FICHA TÉCNICA



Título obra El talón del diablo

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Jesús González Dávila

Espacios teatrales Foro Sor Juana Inés de la Cruz

Referencia Bruno Bert, “Pequeña aventura sórdida y terminal”, en Tiempo Libre, núm. 724, 24 marzo 1994, p. 30.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Pequeña aventura sórdida y terminal

Bruno Bert

Está resultando frecuente, sobre todo en los últimos dos años, el que los directores se vuelvan también autores y que a su vez estos decidan montar sus propios trabajos. Ahora —en simultaneidad con otros casos similares— le toca a Jesús González Dávila, que llevó a escena en el Foro Sor Juana su obra Talón del Diablo.

La propuesta resulta novedosa en su planteamiento, sobre todo visual, ya que toda ella transcurre en el interior o en las proximidades de un automóvil que, en plena noche, se ha estacionado a las afueras de un recodo de la carretera. Así, el espacio es como una isla de oscuridad donde unas ramas en lo alto nos indican la posible presencia del bosque, sitio en el que lo único que destaca es la mancha, a su vez también negra, del automóvil iluminado casi únicamente por sus propias luces.

Anecdóticamente, González Dávila echa mano a su ya tradicional acerbo de personajes límites, desahuciados de cualquier esperanza y chapoteando en la sordidez irremediable de una especie de destino trágico sin grandeza. Son apenas tres: un chofer y guarura ansioso de cobrarse la traición de su antiguo y poderoso patrón, que lo dejara sumido en la cárcel por mucho tiempo; su antigua pareja, una prostituta de poca monta, drogadicta y alcoholizada, y una amiga, o más bien, colega de esta última, de igual profesión y condición social.

Esta microsociedad intenta servirnos de soporte para una doble estructura: la de un thriller en torno al asesinato que planea el hombre como venganza, mostrándonos la miseria humana de esos tres individuos, sus miedos y mezquindades; y en un plano más amplio el ver —aunque muy difusamente—cómo esos pequeños engranajes en realidad no son libres de sus propios actos, sino que forman parte de una maquinaria social omnipresente y más poderosa que aquel admirado y también odiado licenciado que aún no se sabe condenado a muerte. Sin embargo, este segundo plano no queda realmente aferrado, a pesar de los helicópteros que sobrevuelan el área y las menciones en cuanto a circunstancias y personajes que, literalmente, se mueven en las sombras, estrechando a los tres protagonistas en un cerco en el que muy posiblemente van a dejar la piel sin ni siquiera comprender cabalmente dónde están metidos.

No sé cuál de las dos posibilidades es la real, pero prefiero pensar en la inexperiencia del director novel que se muestra sumamente prolijo en su tarea, y en esa proximidad con su material pierde la visión global que en cambio el autor posee. Cuestión de tiempo, entonces, y mientras tanto Talón del Diablo no deja de poseer interés y su atractivo.

Creo que lo más interesante en la obra de González Dávila (al menos en la que he leído) es la habilidad que se muestra para la creación de este juego de cajas en la lectura, que permite, por lo extremado de sus personajes, una pintura casi expresionista de seres y circunstancias. Esto no sólo incrementa el interés casi pictórico por esa "materia" humana, sino que autómaticamente la distancía, volviéndola un fresco con las deformaciones que un Orozco o un Siqueiros hubieran usado en sus murales. De esta forma, el espectador es capaz de gozar el detalle, horrorizarse de la escena, y comprender orgánicamente que todo es producto de un complejo proceso social. Algo así como un Grosz del teatro, con su misma crueldad aunque sin el extremado didáctismo que este pintor alemán nuestra a veces en sus composiciones. De ahí que la sordidez de sus tramas en realidad realce esta propuesta. El peligro en esto es borrar o desviar el contexto social y acercar al naturalismo el trabajo escénico, porque entonces la grandeza de fresco puede minimizarse hasta la trivialidad. Y esto —aunque afortunadamente no en forma total— es lo que sucede con este montaje del Talón del Diablo. El dibujo de los personajes es convincente; el trabajo de los actores —Holda Ramírez, Alfredo Alfonso y Perla de la Rosa— resulta no sólo con un buen nivel de entrega, sino incluso con matices, con fuerza. Y el ritmo general es capaz de mantener la atención del público, con buenos recursos de dirección —y la importante colaboración de Alejandro Luna en la escenografía e iluminación— a lo largo de todo el trabajo. Pero lo que se lee es una pequeña aventura sórdida y terminal. Entonces, hay solamente dos posibilidades: o la obra es de bajo vuelo (porque como policial admitiría otros recursos más variados que ya son clásicos en el género), o por el contrario el director la montó en una clave equivocada, restándole así posibilidad de grandeza, conformándose con una cierta descripción de caracteres y una visión reducida de lo que González Dávila —el autor— suele dar de propositivo en su dramaturgia.