FICHA TÉCNICA



Título obra Este paisaje de Elenas

Autoría Sandra Félix

Notas de autoría Basada en textos de Elena Garro

Dirección Sandra Félix

Espacios teatrales Teatro La Gabarra

Referencia Bruno Bert, “Ojos que miran a Elena”, en Tiempo Libre, núm. 723, 17 marzo 1994, p. 32.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Ojos que miran a Elena

Bruno Bert

Como examen profesional de la quinta generación de egresados del N.E.T. se está presentando en La Gabarra, ese pequeño foro que viera el último montaje de Julio Castillo —un collage compuesto por tres obras de Elena Garro, que recibe por nombre Este paisaje de Elenas... El grupo está bajo la dirección de Sandra Félix y los textos elegidos corresponden a Andarse por las ramas, La señora en su balcón y Un hogar sólido. Por lo menos dos de estos materiales bien pueden considerarse entre lo mejor que ha producido la Garro, y por ende también resultan muy representativos de su universo personal y su concepción artística.

El espacio adecuado para la presentación de estos trabajos para nada ha seguido la idea convencional de un foro a la italiana, que es el que habitualmente se utiliza en este teatro. En el presente caso ha sido la talentosa visión de Philippe Amand (podemos recordarlo en la temporada pasada como director y adaptador escénico de El ajedrecista, una inteligente puesta con la que abrió su tarea como profesional), que utilizando algunos recodos de la edificación que alberga al N.E.T. genera una especie de laberinto en tres planos, reduciendo de esta forma al grupo de espectadores, apenas 25 personas, pero ganando a cambio una visión y una proximidad que seguramente influyen poderosamente en el ánimo del público a la hora de recibir el espectáculo. A esto se añade indudablemente la iluminación, que también le pertenece, colaborando eficazmente en la leve consistencia que logra dar a ese mundo poético inasible y dolorosa tan propio de Elena Garro.

En el plano literario, lo que inmediatamente llama la atención en el conjunto de las tres piezas es su idealización irrestricta de la infancia. Contrariamente a aquellas imágenes tremendas de crueldad que otro escritores (como Ray Bradbury, por ejemplo) vinculan como la primera etapa de la vida, aquí nuestra escritora no se cansa de repetirnos que el transcurso de los años iniciales se vuelve la pérdida irreparable y desgarradora de todas las ilusiones.

Si el paraíso es posible, se halla —al menos para Elena Garro— en la poetizada inocencia de los niños. Algunos sueños tal vez puedan mantenerse hasta la adolescencia, pero llegando a la madurez y al matrimonio todo se metamorfosea al tener que asumir la mediocridad y el fracaso vestidos de cotidianeidad. La imagen de la casa paterna correspondería, si acudiéramos a la poética de Bachelard para el análisis, a la figura del nido. Ese espacio protegido y aéreo, cercano a los vientos de cara al sol, bajo el verdor eterno de las ramas. Allí sería literal la figura retórica de uno de los personajes de Un hogar sólido cuando recuerda: "La casa que tuvimos cuando niños con un sol en cada puerta y una luna en cada ventana..." En todos los textos existe como una necesidad de descanso frente a ese gran derrumbe que es la vida ("son los. pies de... que suerte que haya muerto tan joven"), una pronta partida, para un posible reencuentro cósmico con la naturaleza, con la armonía que ésta representa frente a la arbitrariedad del orden humano que aquí se muestra siempre como una amputación de ese generoso caos que es la imaginación vuelta luz, piedra, río... o el pensamiento de la infancia.

Son entonces la insistencia de un lenguaje poético, la tristeza por una edad y un mundo idealizado y ya perdido para siempre, la necesidad de un hogar como espacio de plenitud que la incomprensión o la rutina hacen imposible, la presencia omnipotente de la frustración y la muerte... algunos de los elementos reiterativos que recorren estos trabajos constituyéndose, asimismo, como el eje vertebral de toda la creación de Elena Garro.

En la puesta que nos ocupa. Sandra Félix y su equipo de nuevos actores saben captar ajustadamente esos climas impregnados de melancolía y esos tiempos morosos y crepusculares. Es decir, que recrean lo que las obras contienen como concepto y atmósfera sin lineales ilustraciones al texto. Lo que no es poco, ciertamente. No se vale hablar de la posible madurez de intérpretes que recién comienzan su camino. Lo que importa aquí es más bien la intensidad y el acierto de esos primeros pasos tenidos como tales: una promesa a un vigoroso desarrollo profesional.

Sintetizando, entonces, podemos acercarnos a La Gabarra para gustar la poesía de esta gran dramaturga mexicana y conocer además a un nuevo grupo de profesionales que se suma con su impulso al teatro de nuestro medio. Y si advertimos algún pequeño desliz en el trabajo, apliquemos la tolerancia, que el camino recién comienza para ellos.