FICHA TÉCNICA



Título obra Oleanna

Autoría David Mamet

Dirección Iona Weissberg

Elenco Enrique Singer

Espacios teatrales Teatro del Museo del Carmen

Referencia Bruno Bert, “Patología de las verdades”, en Tiempo Libre, núm. 726, 7 abril 1994, p. 28.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Patología de las verdades

Bruno Bert

En el teatro de cámara que se encuentra habitado en la que fuera sala capitular del hoy Museo de El Carmen, se ha estrenado un espectáculo para apenas dos actores. Es de David Mamet, ese escritor que, según el programa de mano, puede compararse con Albee y -Shepard, constituyendo con ellos la trilogía más importante de la actual dramaturgia estadunidense. Y puede que esta afirmación sea cierta, a juzgar por la calidad de los textos manejados en el polémico planteo que podemos ver en Oleanna, la obra de la que estamos hablando y que fue llevada a escena por lona Weissberg.

De Mamet sólo había visto con anterioridad un pésimo montaje de Perversión sexual en Chicago, y me había quedado una triste imagen de este autor que comienzo a revalorizar a partir de este nuevo y fértil encuentro.

El espacio propuesto es un reducido cubículo universitario; es decir un hueco de unos diez metros cuadrados, aséptico, poblado tan sólo por un escritorio, dos sillas y un teléfono rojo en un ámbito casi privado de colores cálidos. Carlos Trejo, encargado del "concepto visual", complementa muy atinadamente el clima que va creando la dirección a partir de este espacio y las distintas significaciones que el mismo cobra a lo largo de la pieza.

Allí se encuentran un profesor de ciencias de la comunicación o de la educación y su alumna. La primera parte es la descripción podríamos decir que minuciosa, de un "acto de buena voluntad", donde el docente trata de comprender y ayudar a la muchacha que "no entiende nada" y por lo mismo se halla en una situación de crisis. La habilidad de Mamet como autor es que sintamos durante toda esta etapa del proceso la clara voluntad del maestro; que nos identifiquemos con su crítica al sistema y nos parezca progresista su posición desprejuiciada y la forma en que maneja el caso. El teléfono une esa situación con el exterior, sobre todo a través de las apetencias de reconocimiento social del protagonista evidenciadas a partir de la compra de una nueva casa de cierto lujo, que está intentando concretar pensando en los sueldos que ganará cuando lo confirmen —cosa que espera, para esos días— en su puesto dentro de la Universidad.

Los dos actos siguientes nos abren al asombro de un juicio inverosímil sobre la actitud aparentemente irreprochable del maestro. Y es a través de la palabra —ya que casi no hay acciones en el minúsculo espacio donde se desarrolla el trabajo— como vamos descubriendo que en los resquicios del discurso amistoso brotaban todos los vicios inherentes a nuestro propio sistema de valores sin que seamos capaces de objetivarlos. El manejo del poder, la manipulación emocional, el clasismo universitario, el doble uso de la educación como discurso de libertad y herramienta para el sometimiento... y vemos crecer frente a él una réplica contestarla impregnada con el mismo juego de verdades enraizadas en iguales intereses y por lo tanto idénticamente enfermas. Resulta fascinante seguir este proceso de "asombros" como una anagnórisis del propio espectador que queda desaferrado de los personajes y enfrentado a una violencia aparentemente sin opciones. La obra no es conclusiva, inteligentemente sólo entrega el planteo para que el espectador reelabore.

Naturalmente, las alternativas de ese filoso juego verbal sólo es posible encarnarlas con efectividad a partir un excelente trabajo de dirección y actuación. Y es el caso de esta puesta de Oleanna, donde no sólo se nos revela un inteligente y polémico autor, sino también un equipo solvente en todos sus rubros. lona Weissberg compone con suma habilidad y con precisión, mientras que Mónica Dionne y Enrique Singer —los intérpretes— fluyen o se quiebran sin estridencias, sin apuros, en un ritmo sostenido y que convence.

No se trata de un espectáculo complaciente y exige algunas complicidades en clave, por lo que supongo que no todos gustarán igualmente del producto. Pero esto es una mera especulación que fácilmente podría entrar entre los rubros cuestionados por la obra misma. En definitiva, nos hallamos frente a un trabajo maduro, con una propuesta en la que tal vez sobresalgan algunos rasgos de escepticismo, pero que se inscribe en una lectura muy contemporánea y con un lenguaje teatral doblemente interesante. Aun sus límites conceptuales y estéticos nos remiten a un discurso artístico y social pleno de interés y compromiso. Vale la pena acercarse al Museo de El Carmen.