FICHA TÉCNICA



Título obra El péndulo

Autoría Aldo Nicolai

Dirección Abraham Stavans

Elenco Sonia Furió, Abraham Stavans

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Bruno Bert, “Espuma de comedia sentimental”, en Tiempo Libre, núm. 730, 5 mayo 1994, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Espuma de comedia sentimental

Bruno Bert

En el teatro Helénico se está presentando una obra dirigida e interpretada por Abraham Stavans, formando rubro con Sonia Furió en la escena, como los dos únicos intérpretes de la pieza. Según nos informa el programa de mano, se trata de la segunda versión de una puesta que, con los mismos actores, se estrenara (aunque no tuve oportunidad de verla en su momento) en 1985. Es El Péndulo, de Aldo Nicolai, una comedia agridulce que una vez más asume el tema de la pareja en una descripción en arco desde que se conocen hasta que comienzan a sentir la presencia de la vejez unos treinta años más tarde.

Todos los valores del matrimonio burgués están allí presentes; con sus limitaciones y complacencias, en una visión apenas levemente crítica, más bien destinada a generar una identificación situacional con los espectadores, que resultan potenciales reflejos -reales o por deseo de ascensión de clase- de ese fabricante de sanitarios y su esposa con amigas dedicadas a las cenas de beneficencia.

Los temas desgranados son los previsibles: los momentos románticos del inicio, los primeros sueños, la rutina posterior, el descubrir debajo de la imagen edulcorada del otro a un ser vulgar que eructa y usa calcetines; los pequeños egoísmos, el embarazo del primer hijo... Pero no es lo tratado, lo fundamental, sino la forma de hacerlo: no hay nada en lo que nos dice que exija por nuestra parte el menor esfuerzo intelectual. No existe la menor tensión que nos asombre, nos descubra o agregue un ángulo inesperado (¡así fuera pequeño!) a la ya tradicional concepción del matrimonio extra-superconvencional (esto a pesar de los mutuos amantes de la madurez) al que por otra parte y con todas las limitaciones visibles, se le presenta como lo inevitable y por lo tanto como lo mejor posible dentro de nuestra exigua realidad social.

En este sentido y como otros trabajos de temáticas similares que hemos visto en esta temporada, El Péndulo corre el riesgo de volverse una obra considerablemente reaccionaria a pesar de su apariencia de amable denuncia. Incluso por la visión que da de la mujer, cuyas raíces de comportamiento y juego de valores se apoya sobre los más tradicionales patrones de cultura machista, con devaneos externos de liberalismo que no modifican lo esencial del sometimiento ni tampoco lo proponen. Así, se muestra como un trabajo conformista que se burla sin herir ni contravenir demasiado lo que supone un "estado natural" de cosas por el que todos -los de esa clase al menos- deben pasar. No es difícil deducir que a lo largo del trabajo, especialmente en un soporte dramatúrgico, prevalece el lugar común y la inconsistencia. Y de esta manera es muy fácil que se acerque, como en realidad lo hace, al tedio que se genera por falta de originalidad.

Stavans como director, echa mano de algunos recursos escénicos para dar un poco de peso a esta estructura ingrávida. Inventa interlocutores que son maniquíes que bajan y suben del telar según lo requiere cada circunstancia, multiplicando rostros iguales en una clase que se repite; recorta la realidad en fragmentos de clara teatralidad que confronta abiertamente con el público y mantiene un ritmo sostenido en el diálogo y en las acciones para hacer llevadero el espectáculo. Pero ni esto ni la labor de los dos únicos actores es suficiente para dar sabor a un plato tan evidentemente carente de sustancia. Tanto Sonia Furió como él mismo, asumen a los personajes en un juego liviano de caracteres, tratando de insuflarles gracia e ironía, pero lo cierto es que no hay mucho donde aplicar el oficio y éste se queda entonces en eso: una espuma de comedia sentimental donde la insinuación de lágrima coincide con el sonar de los violines de fondo.

La ambientación -a cargo de Lorena Stavans- presta un marco que incluso sugiere la posibilidad de mayores atrevimientos formales en el uso del espacio y los objetos escénicos. Una proposición que nos permite fantasear desde su presentación en lo que en definitiva no termina de darse: aire de alguna originalidad.

Tenemos entonces un producto que hace agua en varios rubros a partir de un libro débil, incapaz de plenar así sean los requisitos indispensables del entretenimiento. No llega a espectáculo, lo que tal vez hubiera permitido una sustitución de lo textual por el valor de las imágenes y lo que se nos entrega sólo asoma en tímidos momentos de ingenio, posiblemente debido al director. Una pena en actores de esa calidad, en una sala que viene de un importante éxito y en una temporada ávida de un teatro vivo y de interés.