FICHA TÉCNICA



Título obra Luna chamana

Autoría Javier Escobar

Dirección Javier Escobar

Elenco Javier Escobar, Gabriela Reynoso

Espacios teatrales Teatro Benito Juárez

Referencia Bruno Bert, “Los ritos no pueden inventarse”, en Tiempo Libre, núm. 727, 14 abril 1994, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Los ritos no pueden inventarse

Bruno Bert

Antonin Artaud clamaba por la creación de rituales contemporáneos que sumergieran al hacedor de los mismos en esa conmoción que involucra al público y lo hace copartícipe del hecho. Quería para el teatro esa organicidad comprometida que hace de cada función una comunión trascendente y modificadora. Exigía para los actores que cada vez que se presentaran fueran un estallido que trastornara en sus sentidos y en sus ideas al espectador.

Esa tentación por el ritual —urbano o de rescate etnológico en las llamadas "culturas primitivas"— impregnó buena parte del teatro de los sesenta y setenta y volvemos a encontrarlo ahora en una obra que se está dando en el Benito Juárez. Se trata de Luna Chamana, basada en mitologías de Tierra del Fuego, creada y dirigida por Javier Escobar. Temáticamente toma a la mujer como eje de interés y la presenta en un momento de rebelión frente al hombre, mientras se asume como guerrera y cazadora, generando el culto a una nueva diosa de la fertilidad. Remontados a un tiempo legendario, ese intento de transformación frente al macho termina trágicamente. Podemos entonces, ver el espectáculo como un alegato de corte feminista, en esta época nuestra en donde imperan los post.

Aplacadas por la violencia, las mujeres fueron educadas para la sumisión tanto en nuestra sociedad como en las reducidas estructuras tribales de los Onas, de donde parecen provenir estas leyendas.

El material está construido como una suma de ceremoniales, con un aliento que por momentos comparte el de las gestas y las zagas. El escenario es un espacio desnudo, evocador de un montículo, con un hueco central que contiene una especie de altar primitivo en forma de una rústica balsa. Bordeado por un ciclorama negro y siempre sumergido en una posible y perenne noche, todo el ámbito —debido en cuanto a escenografía e iluminación a Eduardo Mier— intenta la aspereza de lo esencial. El lugar posible del rito artoniano del que hablábamos al principio.

Allí, catorce actores y actrices, vestidos de pieles y maquillados toscamente, asumen los personajes y las alternativas heroicas de la narración mítica. Sin embargo, las intenciones que intuimos no coinciden con lo que realmente se ve en el plano del espectáculo. Y esto no necesariamente por falta de pasión en la entrega, ya que a todos se los ve muy comprometidos física y vocalmente con su trabajo, sino más bien porque el material no pareciera pertenecerles en lo fundamental. Los ritos no pueden inventarse, son simplemente la consecuencia de un larguísimo proceso social que los va sedimentando. Si pertenecemos a la cultura que los genera, se nos imponen como un acto de pertenencia a través del cual el grupo se reconoce y apela a la eficacia de los actos mágicos que involucran. Actos destinados a modificar la realidad y en los que creernos a ciegas. Si en cambio intentamos reproducir un rito, podemos hacerlo a partir de las narraciones documentadas por la etnología (Levi-Strauss sería una fuente inagotable de ello, por ejemplo) o el folklore. Pero no serán más que una ceremonia carente de significado trascendente para quien la asume. Una obra de teatro, un acto en una metarrealidad. Una suma de formas y una idea, pero el lazo con la vida está cortado, a pesar de la buena intención de los actores y de las posibles lecturas contemporáneas de su contenido. Se da entonces en Luna Chamana como una contradicción: es una obra de teatro que apela al aliento del rito, pero sin que éste se halle realmente vivo en los que encarnan esa circunstancia escénica. Y si como rito no existe, como teatro se vuelve gritado, gesticulante y apelando a una serie de parámetros de comportamiento que tienen que ver con los estereotipos culturales que asumimos consciente e inconscientemente frente a las culturas "primitivas". Ni es nuestro, ni lo mostramos corno ajeno: se intenta su asunción y se logra una ilustración deformada por nuestros propios valores culturales. Un camino sumamente difícil y por momentos muy árido en donde, como decíamos recién, no alcanzan la buena voluntad y el empeñó ni del director ni de los actores, que indudablemente se hallan presentes a todo lo largo del trabajo.

Reconocemos en el elenco algunos elementos que pertenecieron a trabajos relacionados con los estratos campesinos y populares. Tal vez su orientación se hallara cercana a estos lineamientos. No se da lo apetecido, pero se rescata un fuerte impulso colectivo en algunos momentos e imágenes de muy buena factura teatral.