FICHA TÉCNICA



Título obra Jardín de pulpos

Autoría José Acosta

Dirección José Acosta

Elenco Gerardo Trejoluna

Grupos y compañías Taller del Sótano

Referencia Bruno Bert, “Memoria y oniria... pinceles perfectos”, en Tiempo Libre, núm. 729, 28 abril 1994, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Memoria y oniria... pinceles perfectos

Bruno Bert

El Taller del Sótano, con José Acosta como director y Teresa Rábago como principal intérprete. Ha producido ya diversos espectáculos de muy interesante nivel para nuestro medio. El último de ellos fue El otro exilio, en donde hacían una inteligente evocación de la figura y el pensamiento de Albert Camus.

Con este trabajo se presentaron en algunos festivales latinoamericanos y en Ecuador establecieron contacto con Aristides Vargas que —como autor, director y actor— se hallaba a su vez en temporada con una obra que tuvo la capacidad de seducirlos. Se trataba de Jardín de pulpos y con la intención de remontarla en México con el equipo de El Taller del Sótano invitaron a este artista latinoamericano para que conviviera y trabajara un tiempo en nuestro país como director en la puesta local. Antecedentes que resultan importantes porque nos hablan de una vocación de intercambio a través de una solidez de lenguaje propio de una identidad artística.

El producto finalmente logrado se está presentando en la sala de la Alianza Francesa, en Polanco. Al verlo en versión mexicana, advertimos como natural la atracción que por el original sintiera José Acosta y su equipo. Ya que la construcción y la temática presentan signos parentales • bastante significativos con sus trabajos anteriores. Hay una clara relación de intereses y también una cierta afinidad estética en el tratamiento de los mismos.

Jardín de pulpos apela a la magia de la memoria y a la distorsión de la oniria. Ambos —sueño y recuerdo— reinventadores de los hechos a partir de los afectos y las necesidades y pinceles perfectos para hablar de fantasías y realidades sin urgencias por un acercamiento a naturalismos emprobrecedores.

Así, los personajes pueden ser a la vez entrañables y máscaras que recortan un momento, un comportamiento, 'una característica que pasa de lo personal a lo genérico, de lo individual a lo demostrativo de una edad, de una clase, de un momento histórico. Toda la obra es el arco que un hombre recorre en busca de su memoria y, a través de ella, de los miembros de su familia, borrados de sus recuerdos inmediatos. Por supuesto, esas imágenes ocultas en los últimos desvanes de la mente se van tipificando en forma cada vez más claramente social hasta volverse directamente alegorías históricas. Y en este juego está lo más sabroso y también lo más débil del espectáculo, ya que en el riesgo creativo es apenas un momento de exceso o de retención lo que hace que una secuencia pueda ser de gran riqueza sugestiva o pase al limitado campo de la obviedad.

Recuerdo sabrosos antecedentes sobre el mismo tema y en parecido tratamiento, Perdón por la tristeza, por ejemplo, de un grupo español que nos visitara el año pasado; b, en el Festival de Barranquilla, a Los zapatos negros de los teatristas de la Universidad Católica de Chile, llamando a través de la propia infancia y la adolescencia personal un tiempo concreto de la historia de su país. En todos los casos hay un desapego a lo ilustrativo y documental; una tendencia a la distorsión; un trabajo de montaje por fragméntación en unidades; un juego de reiteración y un pasar de lo personal a lo social y de lo íntimo a lo público que marca una línea de búsqueda y determinados intereses estéticos que confluyen.

En Jardín de pulpos la belleza que da la morosidad de los tiempos Si la efectividad que se transmite en la seguridad de las máscaras y el trabajo de los actores se ve por momentos debilitado —sobre todo en la segunda mitad del trabajo— por un cierta tendencia al didactismo y una fuga hacia el discurso ético-político que vuelve plana incluso una propuesta tan rica en imaginación como la que aquí nos presentan. Es extraño, pero en la misma obra parecieran mezclarse elementos de una estética y una preocupación que son absolutamente pertinentes a nuestro momento, con otros, constructivos y de discurso, que en realidad tuvieron su vigencia en el teatro de los setenta, con su sobrecarga casi teñida de folclor y su apelación directa al discurso latinoamericanista.

Una dirección madura, pero con fracturas; una autoría contradictoria, con más de un punto de interés y originalidad, pero también momentos entre ingenuos y anacrónicos (en lo artístico) y un plantel homogéneo y comprometido donde destaca la labor de Teresa Rábago y Néstor Galván. De todas maneras, con todo y sus debilidades, Jardín de pulpos es un trabajo comprometido que vale la pena compartir y, por supuesto, discutir a posteriori.