FICHA TÉCNICA



Título obra La vela de la luna loca

Autoría Adrián Sotomayor

Dirección José Ramón Enríquez

Elenco Enrique Pichardo

Espacios teatrales Sala Julián Carrillo

Referencia Bruno Bert, “Llamaradas en la superficie”, en Tiempo Libre, núm. 725, 31 marzo 1994, p. 27.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Llamaradas en la superficie

Bruno Bert

Todo teatro relacionado con una ceremonia no hace más que reforzar su vínculo con los orígenes, su destino de actitud grupa) generando acciones dentro de un metalenguaje específico e identificador de los "iniciados"; de aquellos que por interés no son únicamente espectadores, sino también potenciales partícipes de este hecho comunitario.

Y aunque cuando hablamos de "ceremonias" inmediatamente nos sentimos referidos a actividades rituales de carácter etnológico con anclaje en lo mágico, realizadas en el ámbito de las culturas mal llamadas "primitivas", hay muchas otras formalizaciones relacionadas con minorías y con los actos que éstas realizan a nivel social como una forma identificatoria y de diferenciación. Las minorías homosexuales podrían ser un ejemplo de esto.

Es conocida, en La piel de Curzio Malaparte, la ceremonia que éste narra, en el sur de Italia en la época de posguerra, donde un grupo de esta índole mima —entre grotesco y ritualizante— el acto de un nacimiento. El entorno asiente tácitamente, aterrado pero respetuoso por el poder que emerge de esta ceremonia transgresora. La celebración de La vela de los Mushis en Juchitán, Oaxaca adquiere características similares, teniendo iguales partícipes. Y es sobre ella que se apoya La vela de la luna loca, el espectáculo de Adrián Sotomayor que dirige José Ramón Enríquez en la sala Julián Carrillo de Radio UNAM.

Sin embargo, aquí no hay un intento de descripción antropológica y la ceremonia en sí no es más que un antecedente, un hecho ocurrido el día anterior a los tres protagonistas del espectáculo: dos travestis y un individuo de paso por Juchitán. Pero el clima fundamental que con su ambigüedad y peligro tiñe todo el trabajo, deriva justamente de esa identidad ritualizada de los homosexuales en su propio ámbito a los que se los muestra con un marcado aunque frágil poder dentro de su espacio social.

Y desde esta perspectiva, podríamos decir que se trata de un espectáculo homosexual; es decir, que los autores se ubican en el corazón de los intereses de éstos y de su estructura de pensamiento, desechando una visión externa, sea folclórica o analítica.

Existe erotismo y también la sensación de la magia, otorgada en parte por el hecho de saber que los participantes originales se hallan ungidos por su propias abuelas, de las que reciben las joyas y el revestimiento ceremonial. Y también está presente una sensación de impotencia y de frivolidad entretejiéndose con la historia, los textos y los hechos mismos de la puesta. Pareciera como si la banalidad y trascendencia... o tal vez el deseo impotente de una trascendencia nunca plenamente lograda, ni siquiera subjetivamente, haIlará espacio en cada personaje y en la suma de sus acciones. Y posiblemente sea en esta tensión contradictoria donde estribe la originalidad del trabajo y sus mayores debilidades.

Los integrantes —Javier Rosales, Enríquez Pichardo y Luis Armando Lamadrid— han sido asesorados en sus movimientos por Tito Vasconcelos, un verdadero entendido en materia que logra efectivos resultados, pero que deja flotando como una sensación de "cabaret travesti" que impide aceptar honduras, haciendo prevalecer la pose ácida pero superficial en todo lo que se realiza. No hay grandeza, solo esa superficie brillante, llena de rencores y una sensación de dolor asordinado y vuelto rutina. Y es esa pequeñez coloquial la que contradice el aliento épico de la cercanía de cualquier ceremonia, la que la ubica en definitiva al espectáculo como pieza.

Enríquez trabaja en un espacio prácticamente despojado, agregando apenas unos maniquíes y algunos cortes de tela. Intenta, a través de su manipulación, un distanciamiento con lo cotidiano, un acercamiento a lo onírico y una amplitud que por momentos desdice la palabra y la calidad de los gestos y las intenciones, que siempre terminan regresando al referente banal del que hablábamos antes. Tal vez sea la luz —manejada por Antonio Crestani— la que más acierte en acercarse a ese objetivo de darnos la sensación turbadora de lo inaferrable.

Así, La vela de la luna loca se nos muestra como un trabajo a medio camino entre lo renovador y lo complaciente. No logra desaferrar lo que quiere decir de los medios utilizados para hacerlo, y en esa, que debiera ser una unidad fortalecedora del discurso global, es donde tienta también sus debilidades.