.